Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

miércoles, 10 de mayo de 2017

MADE IN BLUFU

Jesí nunca había sido la compañera de navegación más simpática que había tenido pero ahora estaba irremediablemente fuera de control. No la entendía. Nunca la entendí, en verdad, pero durante este viaje, por momentos, tenía la esperanza de que pudiéramos lograr cierta comunicación, una mínima relación amistosa. No era la primera vez que me tocaba hacer pareja con ella en un viaje, por lo que no me consideré especialmente desafortunado al hacerlo nuevamente. Nuestro trabajo se trataba de supervisar  los controles de navegación y otros sistemas durante las travesías, sistemas que si bien nunca fallaban  –como decían- eran prudentemente supervisados por parejas de tripulantes.  Cada pareja, formada al azar –al menos que funcionaran como parejas ya conformadas, lo que era muy raro- hacía turnos de 24 horas estándar en la vigilancia, horas que debían de cumplirse en estricta vigilia. Siendo tres parejas,  estaba garantizado que podríamos descansar la suficiente.
A los pocos días estándar de viaje comencé a notar además de sus ya acostumbradas muestras de mal carácter, cierta tendencia en ella a insultar al planeta Blufu, a la empresa naviera para la que trabajamos y al encargado de compras de la misma… ¿Qué le sucedía? Como tenía tiempo para pensar y su comportamiento me estaba realmente afectando, traté de resolver  esa especie de acertijo que suponía el pésimo carácter de mi compañera, tratando de encontrar explicaciones a su mal temperamento, a sus ácidas respuestas, a sus pocos deseos de intercambiar aunque fueran mínimas palabras o gestos amables.
Los que nos dedicamos a los viajes interplanetarios somos todos unos bichos raros. Literalmente podría decirse… pues físicamente hablando hay humanos que ya no parecen humanos –aunque piensen como tales se han puesto tantos implantes que parecen cualquier cosa menos humanos- y alienígenas –que obviamente no son humanos ni en pensamiento ni en morfología, por más que algunos tengan cierto parecido- e incluso los verdaderamente humanos –como yo- no somos menos reacios a socializar que todos los demás. Claro que podemos intercambiar bromas, o algún comentario o tener alguna conversación liviana típica de una larga guardia… Y Jesí tenía todo para no ser la peor compañera que me hubiera tocado en todos mis viajes, -incluyendo una muy atractiva forma de caminar-  sino se le hubiera echado a perder su carácter y con él todas sus buenas maneras. Así que necesariamente me preocupaba por ella y su misterioso problema, pues una cosa es ser neutro en cuanto al relacionamiento con otros y otra muy distinta es que te respondan siempre de mal modo, o que tu compañera esté constantemente insultando –que no sabes si a ti o a quién- o lanzando miradas agresivas cuando tú ni siquiera sospechas el motivo… “¡Yo no le hice nada! ¿Qué le pasa?”, era lo que pensaba para mí.
Sabía que Blufu era un planeta que se dedicaba exclusivamente a la fabricación en serie de todo lo fabricable. Allí no plantaban un grano de nada… allí solo fabricaban… y fabricaban y fabricaban, logrando los mejores precios de toda la galaxia.
También era imposible competir con ellos. No solo tenían los precios más bajos, sino que además, de alguna manera o de otra lograban hacerse con toda la tecnología que podía ser vendible. Sus métodos eran variados y a veces rayaban la criminalidad –por no decir que podían ser desvergonzadamente criminales-, pero según ellos todo valía. Compra o robo de patentes, chantajes, plagio de cualquier artefacto o tecnología  y hasta grandes laboratorios propios dedicados a la investigación…  todo era válido. Eran reconocidos además por tener las cadenas de producción más rápidas del Universo conocido, lo que sin duda abarataba el precio de sus productos.
Claro que era en esa producción tan acelerada, tan rápida, que estaba la explicación de su mala fama.  Es que con tal velocidad de producción había productos que fallaban. Podían no estar terminados correctamente por la razón que fuere… alguna plantilla se había desgastado y tardaban en cambiarla o la alimentación de las impresoras había sido deficiente aunque fuera por breves lapsos de tiempo… no importaba la razón;  pero invariablemente había parte de la producción que no salía  en óptimas condiciones de uso. Sería injusto no decir que los controles de calidad de Blufu estaban posiblemente entre los mejores del Universo –otro de sus puntos a favor-… pero también sería injusto no decir que allí no se tiraba nada y que la mercadería defectuosa se vendía a cualquier dinero, con las correspondientes advertencias obviamente. Estaba claro que no deseaban engañar a ningún cliente, nada más lejos de su intención. Pero al ofrecer productos incompletos o no totalmente funcionales a precios ridículamente bajos lo que lograban era que los productos fallidos se vendieran tanto o más rápidamente que los productos que no presentaban falla alguna. Así era. A muchos no les importaba si su compra tenía algún pequeño defecto sino lo que se ahorraba con ella. Un razonamiento muy curioso… y muy equivocado, pues cosas como un filtro de respiración o pues, un traje de inmersión en soluciones ácidas o un uniforme de inspección espacial no te pueden fallar, pues si te fallan, generalmente te mueres. Pero eso no parecía amedrentar a los que compraban y luego revendían tales artículos y por supuesto tampoco acobardaba a los que los seguían comprando.
¿Y por qué esta larga y aburrida explicación? Porque explica el porqué del irritante enojo de Jesí.
Luego de varios días finalmente logré relacionar todos los cabos sueltos y descubrir por qué su enojo no solo era con Blufu sino también con nuestros gestores de compras.
Los viajes espaciales eran costosos y mucho y las empresas que se dedicaban a transportar todo tipo de bienes por el espacio eran bien conscientes de ello, por lo que trataban de ahorrar lo más posible en todo lo que no fuera imprescindible. Había cosas en las que no se podía ahorrar. No podías ahorrar en combustible, ni en blindajes para la nave, ni en cargar suficientes repuestos en tus bodegas para una reparación de emergencia. Tampoco podías ahorrar demasiado en los sistemas de sueño o en las naves salvavidas o en los trajes que supuestamente podrían utilizarse para salir al exterior en el caso de tener que reparar una avería… No en esas cosas. Pero sí se podía ahorrar en alimentación y era proverbial la insipidez y consistencia poco atractiva de la comida de a bordo, a pesar de que nadie podía discutir sus propiedades nutritivas… o en disponer espacios para esparcimiento y ejercitación, pues preferían ocupar estos con carga… o en muchas otras cuestiones que a su entender –al entender de la compañía naviera- no afectaran directamente el desempeño de la tripulación…
Solo había dos cosas sobre las que no se negociaba… La primera, era que cada tripulante disponía de una cabina individual y eso era un derecho asumido ya por todos, en todas las naves mercantes.
La privacidad había adquirido un gran valor, sobre todo entre los que realizaban nuestro trabajo… quizás porque los tripulantes podían tener morfologías diferentes, costumbres diferentes o simplemente el hecho de que ese trabajo parecía especialmente diseñado para determinado tipo de individuos… individuos como nosotros precisamente. Socializábamos lo indispensable, lo evitábamos si era posible y vivíamos, para bien o para mal, nuestra individualidad
A menos obviamente que se decidiera saltarse esta regla. Existían parejas, pero eran más bien escasas. Los que abundaban eran los tripulantes que se embarcaban solos, que se relacionaban mínimamente con los otros tripulantes y que por supuesto no les interesaba mantener ninguna relación física con el resto. Las tripulaciones eran marcadamente mixtas y la sexualidad de los tripulantes no era considerada algo relevante… Pero he aquí lo segundo sobre lo que no se negociaba: todos teníamos derecho a un androide de satisfacción sexual y ese era el secreto quizás de la buena convivencia en períodos a veces muy largos de viaje. Todos, invariablemente, incluso los que se embarcaban teniendo pareja estable, tenían derecho a tener uno de tales ingenios. Así que si las relaciones sexuales entre humanos no eran corrientes en cambio si lo eran y mucho las relaciones sexuales con los compañeros y compañeras androides… Sencillamente, cuando el tripulante terminaba de cumplir su turno, se retiraba a su cabina y allí encontraba todo lo que podía necesitar, compañía, sexo, comida y descanso… hasta el próximo turno.
Y como todo tiene explicación, en determinado momento y ya algo exasperado por el ánimo exaltado de Jesí, juntando valor le pregunté a qué se debía su horripilante comportamiento.
Me miró y cuando me estaba preparando para recibir una sarta de insultos de grueso calibre, me pidió, cortésmente, que la acompañara. Allí fui tras su lindo trasero –que tengo que reconocer es muy atractivo-  hasta su habitáculo. Como correspondía éste estaba inmaculadamente limpio. Una de las grandes ventajas de un androide personal era que mantenía todas tus pertenencias  ordenadas y limpias y el piso y paredes y cualquier otra superficie reluciente… un importante valor agregado.
El androide estaba parado, firme, en una esquina de la pequeña habitación. Si bien no lucía calzado alguno, estaba totalmente vestido.
Me quedé a la entrada. Ella miró al androide y le ordenó:
-¡Sácate la ropa!-
Éste obedeció, desnudándose totalmente. Evidentemente era masculino y bastante bien dotado debo agregar.
La chica carraspeó, me miró y luego miró al androide.
-¡Erección!- ordenó.
Se sintió un leve zumbido y el miembro viril pareció intentar moverse, crecer, alzarse, pero nada sucedió.
-¡Erección dije!- repitió Jesí, con voz algo más potente.
De nuevo el zumbido pareció  llenar la pequeña habitación y hasta me pareció sentir al androide todo tratando de cumplir la orden recibida. Pero sus evidentes esfuerzos fueron infructuosos  y  nos quedamos esperando la erección. Nada sucedió.
-¿Ves?- me dijo Jesí –Eso es lo que me sucede… -dijo, señalando con enojo al caído miembro- ¡Los pinches putitos de la compañía no fueron capaces de comprar un pinche androide macho que funcionara como tiene que funcionar! ¿Tú tienes un androide femenino, no?
-Si- dije, asintiendo…
-¿Y te funciona?
-Así es, perfectamente…-dije algo apenado…
-¿Qué sentirías si tuviera todos los orificios tapados o mal construidos o algo así? ¿No te estarías volviendo locoooo!!!- dijo gritando
-Ya, Ya- le dije –Basta ya… es que me estás enloqueciendo a mí también –le dije… y sin pensar la besé.
Largas horas después regresé a mi habitación… Me sentía aturdido, caminaba como flotando… No podía creer que la hubiera besado y menos todavía lo que habíamos hecho por horas con Jesí luego de ese beso... ¡Pero había sido hermoso!
Cuando con el paso de los días advertimos que el androide parecía mirarnos acusadoramente lo sacamos al pasillo.
Ahora, aunque insisto que no es lo más usual, hacemos pareja de navegación y compartimos no solo el trabajo sino también nuestros ratos libres.  Y cada vez que nos cruzamos con mercadería Blufu o sentimos a alguien insultándolos, nos miramos e instantáneamente sonreímos, pues es por Blufu y por el afán de ahorro de nuestra compañía naviera que sentimos por el otro lo que ahora sentimos,  una intensa y rara sensación de que no podríamos vivir el uno sin el otro. Tengo que confesar que nunca había sentido lo mismo por un androide.
FIN


