Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

viernes, 15 de octubre de 2010

EL DESPERTAR

Dedicado a Seda, amiga de siempre, quien desde su dulce morada hace que los sueños se hagan realidad.



El estudioso Sebastian Crantev en su libro iniciatorio “Historias de Magos y Alquimistas” hace mención a la gran importancia para el antiguo –y no tanto- taumaturgo, de la repetición casi infinita de fenómenos físico-químicos de ciertos elementos y mezclas de ellos. Añade posteriormente que el maniobrar con conceptos o cosas elementales en forma de procedimientos periódicos supernumerarios y similares entre sí, sería –para algunos especialistas- la llave mística tan buscada para acceder a un estado superior de conciencia... a una mayor lucidez y comprensión de nosotros mismos y del todo que nos rodea. Opina también este estudioso rumano que la repetición fenomenológica y conciente puede llegar a desencadenar sucesos muchas veces extraordinarios.




El carguero terrestre se desplazaba a velocidad vertiginosa por la monovía, ocultando momentáneamente las tenues señales luminosas que marcaban el trayecto. Su fugaz presencia perturbaba apenas el silencio polvoriento y opaco que habitaba en la sucia cobertura gaseosa del planeta. Tampoco alteraba demasiado las yermas colinas cubiertas de ocres cenizas que se fundían, en el cercano horizonte, con el caos aéreo. Lo que hacía las veces de atmósfera no era más que un espeso revoltijo de cenizas, gases y vientos, que se agitaban constantemente, con mayor o menor velocidad.
En el interior de la nave, reclinado cómodamente, el ser descifraba lo inclemente de su pasividad. Estaba castigado, lo sabía, con esos castigos tan extraños que practicaba la Federación, en donde si habías sido funcionario no te mataban, ni te metían en una cárcel a la antigua usanza, simplemente te desterraban al último rincón donde te pudieras imaginar, solo, terriblemente solo, o por lo menos sin ninguna posibilidad de compañía humana. Claro que tenía compañía… si así se podía llamar a Isha. Ella era un edificante programa implantado en la nave con la importantísima finalidad de rehabilitarlo. Pero no hablaba demasiado con ella…no demasiado. Le bastaba con que le dejara ganar alguna vez al ajedrez o a los tantos juegos de naipes que jugaban y que lo ayudara a seleccionar música de todos los tiempos y de todos los lugares. Pero ella no estaba apurada. Técnicamente hablando trataría de reprogramarlo y para ello tendría mucho, pero muchísimo tiempo… el que fuera necesario. Si quería hablar no tenía más chance que hacerlo con Isha, cosa que ella sabía y que Ellos –los psicomédicos- también sabían. Isha había sido instruída sobre que primero debía ganarse su confianza y luego hacerle ver la forma criminal en que había actuado pero ella estaba convencida de que si bien tenía su confianza jamás admitiría haberse equivocado, jamás se arrepentiría y mientras así fuera todos sabían donde seguiría la historia y sería allí… y allí estaba, desde hacía ya trece años, en el mismo carguero, en el mismo recorrido, haciendo nada y quizás con los mismos pensamientos. Soñaba, eso sí, soñaba mucho, con un mundo para siempre perdido, que suponía que había conocido una vez, en donde había vegetales y animales y vida y luz... Colgaba su mirada del afuera, de los revueltos grises, de las volátiles cenizas que a veces le parecían colorearse, dibujando formas, todas las que soñaba día tras día, hora tras hora, minuto a minuto, segundo a segundo, desde que lo habían desterrado a esa itinerante reclusión. Dudaba ya que existiera un lugar así, pero no por eso dejaba de soñar con él. Sus ojos, mientras no dormía, siempre abiertos y fijos en algo que podía estar muy cerca o muy lejos, si es que se lo podía localizar en alguna parte. Las arrugas de su cara eran los trazos de un mapa, el