SOLDADOS DE DIOS

A la memoria de Nahuel, que terminó su camino en la Tierra sin haber disfrutado de todo lo hermoso que esta existencia puede darnos y de todos los humanos que, día a día, hora a hora, minuto a minuto, pelean por sus vidas contra el cáncer.

                              SOLDADOS DE DIOS
“En lo profundo del espacio ocurren terribles batallas, donde ejércitos de millones de combatientes se enfrentan por razones que La Humanidad está lejos de poder entender. Pero allí hay soldados que alguna vez vivieron existencias humanas…”

Nahu, envuelto en su fulgor, miró arriba, abajo y a sus costados y hasta donde lograba distinguir brillaban las armaduras, los escudos, las espadas y las lanzas de sus hermanos y hermanas  de armas, quienes en apretada formación esperaban la celestial orden de lanzarse al combate. No había temor en ellos, no había duda en ellos ni temblaba una sola de las estelas de su alma, pues allí, a su frente, el mismo Arcángel de la Guerra se aprestaba a dirigirlos. En el centro de todos ellos, como piedra angular de todo el ataque, se encontraba la élite de la élite, los guerreros probados, los que jamás retrocederían, los que jamás serían vencidos, los que aún sin armas, escudo o armadura alguna eran enemigos terribles para cualquier ser de La Oscuridad. Y él formaba parte de ella.


Su enfermedad fue descubierta accidentalmente. Por su corta edad, el impacto que provocó en su familia ese macabro hallazgo fue terrible. Ni que decir de sus efectos en su propia vida, pues también terrible fue la larga lucha que siguió. Viajes, internamientos, exámenes médicos, terapias convencionales, experimentales,  desazón, dolor… un dolor profundo y primitivo, quizás el de saber que toda esa lucha podía ser en vano. El campo de batalla no solo era su cuerpo, aunque equívocamente podía parecerlo… una parte muy importante de la lucha se libraba en su mente, en su voluntad, influyendo en sus ganas de vivir, tratando de mantener viva la esperanza, soñando un precioso futuro en donde pudiera vivir sin la amenaza mortal de su enfermedad… y todos a su alrededor eran tan combatientes como él, todos cultivaban la esperanza como él y todos deseaban ser tan fuertes como él tenía que serlo.
El dolor físico constante y a veces inaguantable, el deterioro corporal producto de los largos combates, la lógica inexplicable de soportar lo insoportable y de luchar contra lo que por momentos parecía invencible forjó en él la esencia del guerrero, una voluntad firme y un deseo conmovedor de luchar por lo que creía correcto y verdadero, que no era ni más ni menos que su propia vida.
Sabía que en esa guerra no habría tablas, no habría empates, ni armisticios definitivos… Sí hubo una tregua, un “alto el fuego”, un intercambio de prisioneros… Aun así, aun disfrutando de esa paz transitoria, él sabía que esa guerra seguiría y que sería a muerte.
Y así fue. Su edad, su juventud, su fuerza, contradictoriamente también potenciaban a su enfermedad y sucedió que ésta, inesperadamente, traidora y rápida, en un avance extraordinario terminó arrebatándole la vida.


Sobra decir que el golpe en la familia fue terrible… y el duelo seguramente inundará sus recuerdos hasta el fin de los días.
Pero él estaba ya a salvo de todo tipo de sufrimiento. Se habían terminado los largos y dolorosos procesos de quimioterapia, las operaciones arriesgadas, complicadas y nunca suficientemente eficaces. También había cambiado la forma en que veía el sufrimiento de  sus seres queridos, pues su nueva existencia -la que siempre había sido en realidad, pero había estado atada a una realidad que lo oprimía- le hizo ver la vida terrenal de una forma totalmente distinta. Y ciertamente había cosas de su pasada vida que ahora le costaba entender. Si bien sabía que en su momento había hecho lo correcto al luchar con toda su energía por conservar esa vida, no comprendía ahora por qué se había aferrado a ella con tanta desesperación.  Reconoció el sufrimiento de sus seres queridos pero no pudo menos de relativizarlo… ¿Por qué sufrían tanto? ¿Es que no se daban cuenta de que la verdadera vida era ésta y no aquella? La vida en un cuerpo es solo un ejercicio, un simulacro, quizás una prueba, que muy pocos identificaban como tal y que muy pocos aprovechaban. Los sentidos, las metas orgánicas, los objetivos materiales, todo propio de un cuerpo, de un entorno, no eran más que una trampa que debía desarmarse pieza por pieza y así desarmada y puesta a un lado, comenzar a disfrutar de la esencia del viaje, del verdadero objetivo de esa estadía y de ese pasaje.
El, aún en su condición sabía que era difícil ver la trampa… difícil liberarse de los deseos, de las aparentes necesidades, de las tendencias sociales, de las conductas propias de esa civilización. Difícil y casi imposible.
Más la muerte física liberaba de todo eso. Ella era la que mostraba la verdad. Y la enfermedad, el sufrimiento, la larga agonía, habían sido pruebas que los habían fortalecido, a él y a los que habían sufrido junto a él. Y el cáncer había sido el agente enviado para eso… la enfermedad humana por excelencia y la más devastadora de todas.
Y sintió el deseo de llevar hasta sus seres queridos esa nueva experiencia, decirles que ahora estaba bien, mejor que nunca, libre de su enfermedad y también de la atadura que en definitiva había sido su cuerpo… era un cuerpo.
Pero tenía otros objetivos, nuevos, distintos, como correspondía. Allí se le necesitaba y todo lo que había sufrido beneficiaría a todos. Él, le habían dicho, formaría parte de la élite de la élite… se lo había ganado. Pues allí La Luz luchaba constantemente contra La Oscuridad, en una lucha sin fin y sin tregua… Allí, en esos campos de batalla se definían futuros de sistemas estelares enteros, de especies que ni siquiera sabía que existían y una victoria inclinaba la balanza de tal forma que resonaba por todo el Universo… y una derrota era una catástrofe enorme.
Nahu sabía que entre los más piadosos y entre todos aquellos que más habían sufrido, Él elegía Los Pilares de Su Sagrado Ejército.
Así pues, todos los que habían soportado penurias, hambre, guerras, desastres, los niños, los que ni siquiera habían llegado a conocer las trampas, los puros, los verdaderamente piadosos, los torturados por sus causas, los inocentes, todos ellos eran los mejores soldados, todos ellos en su inocencia o en su voluntad de vivir eran los más fuertes… Y aún había entre ellos una clase de guerreros que eran lo mejor de lo mejor, con un pasaje terrenal lleno de dolor y convicción, con una forma de ver la existencia que les había hecho desprenderse de gran parte de lo que se podría llamar “vida terrenal”… Eran Ellos, los que habían necesitado encontrar Su Esencia, Los Sufrientes, Los Luchadores Incansables.
Ellos eran la élite dentro de la élite, la dureza dentro de la dureza, la convicción dentro de la convicción. Su bondad era interminable y su valentía imparable.
Los que habían sufrido sin fin y aun así habían continuado luchando. Los que sin esperanza nunca habían renunciado a ella. Los que sacaban provecho de cada batalla, no pensando en la guerra, sino en hacerse mejores guerreros. Ellos, sin duda, eran los más poderosos Soldados de Dios.

El Portentoso Ser, Arcángel de la Guerra, Portador de la Justicia Divina, señaló hacia el infinito y allá, a la distancia, una intensa oscuridad, vieja, tenebrosa, inmensa, comenzó a ocultar estrellas y reflejos. El enorme muro oscuro, tan vasto como la muralla luminosa que los esperaba, se acercaba velozmente, cada vez más cerca, en ebullición, en movimiento, hasta que comenzaron a distinguirse corpúsculos alados, fragmentos de oscuridad, armados como ellos y quizás tan convencidos de la victoria como ellos. “No tan convencidos -pensó Nahu- pues ninguno tan acorazado de convicciones como nosotros ni ninguno tan pleno de la Ira Divina”.
Los estandartes ondearon con los sub-etéreos  vientos de la batalla, los escudos se prepararon, las lanzas tendieron sus afiladas puntas hacia el enemigo y un indescriptible estallido luminoso recorrió la brillante hueste alada, lanzándolos hacia el combate.
¡A vencer, Soldados de Dios, a vencer!- parecían decir las trompetas.




                                           FIN

EL ARTE SUPREMO

Sin duda este cuento, este relato, no es de ciencia ficción… y tampoco lo clasificaría como de fantasía. Pero como humano que soy y como humanos que son ustedes, creo que vale la pena leerlo… será que se relaciona con algo nuestro, nuestra personalidad quizás, que nos lleva a leer determinadas cosas, a escribir determinadas cosas… y a vivir de determinada manera.                        

EL ARTE SUPREMO
Todo comenzó con una cascada de sensaciones desagradables, ínfimas, apenas perceptibles, que al principio afectaron su mente y luego, poco a poco, se fueron extendiendo también a su cuerpo.
Claro que por su levedad no se alarmó inmediatamente. Lo que terminó asustándolo fue su persistencia, esa continuidad, esa persecución constante que amenazaba quitarle totalmente el sueño y destrozar su hasta ahora inmutable tranquilidad interior.
Imágenes, recuerdos, posibilidades, malas decisiones, caminos desviados, lo que podía haber sido, encrucijadas, era todo lo que hacía a su torturado corazón correr desbocado pero con triste agitación, dentro de su pecho.
A los pocos días, agotado por el mal dormir y aquejado por estos pensamientos que sin control merodeaban en su vigilia, decidió combatir al enemigo de su tranquilidad.
Así visitó a muchos médicos, curanderos, adivinadores y consejeros espirituales…
Pero cuando cayó en la cuenta de que a pesar de las curas y tratamientos recomendados su insomnio continuaba y de que su corazón seguía latiendo con extraña angustia, decidió seguir el consejo de una de las tantas tiradoras de cartas que había consultado, consejo que por ser el más descabellado de todos había dejado como último recurso.
Así partió a buscar El Arte Supremo, pues la mujer le había dicho que solo dominar ese arte lo curaría.
Lo buscó por doquier.
Primero fue a una academia de canto, pensando que aprender a respirar, a modular la voz, a cantar bellas alabanzas al Señor Creador podía ser, quizás, la más alta de las artes. Se equivocaba, pues aunque se convirtió en un excelente cantante no se alejó la opresión de su corazón.
Luego aprendió a escribir, a pintar con palabras paisajes, situaciones reales o imaginarias, historias, aventuras, pensando que quizás así, perfeccionando este arte, lograría dormir, quizás, una noche entera. Se equivocaba, pues no lo logró.
Ni tampoco cuando aprendió a dibujar, fueran paisajes, retratos o viñetas de cómics… o cuando aprendió a tocar la guitarra, el saxo, el piano. Nada de eso pudo aliviar su corazón del peso desmesurado que lo oprimía.
Tampoco lo logró adentrándose en los bellos caminos de la filosofía, de la introspección, de la comprensión de lo que nos rodea, pues todo lo que allí aprendió le parecieron meras distracciones y quedó convencido de que solo había perdido el tiempo.
Cansado, pero no vencido, se empeñó en aprender y practicar todas las artes conocidas y hasta podría, arriesgadamente, decir que inventó alguna.
Pero nada encontró que lo desviara de la certeza de que con todo lo logrado no había logrado nada y que por lo tanto debía continuar conviviendo con su angustia e insomnio, cada vez más arraigados en él… Decidido, continuó la búsqueda.
Así que si algún día ven pasar a un extraño forastero, de mirada perdida y larga barba, de ropas gastadas y sucias y rotos zapatos, no se asusten… solo es él, que sigue buscando El Arte Supremo: El Arte del Olvido.