mapa que llevaba al lugar donde se hallaba la esencia de ese ser, de ese humano, cuyo yo, cuánto más pequeño, más espacio ocupaba. Siempre así, sin cambiar, él intentando ver lo que sabía que no existía y el inclemente exterior construyendo caprichosas formas. Súbitamente salió de su ensoñación y empujado por alguna precipitada razón saltó hacia una de las amplias ventanillas laterales. Pareció desencantado y furioso al ver el mismo tenebroso espectáculo de siempre, más estuvo un rato escudriñando el desolado exterior buscando... o esperando... De pronto un árbol pasó a su lado, y otro, y otro, y un macizo bosque salió de la niebla grisácea y pegajosa, mostrándose en todo su esplendor al humano que con los ojos muy grandes, se había adherido a su ventana. Luego, repentinamente, fué devorado por los inquietos bucles de donde había brotado. El feroz viento volvió a soplar como hacía momentos antes sobre la nariz que parecía estampada en el cristal y las cenizas se revolvieron como sacudiéndose algún molesto recuerdo.
Pasó algún tiempo antes de que se convenciera de que la experiencia no se repetiría. Sin dejar de atisbar despegó su cara del cristal, dejando húmedas señales que por algunos instantes marcaron todo el paisaje que se deslizaba detrás.
-¿Me estaré volviendo loco?- pensó, mientras se miraba en una bruñida superficie del interior del transporte -¡Pero tengo más aspecto de cuerdo que de loco!- se dijo, aunque no estaba del todo convencido.
–¿Me estoy volviendo loco, Isha, lo sabes?- gritó… Isha nada contestó y procesaba aún la pregunta –más que la pregunta la respuesta- cuando él volvió a la ventana a mirar los mortecinos rayos solares, que a duras penas inquietaban el jarabe polvoriento que lo envolvía todo. -¡Me estoy poniendo viejo! Ese es mi mal ¡Porque ver vida allá afuera! Pero…¿viste algo?¿o no?- La pregunta sonó a repetida y fué dirigida al metal donde se reflejó, quien hizo una mueca, sonrió y se alisó los negros y cortos cabellos, luego se tocó la nariz –encontrándola donde debía de estar- y luego la oreja izquierda, sintiéndola cartilaginosamente firme bajo sus dedos. –Loco pero vivo- se dijo.
Y recordó. Eran como sueños lanzados por alguna delicada catapulta; balones de playa multicolores llevados por una violenta brisa marina, rodando sobre la arena de una vasta y luminosa playa, recuerdos, sólo recuerdos que pasando por el tamiz de su conciencia a veces demorábanse y él los tomaba…
En aquellos años dónde comenzó ésta, su postrer aventura, era un avezado explorador interestelar, aunque lo reconocía, algo arriesgado, pues siempre iba más allá de los límites, más allá de lo que hubiera ido un explorador normal, o común… ¿Pero eran normales o comunes los buenos exploradores? ¿Y acaso se podía perder algo más que la vida si algo salía mal? Así pensaba, por lo que continuaba merodeando más allá de lo conocido, como un lobo solitario y curioso, alejado de sus semejantes –ellos decían que eran sus semejantes- y retozando entre estrellas perdidas y planetas muertos. Cierta vez que exploraba un sector no más ignoto o atrayente que otros donde había ya husmeado, golpeó su atención una lucecita que, única perla colgando del cuello de su tutor de fuego, desplegaba su atractivo color hipnotizando hasta el último de los sensores de la nave. En sus correrías estelares había aprendido a apreciar lo único, lo original, lo que hermosamente distinto se destaca del montón de otros guiños. Así fué que comenzó a orbitar lo que llamaría luego “Mi vida”, “El porqué de mis largos viajes” o solo “Reino de mis suspiros perdidos”.
Descendió sin novedad –lamentando no hubiese tormentas que le hicieran usar de su pericia- para encontrarse en un mundo soñado largamente, algo que se sabe que existe pero ese muro vasto que separa el sueño de la realidad rara vez nos deja encontrar.