                                  FIN

VENDRÁN LLUVIAS SUAVES

Estos días, estando pendiente de los sucesos en la península de Corea, en el Medio Oriente, en la frontera hindú-paquistaní, el despliegue armamentístico, las amenazas y lo cerca que estamos de una catástrofe irreversible, pues si llegamos a un conflicto con armas no convencionales nada, pero nada será igual luego, me acordé de una poesía que hace muchos pero muchos años había aprendido de memoria. No soy gran lector de poesía, pero sí de Bradbury –que escribía prosa como si de poesía se tratase-. Y no, no habrá reseñas bibliográficas, ni crítica de la poesía, de la obra del autor –autora en este caso- y tampoco del relato o el libro donde está incluído, de nuestro Ray Douglas Bradbury. Solo es algo que quería hacer, un ejercicio para reflexionar, dudando que la naturaleza salga con tan poco daño de un conflicto así como lo escribe la hermosa Sara Teasdale aquí.
Del cuento de Bradbury, incluído en Crónicas Marcianas –selección de Editorial Minotauro, aclaro por la traducción-:
Vendrán lluvias suaves
“Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra
y golondrinas que girarán con resplandeciente sonido,
y ranas que en los estanques cantarán durante la noche,
y ciruelos de tembloroso blanco,
y petirrojos que vestirán plumas de fuego,
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros, ni a los árboles,
si la Humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al amanecer,
apenas sabrá que hemos desaparecido”.
 De Sara Teasdale

No estoy asustado, aunque creo que se debe a que soy irracionalmente optimista –será que siempre le estoy viendo el lado jocoso a la vida-. Todo lo que hemos vivido, lo que vivimos y lo que viviremos es parte de nuestra condición y nuestra especie lo ha querido así. Solo hay que recordar que si bien somos una especie también somos la suma de todas nuestras individualidades y lo que hagamos o dejemos de hacer en cierta forma siempre tendrá su importancia, aunque no lo crean.

Un abrazo.

miércoles, 30 de marzo de 2016

CONSUMA CON MODERACIÓN


Mientras el hombre llamado Badcoin trataba de respirar, sofocándose, sintiendo bocanada a bocanada que irremediablemente se moría, le pasaron por su mente, como en una algodonosa nube transparente, los pantallazos de lo sucedido en las últimas horas…

El asalto había sido un éxito. Eso lo recordaba nítidamente. El plan para detener los tres enormes camiones blindados había funcionado a la perfección y tampoco había sido un gran problema apoderarse de su contenido. La sorpresa había sido total.

Todos los dispositivos electrónicos se habían bloqueado exitosamente-incluyendo las defensas automáticas de los grandes transportes- y los custodios humanos, más un requerimiento formal que una necesidad de seguridad, no habían atinado a reaccionar, por lo que ni asaltantes ni asaltados habían sufrido ningún tipo de heridas.

Todo lo demás fue ejemplarmente ejecutado. No hubo mayores dificultades en acceder a las computadoras de a bordo, borrar información sobre el asalto, reprogramar los pilotos automáticos y con todos los custodios a bordo –inmovilizados pero vivos; matarlos hubiera significado manipular sus dispositivos de monitoreo, una búsqueda más intensa y mayores represalias- hacer que el convoy siguiera la ruta establecida. Esto podía confundir  a quienes estarían vigilando su comportamiento.

Tenían claro que los iban a encontrar; era solo cuestión de tiempo, pero tiempo era lo que podían ganar con todas esas pequeñas trampas, un tiempo que les permitiría vender lo robado y dispersarse antes de que pudieran encontrarlos.

Pronto hubieron trasladado los tanques robados a varios transportes más pequeños y  en un escondido aeropuerto improvisado,no muy lejos de allí, los cargaron en una maltrecha nave -que sorprendentemente aún era capaz de volar- y que los transportólo más velozmente que pudo a su escondite. Así que en menos de una hora y cuando  las autoridades aún estarían reponiéndose de la confusión –quizás ni siquiera estarían seguros de que sus camiones habían sido robados-, ellos ya estaban a quinientos kilómetros de distancia… y no se detuvieron allí.

Tres horas más tarde, ya descendida la carga en una enorme bodega de una zona suburbana y abandonada de una gran ciudad y mientras algunos comenzaban a destapar las primeras botellas de cerveza para festejar, su comandante Hullit comenzó a calcular cuánto dinero ganaría su “causa” con el atraco. No eran bandidos comunes, claro que no…  eran nada más ni nada menos que los recaudadores de uno de los tantos ejércitos subterráneos que luchaban, a su manera, contra el opresivo régimen que los gobernaba. El dinero que lograran con la venta de su botín iría a parar a las arcas de su organización clandestina.

En esta ocasión la carga era muy rara y valiosa y Hullit sabía que aún descontados los gastos de transporte y apoyo obtendrían una fortuna en el mercado negro por los cilindros.

Pero Badcoin tenía una objeción. Él quería uno de los recipientes para su propio uso.

Sus colegas, especialmente su comandante Hullit, no estaban de acuerdo… para nada de acuerdo. Los argumentos de Badcoin no fueron escuchados.

Pero no lo juzguen mal. Desde ya hacía trescientos años los humanos como él o sus colegas no habían podido hacer uso de lo que se transportaba en los tanques. Es más, era un artículo de lujo que no solo daba status sino que además decían que alargaba la vida. De ahí su valor. Las clases dirigentes -la élite de la élite- pagaban mucho dinero por el contenido de esos tanques.

-¡Pero tienes decenas de contenedores aquí! ¡Solo quiero uno!- decía Badcoin en tono lastimero.

Quizás era ese el problema. Por tanto tiempo tantos habían visto el contenido de los tanques como algo solo apropiado para los dirigentes, para la “nobleza” que gobernaba y administraba y que con total desparpajo los tenía viviendo en la pobreza y en la humillación, que cuando uno de ellos tenía la oportunidad de echar mano a uno de sus privilegiados artículos, no podía mirar a otro lado, no podía ignorar esta oportunidad.

-¡Son para ser vendidos! –le replicó Hullit, ya molesto y en un tono de voz algo más alto- Hemos vivido desde siempre sin eso –dijo señalando a los tanques- y no hay razón para que sea diferente ahora.

-¡Pero quiero uno! ¡Tengo derecho a un tanque y quiero uno!- Badcoinsentía su corazón acelerándose mientras instintivamente tocaba con sus dedos el arma automática, no la de caño corto de su cintura, sino el fusil que en todo momento le colgaba de una correa de cuero sintético del cuello, un arma peligrosa, herencia del ejército.

-¡No son para nosotros!- le replicó nuevamente Hullit –Los venderemos y ese dinero será para mantener nuestro ejército… ¿Tienes idea del tiempo que podremos mantener nuestra revolución con la venta de eso?- dijo, señalando nuevamente a los cilindros.

Pero el obstinado Badcoin continuó con sus razonamientos, lo que terminó sacando de quicio a Hullit.

-¡He dicho que no y si digo que no es no! –dijo- ¡Y no voy a seguir con esta discusión!- dicho esto cometió la torpeza, supongo que inconscientemente, de tomar un arma de la mesa que tenía enfrente y amenazar a su interlocutor. Mala cosa. El arma de asalto de Badcoin lo retiró definitivamente de la discusión, de cualquier discusión…

Los otros cuatro, que estaban atentos pero a la vez preferían mantener cierta distancia ante el  enfrentamiento, por un momento no supieron cómo reaccionar y cuando finalmente tomaron sus armas fueron presa fácil del desquiciado Badcoin. Ni siquiera llegaron a herirlo.

Entiéndalo. La humanidad se había tornado más y más competitiva. Los que no eran de la nobleza que gobernaba -y que eran a la vez dueños de casi todo- estaban enterrados en una vida sin contenido, en donde la sobrevivencia era su único objetivo… No se planificaba, todo era día a día… y para destacar, para obtener algo más que la inmensa mayoría, los caminos eran tan escabrosos que pocos sobrevivían. La violencia era tanto una herramienta como un fin en sí y Badcoin había vivido en ese lugar del espíritu toda su vida.

Si lo amenazaban físicamente,  invariablemente reaccionaba con violencia.

Así que tomó un gastado colchón y apoyando una mitad contra unos trozos de madera, simuló fabricar un sillón… el mueble más cómodo que podía pretender en ese momento y lugar. Luego tomó uno de los pesados tanques, lo colocó junto a su improvisada reposera y enchufó un respirador a una de las boquillas que había a un lado en la base del recipiente metálico. Sin dejar que la sangrienta imagen de sus ex camaradas lo perturbara se sentó y colocó el respirador sobre su boca y nariz.

Abrió el pase del gas. Al fin probaría lo que en algún momento respiraron sus ancestros. Dejaría atrás ese caldo de contaminantes y venenos sin nombre que ahora tenían por aire.

Pero algo raro sucedió. Generaciones de humanos respirando la venenosa mezcla que los rodeaba habían condicionado, poco a poco, a todos los que vendrían. Quedó en shock. Respiraba agitado, no podía mover brazos ni piernas. No sabía qué le estaba sucediendo, pero seguramente su organismo estaba reaccionando de forma desafortunada a esa sustancia tan extraña, tan rara…

Lo cierto era que se estaba muriendo. Respiraba más y más rápido, su cuerpo parecía retorcerse en una desenfrenada fiesta que hubiera sido alegre si no fuera porque él sentía que su vida lo estaba dejando… más y más, hasta que su corazón se detuvo.

Cuando un día después los comandos policiales los encontraron, él seguía con sus ojos fijos en la leyenda del tanque:

                   “AIRE 100 % PURO. CONSUMA CON MODERACIÓN.”

                                                      FIN



NOTA: Hace no demasiado tiempo leí un artículo en donde se mencionaba como unos empresarios  pretendían vender “aire puro” en China. Este aire era envasado en lugares sin ningún tipo de polución, en un entorno lo más “natural” posible. Obviamente, por su costo,  este “producto” estaría al alcance de un porcentaje relativamente pequeño de ciudadanos chinos. Si bien este cuento no está inspirado por este artículo – y es el tipo de información que puede inspirar a escribir algo al respecto-, perfectamente puede servir como extrapolación de esta situación. La pregunta es… ¿Podríamos en algún momento acostumbrarnos a respirar tal “porquería” de aire que el aire puro nos mataría?

MATEMÁTICAS PURA



Tradicionalmente las matemáticas tienen fama de ser una dura materia de estudio. No  sé si la responsabilidad es de la materia en sí o si la mayoría de los profesores y maestros no disponen de la habilidad necesaria para comunicar de forma entretenida conocimientos que no siempre lo son… no para la mayoría por lo menos. Pero aparte de las fallas en los programas y métodos de enseñanza –fallas minúsculas, debo aclarar- y de las debilidades y carencias de algunos profesores –de la minoría, obviamente- y del disgusto que muchos jóvenes humanos de ambos sexos naturalmente tienen hacia ésta o cualquier materia de estudio, dedico este cuento a todos los que sufrieron, sufren y sufrirán por el estudio de esta magna asignatura.



Para los detractores de las matemáticas, aclaro que la culpa no la tuvieron ellas sino que claramente fue una falla humana. Primero, la del Dr. Ebeler por no incluir factores decisivos en su ecuación…  luego la del restaurante que le vendía la comida, la que indudablemente no estaba en buen estado.



Para Avril, Nati, Ali, Gabi, Vale y Emi, todas jóvenes que sé que aman las matemáticas.

                               MATEMÁTICAS PURA

Cumpliendo con su recorrida de rutina, Ebeler terminó de revisar uno de los tantos análisis predictivos que hacían parte de su día de trabajo… En este caso se trataba del lanzamiento semanal de cohetes de la guerrilla antigubernamental en Sudán del Sur, prediciéndose hora y lugar donde impactarían. Revisó, como hacía siempre, el funcionamiento del autoajuste, los sistemas anti-hackers y que las vías de comunicar esa información a sus superiores estuviera funcionando correctamente.

Por lo que venía monitoreando, este era otro de los programas predictivos que estaba funcionando bien, casi perfectamente-él era de los que pensaba que siempre habría algo para mejorar-.

Continuando con sus quehaceres, revisóuna fracción insignificante –la fracción que ese día se había elegido para testear- de programas de distintos conflictos bélicos –siempre abundantes-, de eventos deportivos, climáticos, financieros, sanitarios, todo un espectro de predicciones que debía supervisar, más para cumplir con la formalidad de hacerlo que por haber descubierto alguna falla en alguna ocasión.

Las ecuaciones predictivas utilizaban un número casi infinito de variables, lo que las hacía sumamente sensibles… pero también eran autoajustables. Supuestamente si se cargaban correctamente las variables, si se diseñaban adecuadamente las ecuaciones y los sistemas de autoajuste funcionaban como debían, podía predecirse prácticamente casi cualquier suceso.

Predecir había sido tema de debate místico, imposible de probar científicamente, hasta que se comenzó a trabajar con ecuaciones tan y tan complejas que nadie pensó en poder obtener algún beneficio práctico. Pero todas las matemáticas y especialmente las predictivas habían dado un gigantesco salto cualitativo con los nuevos procesadores ultra rápidos, con inteligencias artificiales de última generación. Y en una especie de evolución paralela, máquinas y predicciones fueron perfeccionándose hasta que… ¡Oh, milagro! Los principales sucesos terrestres fueron sujetos reales de predicción. Y eso fue solo el comienzo…

Las matemáticas predictivas pronto gobernaron. Su poder, en teoría, no tenía límites. Estos dependían de la disponibilidad de equipos y de tiempo… Los humanos eran solo imprescindibles en el diseño de las ecuaciones y en algunas tareas de programación… en lo demás, ya sea en la carga de datos, parte de la programación e incluso revisión de los procesos, no eran estrictamente necesarios. Se cumplía por parte de personal humano de chequeos periódicos, pero de ahí a ser imprescindibles todos sabían que había una distancia considerable.

Pero Ebeler no estaba satisfecho.Para nada.