El planeta conquistó primero lo más romántico de su espíritu aventurero y luego, poco a poco, se apoderó de su ser racional. Había algo en él, algo tan íntimo e indescriptible que podía llamarse oculto, que lo rodeaba por doquier. No necesitaba utilizar sus reservas de aire, ni protectores corporales, ni reguladores de gravedad, nada… sabía que respiraba una mezcla gaseosa un poco diferente de la usual, pero no sentía molestia alguna, al contrario, sus pulmones parecían liberarse a cada movimiento. La gravedad también era levemente distinta y parecía que hasta ese momento hubiera estado sustituyendo esta fuerza, más cómoda, por un placebo artificial. Su sol lo hacía temblar de gozo, la vegetación llamábale a una contemplación muda y sorprendida y el trinar de los pájaros eran flechas que se dirigían a su corazón desde los puntos más remotos del bosque. Era muy extraño. Sentía como si el planeta hubiera sido construido para él, o él para el planeta.
-Esto es el paraíso- murmuró, mientras continuaba embelesándose con “Mi vida”, enamorándose cada vez más de sus praderas, de sus flores con aromas tan exquisitos que aturdían, de sus atardeceres candentes y suaves.

La computadora de la nave en tanto, iba hilando su informe a medida que era tocada por el palpitar de alguna aguja, o el caminar silencioso de alguna cifra. Pronto conmovieron al piloto los datos que iba procesando el cerebro de la nave, de los cuales se desprendía que el planeta que había descubierto era en todo increíblemente parecido a la Vieja Tierra, antes, claro está. La Cuna Humana hacía más de mil años que había sido presa de experimentos y guerras que la dejaron hecha una brasa radioactiva. Ni los enormes océanos habían sobrevivido.
Cuando luego de honda meditación decidió destrozar el emisor de señales, ya era tarde. Hacía tiempo que la computadora, alarmada por los datos increíbles del planeta, había enviado un mensaje y una flota expectante se dirigía a Paraíso.
Suspiró y “El porqué de mis largos viajes” ya no era suyo; parpadeó y en “El reino de mis suspiros perdidos” las naves descendieron equipo y hombres para construir o reconstruir –según fuera necesario-. Derribaron árboles y plantaron diques; hicieron una terrible matanza con la fauna y principió el nacimiento de autómatas de múltiple uso, rasparon la corteza del planeta descubriendo su sangre y sus nervios, amontonando sus tiernas hierbas hasta secarse y allí construyeron ciudades.
-¡El planeta ideal!- exclamó el ingeniero jefe, antes de que el explorador le destrozara el tórax con su triple láser. Logró matar solo a cuatro, luego fué capturado.
Fué prontamente juzgado, pero no lo mataron. Concluyeron que había enloquecido al encontrarse con un mundo como aquél, un mundo que cualquier explorador sueña hallar durante toda su vida y seguramente morirá sin lograrlo. A pesar de este ataque de locura temporal era uno de los más calificados exploradores que tenían en esa zona del borde de la Federación, por lo que querían rehabilitarlo. Los psicotécnicos pensaban que quizás con un par de años de interterapia estaría pronto nuevamente para el espacio. Tenían el lugar ideal para él, un transporte terrestre en un planeta destrozado por guerras y enfermedades, un planeta que se decía había sido el origen de la raza humana: el Planeta Cuna, así le llamaban. Consumido por la radioactividad, las temperaturas extremas y los pavorosos vientos, allí las ciudades estaban suspendidas sobre inmensos y elásticos pedúnculos en la roca, ancladas en los lugares más firmes que pudieran encontrarse, a salvo de los terribles terremotos que sacudían toda la superficie constantemente. La población no era muy numerosa pues se encontraban allí solamente con fines científicos, estudiando los trastornos climáticos, los cambios en la composición de los materiales atmosféricos producto de la inmensa carga eléctrica en la superficie, los cambios electromagnéticos, las variaciones zonales de temperatura, la evolución de la vida micro-orgánica que pudiera encontrarse y todo lo que puede estudiarse de un lugar destrozado como aquel. Como era sumamente peligroso el transporte subterráneo y como las terribles tormentas electromagnéticas hacía muy riesgoso el traslado aéreo, se utilizaba un primitivo transporte sobre un monorriel. Todos los artículos que podían requerir las estaciones científicas se bajaban en un único punto planetario y se trasladaban desde allí a todas las estaciones. Habían pensado que en dos años de soledad o a lo sumo tres estaría curado, pero llevaba ya trece y las evaluaciones mostraban que no tenía evolución, ni tendría libertad… quizás se habían olvidado de él… no le importaba.