Las matemáticas eran su vida, siempre lo habían sido e indudablemente lo serían. Había vivido y disfrutado de El Gran Salto de las Matemáticas Predictivas y nadie más contento que él porque se habían convertido en la Imprescindible y Magnífica Ciencia del Hombre… ¡Al fin ocupaba el lugar que le correspondía!

Pero veía que el uso de Su Amada estaba atado al dinero de los que invertían en los equipos;  inversores que vigilaban al mundo, organizaciones que querían sacar ventaja de todos los sucesos posibles y que no siempre atendían el bien de la humanidad y ni que hablar, del bienestar diario de las personas… Y por supuesto, no había matemáticas práctica para la gente común. Y él, en sus ratos libres –que no eran muchos, debo agregar- trabajaba en resolver eso. ¿Era posible saber cuándo se taparía la cañería de la cocina? ¿O saber con exactitud cuándo se nos terminaría la bombona de gas? ¿O cuando se nos pincharía el neumático del carro y cuál de ellos sería? ¿O se nos recocería la comida casera del fin de semana? ¿O extraviaríamos la llave de nuestro hogar y donde sería? ¿O cuándo y dónde seríamos asaltados caminando por la calle? ¿Era posible saber esto y muchas minúsculas cosas más de la vida diaria de las personas del planeta?

El creía que lo era. De hecho estaba desarrollando ecuaciones en su mínima expresión, con variables de un tamaño, de una delicadeza, que solo podrían usarse en sucesos de la vida hogareña.

Es más, en su afán de investigación, de superarse, de exaltar su amor por la ciencia que tanto quería, llegó a desarrollar una potente ecuación que le indicaba la hora exacta, el minuto elegido, el segundo justo, en que tendría que sentarse en el inodoro para no cagarse en los pantalones.

Pero ese día, los mariscos que invariablemente almorzaba los jueves no disfrutaban de su mejor estado sanitario… un factor que lamentablemente no había tenido en cuenta en sus cálculos.

Ebeler sintió una cálida e incómoda sensación en su trasero y un olor desagradable y conocido… veintidós minutos con 34 segundos antes de lo previsto.

Evidentemente todavía tenía que hacer ajustes en su ecuación.

                                            FIN


COLECCIÓN ESPECIAL



La idea original era hacer este cuento de entre 1500 y 2000 palabras, pero sinceramente, me resultó imposible. A medida que lo reescribía buscando “encajarlo” en esa cantidad de palabras, ese objetivo parecía cada vez más lejano. Es más, como la mayoría de mis cuentos podría haber empleado con comodidad el doble de palabras y hasta hubiera quedado un mejor relato… Para eso alcanzaría con más descripciones o algún personaje más… Pero no era la idea. Esta temática es un poco-demasiado trillada, me está costando bastante escribir y lo que quería era expresar lo mejor posible esta idea, sin muchas pretensiones, pues tengo, creo que afortunadamente, muchas otras cosas en la cabeza, cuentos que espero sean mucho mejores que éste –bueno, habrá mejores, iguales o peores- y sobre todo, las novelas que poco a poco están corporizándose y que oportunamente llegarán al blog.

Y a  todos los que piensan que las pelis y relatos de zombies son aburridamente repetitivos… posiblemente tengan razón.



Mis saludos para el amigo Vicente Acosta... lector y escritor en ciernes...                                 


                               COLECCIÓN ESPECIAL

El desfile estaba siendo un éxito y Deshi, uno de los tantos fotógrafos, sonreía orgulloso. Miraba a Rilah sonreír y divertirse aunque seguramente estaría algo nerviosa; era la noche elegida, la noche que presentaría su Colección Especial… Pero él estaba seguro de que todo resultaría bien, que su colección impresionaría mucho a los expectadores y de que este lanzamiento significaría un gran estímulo para la moda del planeta... y Rilah se lo merecía… no solo por ser su novia o por ser la chica más hermosa que hubiera conocido, sino porque era una diseñadora genial. Y mientras las cámaras fotográficas centelleaban infatigablemente capturando las espléndidas prendas y los modelos femeninos y masculinos ostentaban las que serían seguramente las tendencias primaverales en todo el planeta, él sabía que tras las cortinas se preparaba la sorpresa estética más importante desde la fundación de Esperanza, nada más ni nada menos que una colección especialmente diseñada para El Día del Misionero.

Hacía casi un año que había conocido a la joven diseñadora que había robado su corazón y había sido un Día del Misionero, tal como debía ser. En Esperanza se piensa que ese día es muy especial. Algo así como que todo lo bueno pasa ese día o a partir de ese día. Son ideas que creo nacen más bien del estómago que de nuestro cerebro o eso pensaba hasta que la conocí.

Ese día había partido muy temprano para instalarme cerca de una senda que partía de La Llanura de los Misioneros hacia las montañas. Allí era donde las naves los dejarían. Por supuesto, en cuanto los inmensos transportes voladores abrían sus puertas, salían en estampida hacia todas direcciones y como siempre sucedía las montañas tentarían posiblemente a un gran número… y para llegar a las montañas muchos tendrían que pasar frente a mí. Acababa de derribar uno, robusto, con buena carne –no como esos misioneros gordos que son como morder una almohada o como esos viejos que son como masticar un trozo de madera saborizado- cuando otro humano casi cae encima nuestro… Era una hermosa chica que quedó inmóvil de miedo, aterrorizada, mirándonos... –Paul…- murmuró, espantada. En ese momento caí en la cuenta de que quizás conocía a mi víctima. Su semblante no cambió cuando con un hábil movimiento metí una de mis manos hasta el hígado del misionero y se lo arranqué lo más limpiamente que pude. Nunca era una tarea fácil –lo que habla muy bien de mi pericia- pues los humanos se retorcían, pataleaban y gritaban durante la maniobra-. Dirán que soy un bárbaro o que no tengo modales, pero es que realmente siento una atracción irresistible por los hígados humanos… no hay parte corporal más exquisita. Así que mientras comenzaba a comerlo allí mismo y al ver que otros ciudadanos se acercaban –seguramente atraídos por los alaridos de mi presa- le dije a la chica que se marchara.

-¡Márchate! ¡Corre!- le dije, gesticulando con el hígado. Fue extraño. Lo normal hubiera sido lanzarme sobre ella y desgarrarle el cuello con los dientes, para luego seguir con su hígado, luego de terminar el aún caliente que tenía en mi mano … pero no, no lo hice. Me miró, quizás más aterrorizada que antes y se marchó lo más rápidamente que pudo por el sendero que apenas se veía entre las rocas.

Los gritos humanos siempre traían más cazadores… no todos estábamos en la forma indicada para cazar –había ciudadanos muy jóvenes o demasiado viejos- por lo que es  ley que en El Día del Misionero los humanos se comparten. Pronto comenzaron a trozar el cuerpo y cuando terminé mi hígado los gritos del humano hacía unos minutos se habían apagado y solo se sentían las quebraduras de huesos, gruñidos, desgarros, jadeos, las masticaciones desesperadas y a lo lejos, gritos… la cacería estaba en pleno desarrollo y todos sabíamos que había más presas corriendo por ahí.

Así que decidí a buscar mi segundo misionero.

Miré hacia los ciudadanos que estaban sobre lo que quedaba del cadáver, no mucho ya y grité: -¡Voy por otro!

Una ensangrentada cara me miró y con una de sus manos me hizo el pulgar para arriba. Creo que no conocía a ninguno de ellos, pero todos éramos ciudadanos y la amabilidad nunca estaba de más.

A mediados de la tarde ya había cazado a cinco misioneros más y mis seguidores y yo habíamos comido hasta el hartazgo, tanto que algunos se dispusieron a echar una pequeña siesta. Yo había quedado con un par de ojos grabados, observándome… Y quería satisfacer mi curiosidad, así que fui hasta donde había caído el primer misionero y le seguí el rastro a la chica.

La seguí por horas. Sabía que era difícil encontrarla viva, pero no sería la primera vez que algún misionero escapaba de la primera cacería. El año anterior había pedido licencia en mi trabajo y había estado cazando cuatro días más ¡Había sido muy emocionante!

Finalmente la encontré, ya al pie de las montañas. No estaba en buenas condiciones… magullada, llorosa, aterrada y por si fuera poco, cuando me acerqué me di cuenta de que se había roto un tobillo… así que su huída había terminado.

Pero me sucedió algo extraño con ella o era sencillamente que mi estómago estaba rebosante… no la maté. Me acerqué lentamente y a una distancia prudencial, pues no quería asustarla más todavía, le hablé.

-Ya no tengas miedo, no te voy a comer…

Creo que me reconoció… por lo menos tembló como si lo hiciera.

-¿Cómo es que hablas? ¿Eres humano?- me preguntó…

-No soy humano, lo siento…

-¿Qué eres entonces? ¿Cómo pudiste comerte a mi novio? Y… ¡Estás lleno de sangre!- Hizo nuevos intentos por llorar o eso pareció… pero creo que sus lágrimas ya se habían acabado. Comenzó a temblar… no sabría decir si de frío o de terror.

-Soy un zombie… ¿No lo ves?

-¡Pero los zombies no existen! ¿Dónde estoy? ¿Me comerás también?

-No, no te comeré…-no le dije que ya había comido suficiente humano por hoy y por varios meses… en realidad la carne humana me cae un poco pesada, excepto el hígado claro. Ella se tranquilizó un poco…

-¿Cómo te llamas? –pregunté para tranquilizarla…-¿No sabes dónde estás? ¿O cómo fuíste a dar aquí?

Me contó que su nombre era Rilah, que su novio y ella eran de Madrid; que habían salido de una fiesta rebosantes de alcohol y algunas drogas que ahora no se acordaba cuáles eran y que totalmente enajenados posiblemente se habían quedado dormidos en alguna acera o en algún callejón o en alguna parte y que de allí… bueno, alguien los había recogido.

-Estaban reuniendo humanos para el Día del Misionero, eso sucedió. Tuvieron la mala fortuna de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

-¿Mala fortuna? ¡Los demandaré! ¡Necesito una embajada, la policía, el ejército! ¡Nos secuestraron! ¡Y te lo comiste!

-Yo solo le comí el hígado… -agregué- ¿Sabes dónde estás?- le pregunté calmadamente…

-¿En un matadero?

-En Esperanza- Me miró extrañada; obviamente nunca había sentido hablar de Esperanza –Es un planeta lleno de zombies.

-¿De zombies? ¡Qué asco!... –me miró- Disculpa… pero es que son horripilantes… aunque no sabía que todavía existían.

-Existimos- le dije, y me acerqué. Ella se apretujó contra las rocas y tembló nuevamente cuando le tomé el tobillo lastimado. –Ponte cómoda y te vendaré- Rompí mi camisa y la vendé lo mejor que pude; ella miró con repugnancia al tela llena de sangre. –Tranquilízate, no te muevas y te contaré algo que pocos saben…

Me sentía extraño con esa humana… hasta cómodo. Era muy hermosa y muy bien formada –una excelente presa-… y había algo en ella que me obligaba a explicarle, a hacerle saber por qué sucedía lo que estaba sucediendo… o lo que iba a suceder.

-¿Qué?- me dijo, incómoda por mi silencio…

-Creías que ya no había más zombies…

-Lo creía… sé que a principios de este siglo hubo una epidemia, pero que había sido controlada… ¡Ya no existen más!

-Pues evidentemente te equivocas… existimos… todavía.

Me miró y aprobó con la cabeza… movió un poco su pierna; seguramente el tobillo le dolía.

-Como dices, a principios de este siglo el famosísimo Virus Z se escapó de un laboratorio de esos que los humanos tienen para investigar, guardar y desarrollar cosas horribles y se propagó ferozmente. También tienes razón en que finalmentefué controlado… Muchos enfermos fueron asesinados por las fuerzas de seguridad y otros, bueno… aprovechando que la colonización espacial estaba en su auge, fueron utilizados en ella.

-¿En la colonización? ¿Haciendo qué?

-Alguien tuvo la genial idea de utilizar a los infectados como avanzadilla en planetas que había que explorar… Nada mejor que ellos… Alimentarlos no costaba prácticamente nada, no tenían miedo, no morían fácilmente, no era necesario gastar en salarios, ni en equipamiento especial ni uniformes, ni seguro de salud ni entrenamiento, ni siquiera había que darles armas y además aniquilaban a todo lo vivo que encontraban ante sí. Para aprovecharlos mejor les agregaron cámaras y sensores para monitorear el comportamiento de las especies nativas, por lo que obtenían un completo abanico de datos a muy bajo costo. Ese era el magnífico uso que tenían para los zombies y los humanos estaban muy satisfechos con los resultados… y posiblemente eran los únicos satisfechos-agregué, como un comentario por lo bajo-. Pero algo imprevisto sucedió cuando llegaron a este mundo, el planeta que llamamos Esperanza, un planeta cuya especie inteligente –los talaranes- era subterránea. Los humanos habían descubierto que secretaban una rara sustancia -maleable, liviana y muy valiosa- con la que fabricaban todo lo que utilizaban y cuyos excedentes eran almacenados en depósitos especiales. También descubrieron que a los talaranes les encantaba la carne de los infectados. Así que diseñaron un sencillo plan en tres pasos: Primero, colocar abundantes y sabrosos no-muertos en la superficie… Segundo, los talaranes salían en masa para comérselos… Tercero, los humanos aprovechaban para saquear las madrigueras de los talaranes… Un negocio redondo –dije, haciendo una pausa. Ella escuchaba con incómoda atención y continué- Pero si bien todos sabían que los zombies se defenderían, y que a su vez tratarían de comerse a los talaranes –pues ya dije que tenían esa horrible compulsión de atacar y morder todo lo vivo que se pusiera delante- nadie pensó en el efecto que la carne de estos animales parecidos a enormes topos tendría sobre ellos… ¡Y tuvo un efecto increíble! Lograron transformarse en algo… menos “zombie”. No puede decirse que se hicieron humanos nuevamente, pero se suavizaron algunas de sus características morfológicas, se moderó algo su carácter y lo más importante… recuperaron una inteligencia comparable a la humana. –En ese momento abrí los brazos, mostrándome en todo mi esplendor zombie… no le agradó lo que vió, así que se apretujó más sobre sí misma- Fué cuestión de tiempo derrotar y domesticar a los talaranes y negociar con los humanos la venta de todo lo que se obtenía en el planeta. Este fue el comienzo de Esperanza, la primera colonia zombie del Universo conocido… y el único planeta habitado y gobernado por zombies... Aunque no debes confundirnos con las bestias sin inteligencia que llegaron aquí… somos mucho más evolucionados…

-¿Evolucionados? ¿Pero por qué nos cazan? ¡No son tan evolucionados! -dijo ella –No lo entiendo, ni entiendo por qué las autoridades permiten ésta… ¡Ésta masacre!

-A este día le llamamos El Día del Misionero y es la festividad más importante del planeta y… es la misma Federación Terráquea la que lo inventó.