A medida que los recuerdos regresan, las alucinaciones se hacen más frecuentes –ya olvidó cuando comenzaron- más vívidas, más reales, tanto que ya no sabe si son alucinaciones. En esos momentos de semi-delirio, en donde los bordes no son tales y los límites se vuelven tan difusos, le parece que en el afuera se está reflejando todo lo que él desea ver, todo lo que perdió, todo lo que lloró, todo lo que necesita para seguir viviendo y quizás es esa terrible fuerza vital que demostró tener lo que lo hunde más y más en esas imágenes, en esos flashes de semi-locura, de bellas apariciones…
Quizás es la necesidad de ver lo que hace que vea… Seguía en la ventana cuando un arbusto pasó raudo esparciendo sus brazos. Y el sueño-recuerdo-realidad chispeó. Un trozo de azul se retorció en el infame caldo oscuro; el paño se desperezó, fue atravesado por un sol hacía cientos de años desaparecido de la superficie y despertó con espíritu de resorte contenido y de pronto suelto. El color inundó sus ojos y se estremeció de dicha, como años antes. En torno, poco a poco, como un mosaico tridimensional que se vá armando y cuyas piezas brotan de la nada y se acomodan finalmente, encajándose unas con otras, se fue formando un paisaje repleto de pequeñas y grandes, de inmóviles e inquietas cosas que hacen la vida, una vida que parecía tan plena de verdes y alegrías como la de su pasado amor. Veía y deseaba ver más y más y con cada ráfaga de sus pensamientos, el mundo de fuera se sacudía. Sin duda se había vuelto totalmente loco… y arriba, surcando un cielo que ya estaba casi del color que recordaba del cielo, un abanico de cisnes pasó volando vaya a saber a qué lugar por descubrir y quedó perplejo mirándolos -¡Esto no es un sueño!¡Es real!- se dijo.
-Deseo detener la nave- le dijo a Isha.
-Es imposible- le contestó ésta.
-Si no la detienes voy a comenzar a romper todo lo que pueda romper aquí dentro-
-¿Estás seguro de lo que haces? Tendré que informar a las autoridades.
-¡Solo detente un minuto!
-Está bien- le contestó el cerebro-acompañante-psicólogo-conductor.
-Ahora ábreme la compuerta que deseo salir-
-¡Imposible!¡Morirías instantáneamente!
-¿Porqué no analizas el aire exterior? Hazlo…
Un zumbido y cuarenta segundos fueron suficientes. La extracción de una muestra, el escaneo…
-Hay algo que no anda bien en los medidores… Esta muestra no está contaminada… -Al rato dijo- Tomaré otra…
Nueva espera y al fin la voz dijo lentamente, como sopesando las palabras, o lo que iba a decir:
-No entiendo lo que sucede…Sin duda es una anomalía y en todo caso una burbuja, una gota de aire respirable en todo este desastre –y terminó diciendo- No veo razón por la que no puedas descender… Pero colócate el equipo aislante, para estar seguros…
-Está bien- dijo apresuradamente el hombre, a la vez que corría a colocarse el traje antirradiación que con su provisión de oxígeno le garantizaría su supervivencia si algo llegaba a fallar, si todo aquello no era más que una horrible -¿o bella?- alucinación.
La nave se detuvo suavemente y en la metálica vestidura se abrió un delgado pétalo. Las dudas, su supuesta locura atesorada durante tanto tiempo, su prolongado encierro, cayeron de rodillas en una verde y mullida alfombra que al instante pareció aquietar sus temores, a la vez que los pájaros entonaban un saludo alegre y despreocupado, pleno de buenos augurios, y las ramas de los árboles, inspiradas quizás por la brisa, cantaban un alegórico poema sobre el hijo que regresa y de los hermanos que no han olvidado su parentesco. Algunos animales silvestres, que parecieron nacer de la bruma, se acercaron curiosos hasta él y un pequeño cervatillo un poco más atrevido que los demás –lo hizo acordar a él mismo- llegó retozando hasta casi tocarlo; el humano extendió su diestra y rozó la cabeza de la bestezuela en una suave caricia. El pequeño lo sorprendió entonces comunicándose con él como se hacía al principio, en ese lenguaje tan primordial que no necesitaba ni la articulación ni el sonido, pues alcanzaba con mirarse a los ojos y todo lo que quería decirse era dicho, una forma de comunicación que los hombres hacía mucho, pero mucho tiempo, habían olvidado. –“Hola hermano”- le dijo, y una lágrima resbaló lentamente por una de las mejillas del humano-. El cervatillo, fascinado por la emoción del hombre, continuó- “Ya puedes correr libre, sentir las caricias frescas del viento, disfrutar de las lucecillas titilantes de las hojas que juegan con el sol. Por favor, hablemos como lo hacíamos cuando aún nos decíamos hermanos, cuéntanos de ti y te contaremos de nuestras vidas… cuéntanos… ¿Cómo has pasado todo este tiempo?” Y junto a ésta, muchas voces le dieron la bienvenida… De pronto, en el colmo de la dicha, una voz más profunda y antigua se hizo sentir sobre todo el bullicio de la recepción. Retumbó, sacudiendo sus más íntimas fibras: “Bienvenido seas; soy Yo, tu progenitora ¿No me recuerdas? Ven, hijo mío y no temas ya nada, pues Tu Madre ha despertado.”



Hay un fragmento de la monumental Enciclopedia Homo, en su trigésima edición (por computador central marque EH27c30.178.101.832) que dice sobre el Planeta Cuna: “Curiosos son los hechos que han provocado a la fecha de esta edición la calificación del antiguo planeta origen de la raza humana como PLANETA CERRADO CLAVE 10 –que significa totalmente prohibido a todo dispositivo tripulado o autómata sin autorización de la Sección Planetaria Especial 10 de la Federación. Hay una migración importante de personal científico de las principales universidades de la galaxia para el estudio de las singulares condiciones en que se encuentra el planeta ahora (inexplicables condiciones cabe agregar), ya que los intensos niveles de contaminación han disminuído sin causa aparente hasta niveles aceptables para la vida… Como es sabido…”

FIN.

3 comentarios:

  1. Gracias Pablo, me hiciste emocionar ya con la dedicación...
    El cuento es impresionante , es especial, deja muchos mensajes...

    Sos un tipo con mucho talento, siempre lo fuiste, desde niño. Y tenés un universo por crear, vas a llegar lejos, lo sé.

    un abrazo y un beso

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  2. Muy bueno el cuento, realmente tenes mucho talento!
    Llegué aquí por Sandra.

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  3. Hola Pablo, bien,entretenido y apasionante,estaremos por aqui leyendo tus publicaciones q de echo son muy buenas, Salu2

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