-¡No puede ser cierto!

-Ellos lo inventaron, lo promocionaron y ellos son los que organizan la recolección y el traslado hasta aquí…

-¡Pero aparte de la monstruosidad que es todo esto, yo no soy misionera y mi novio tampoco lo era! –Estaba indignada… y supongo que con razón. Creía, al igual que ella, que no había hecho nada para estar allí, conmigo… pero allí estaba… y tenía que explicárselo.

-¡Claro que no! ¡De eso se trata!El Día del Misionero fue una especie de solución del gobierno de la Federación Planetaria para evitar una matanza aún mayor. Es que este mundo resultó desde sus inicios increíblemente tentador para todas las iglesias que, desperdigadas por todos los mundos, trataban de salvar la mayor cantidad de almas posibles, de quién sabe qué cosa… Y no había nada más atractivo para un misionero que tratar de recuperar un “alma perdida” zombie.Pero los  habitantes de Esperanza –entre los que me incluyo, obviamente- nunca supieron apreciar las verdaderas intenciones de sus “salvadores”; simplemente los cazaban y se los comían. Fueron incontables los misioneros que fueron desayunados, almorzados, merendados, cenados o comidos entre esas horas. Hasta que llegó a ser demasiado aún para el gobierno de la Federación.

Esta tomó dos medidas. La primera, prohibir la llegada de misioneros de cualquier iglesia al planeta –un gesto que le salvó la vida a una inmensa cantidad de religiosos-. La segunda, instaurar, junto con las autoridades del planeta, El Día del Misionero… un día para recordar y conmemorar la labor y el sacrificio de las decenas de miles de misioneros que ya habían dejado sus vidas, sus entrañas, su sangre, en las tierras zombies. Para ese día, la Federación recolectaba prisioneros en todas las cárceles, ancianos y enfermos sin familiares que los reclamaran, mendigos, terroristas o sospechosos de serlo, enemigos políticos de cualquier régimen amigo e incluso –y la miré, apenado- humanos descuidados que se pusieran delante de las patrullas de captura… todos ellos. Y eran desembarcados un único día, El Día del Misionero, en una gran llanura que se llama, precisamente, Llanura del Misionero.

Ese día, los zombies volvemos a cazar humanos y es por cierto, la festividad más importante del planeta.

-¡Es horrible!

-No es tan malo… Recuerda que esto lo hacemos solo una vez al año…

Me miró intrigada -¿Y el resto del tiempo que haces?

-Todos tenemos cosas para hacer, profesiones, trabajos… Aquí nadie está ocioso… Yo soy fotógrafo.

-¿En serio? –me miró asombrada… luego suspiró- Yo…, bueno, era diseñadora…

-¿Qué diseñabas? –le pregunté con interés.

-Ropa… no era muy famosa pero tampoco era una total desconocida, por lo menos en ese ambiente…

-Pues, lo siento... lo siento mucho- aunque había algo, algo que me estaba carcomiendo… una idea. Claro, una idea totalmente zombie, pero una idea al fin.

-¿Cuándo me comerás?- preguntó… -Ahora por lo menos sé por qué estoy aquí y no me comerá un completo desconocido…- casi pareció sonreír, pero tembló… tampoco supe si de frío o de temor –Y no me has dicho tu nombre…- agregó

-Me llamo Deshi… -y sintiéndome algo tonto continué- …y puedo salvarte, si quieres…

-¿Salvarme? ¿Cómo? ¿Y por qué lo harías?

-Es la primera vez que hablo con un misionero, bueno, con alguien que hace de misionero… y creo que no mereces estar aquí… -No le dije que me gustaba muchísimo y que deseaba conocerla un poco mejor- No podría salvarte siendo humana… pero puedo convertirte en uno de nosotros…

-¿No tengo opciones? ¿No hay otra forma?

-Es la única forma que conozco… y la única que hay. No permitirán que regreses… es más, si algún otro ciudadano llega a encontrarte ahora no podré defenderte… lo tengo prohibido y no creo que pueda convencerlo de que no te devore…

-¿Y qué haremos? ¿Y qué haré después?

-Te contagiaré… solo se puede hacer mediante sangre, así que me cortaré, te cortaré a ti, juntamos las heridas y te contagio… eso será fácil. Luego, mueres… tu sistema adopta el modo zombie y te llevo a la civilización…

-¿A la civilización?- una grotesca sonrisa pasó por su cara -¿Y qué haré en esa civilización?

-¿Cómo qué harás? ¡Diseñarás ropa! ¡Y yo seré tu principal fotógrafo!

-¿Es eso posible?

-¡Claro que sí!

No estaba nada cómoda con mi cercanía, por lo que traté de cortar rápidamente su brazo y el mío. Dos cortes longitudinales, no muy profundos, pero lo suficientemente grandes como para que sangraran lo suficiente. Los zombies tradicionalmente contagian el virus concualquier fluído, sobre todo con la saliva, pero no los alimentados con la carne de talaranes… y también sangramos, no tanto como los humanos, pero sí lo suficiente… Luego de estar seguro de haberle transferido el virus, la cuidé mientras agonizaba, cuando murióy la cuidé cuando revivió. Todavía atontada con su renacimiento –un zombie que no consume carne de talaranes es un ser bastante estúpido- la llevé lo más rápido que pude a comer de esa carne o algunos de los muchos productos que hacemos con ella…  cualquiera sería una magnífica protección contra la estupidez zombie característica.

Y a partir de allí se adaptó maravillosamente a su nueva vida. En realidad, como pudo continuar con su antigua profesión no se sintió tan mal… y aunque al poco tiempo le conseguí su propio alojamiento, nos dimos cuenta que éramos el uno para el otro, por lo que terminamos viviendo juntos, en una relación que no solo nos une sentimental sino también profesionalmente… y exitosamente, debo decir.



De pronto las luces bajaron y tres ciudadanos disfrazados de humanos caminaron por la pasarela con sendos carteles que decían: “Si van a comerme, háganlo vestidos con esta colección”, “También puedes cazar, desgarrar y masticar estando bien vestido” y “Mejoremos la imagen estética del Día del Misionero” y cuando, dejando a todos expectantes se retiraron, comenzó la verdadera muestra.

La colección era hermosa y abrumadoramente temática. Prendas lavables y de colores puramente zombies, de mangas ajustadas o sin mangas, estilizado calzado femenino y masculino pero con agarre todo terreno, pantalones holgados… todo pensado para correr y saltar y para que ningún artículo que se vistiera molestara a la hora de perseguir o de trozar a un humano. Hubo artículos masculinos, femeninos e incluso una línea para niños que emocionó a los espectadores, levantando un murmullo de aprobación. No había muchos niños en Esperanza y nunca se les permitía ir en la primera línea de cazadores, pero que se los contemplara les parecía genial.

Impactó una parte de la muestra que consistía en mostrar distintas herramientas para retener, cortar y destazar… apropiadas para ciudadanos de edad avanzada que no podían disfrutar de la hermosa sensación de cazar y alimentarse con sus manos y dientes.

¡Fue sensacional!

El desfile terminó con la presentación de Rilah, que fue recibida con un gran aplauso. Durante el brindis posterior recibió gran cantidad de felicitaciones y abundantes pedidos de sus prendas y la Colección Especial se vendió en tiempo récord.

¡La moda había desembarcado en Esperanza!

Y todos sabían que el próximo Día del Misionero serían los zombies mejor vestidos de toda la increíble y feroz historia del planeta.



                                         FIN