Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

jueves, 15 de noviembre de 2012

EL APOSTADOR


El callejón estaba oscuro, húmedo y silencioso. Apenas al fondo de su registro de sonidos, se presentía la ciudad que vivía fuera de ese pequeño y amenazante cosmos. El humano, que esperaba contra una de sus paredes tratando de pasar lo más inadvertido posible, maldecía entre dientes.
-¿Cómo es que me involucré en este lío?- se decía
Primpo Pao estaba muy molesto y no era para menos. Su existencia había sido perturbada más allá de lo tolerable, más allá de lo que un hombre de números y de probabilidades como él, podía desear. En estas últimas horas su existencia se había transformado en una aventura, cosa que odiaba. Mientras el frío y humedad del lugar comenzaban a pasar su abrigo y detectaba nuevos y minúsculos sonidos, que esperaba no fueran provocados por ratas porque también las odiaba, casi más que los cambios y las sorpresas, y mientras seguía diciendo groserías en voz baja, tocó instintivamente uno de los bolsillos internos de su abrigo, donde guardaba el pequeño paquete que había cambiado su vida, pensando en como habían llegado a estar en ese lugar... el paquete y él mismo.

El día había comenzado como uno cualquiera. Diariamente se levantaba, se aseaba, tomaba su ordenador portátil y caminaba los setecientos metros que lo separaban del pequeño restaurante en donde desayunaba, almorzaba, merendaba y cenaba. Lo hacía no solo porque le encantaba el lugar, sino también porque caminar hasta allí y volver, cuatro veces por día, era el único ejercicio que practicaba en su vida. Normalmente no salía a ninguna otra parte, excepto cuando se tomaba sus vacaciones anuales. No comía nunca en su apartamento y de haber querido hacerlo alguna vez no encontraría en su refrigerador más que bebidas, con y sin alcohol y abundantes barras de chocolate. Lo único caliente que podía llegar a consumirse en su cómodo y funcional hogar era café, pues la cafetera siempre estaba funcionando.
Además en el restaurante había una chica que le parecía una de las personas más amables que hubiera conocido y siempre la prefería a los dos robots humanoides que también atendían a los clientes. Cuando se sentaba, siempre a la misma mesa y mientras desplegaba su portátil, ella ya estaba a su lado con una gran taza de café con la cantidad exacta de azúcar natural que a él le gustaba, con un vaso de jugo de naranja con un toque de azúcar y tres medialunas que parecían recién salidas del horno.
-¡Buen día! ¿Cómo está hoy?- le preguntaba ella.
-¡Muy bien! ¿Y tú?- le contestaba él.
Así día tras día. Podría parecer rutinario pero a él le encantaba.
Mientras desayunaba preparaba el comienzo de su día de trabajo, separando mentalmente todos los deportes en donde podía apostarse en todos los mundos conocidos. La Federación tenía, hasta ahora, treinta y cuatro planetas habitados por humanos y una veintena habitados por otras especies y se practicaban un sinfín de deportes. Cada uno de los planetas que no estaban habitados por humanos tenían sus deportes típicos y los humanos llevaban los deportes tradicionales de la Vieja Tierra allí donde iban. Algunos se habían modificado, adaptándose a las características de los nuevos mundos e incluso había culturas no-humanas que practicaban algunos deportes típicamente terráqueos.
Existían algunos deportes que se practicaban en todos los planetas conocidos e incluso había competencias a nivel federal de algunos de ellos. Obviamente que una de las más arduas tareas de las autoridades deportivas había sido fijar los estándares a aplicar en estas disciplinas. Uno de los deportes más populares era el fútbol o balompié. Se había difundido como una fiebre por todas partes, pues podía ser practicado en cualquier lugar en donde hubiera un piso de regulares dimensiones, relativamente plano y contaran con una esfera o balón que pudiera ser golpeado o empujado. El juego en sí daba mucha libertad a los jugadores, en peso, estatura, número de miembros y ya había ligas de fútbol en prácticamente todos los planetas pero… las competencias interplanetarias eran otra cuestión.
Al momento de fijar los estándares para las competencias interplanetarias hubo que tener en cuenta una cantidad de parámetros –teniendo en cuenta que la especie humana no era la única que lo practicaba- como fijar estaturas máximas, densidad corporal promedio, gravedades planetarias, composición atmosférica estándar, peso promedio de los jugadores y número de miembros locomotores. Había detalles como que no solo había que tener en cuenta la gravedad planetaria en el momento de competir sino también la del mundo original, lo que seguro influía sobre su desempeño físico. Se trataba ni más ni menos de calcular y estandarizar todo…
Por lo demás los reglamentos eran muy severos en cuanto a la violencia dentro del campo de juego –quizás más estrictos que en la Vieja Tierra- para evitar que especies –o versiones humanas- hábiles, pero endebles físicamente fueran dañadas seriamente en un match. Para muchos el fútbol iba más allá de lo deportivo, era casi una filosofía de vida y planetas enteros estaban pendientes de las ligas y competencias y dado el fanatismo que provocaba y la difusión que tenía, el dinero que se manejaba era inconmensurable. Aún a nivel planetario las cifras eran enormes, pero cuando se hablaba de la Federación eran siderales.
Primpo Pao era aficionado al fútbol, fanático podría decirse y era el deporte en donde más apostaba, en todas las ligas planetarias y en las competencias federales, pero no era el único deporte en donde jugaba su dinero. Resultaba barbárico que el segundo deporte más difundido era un combate a muerte, principalmente entre convictos de toda la Federación, llamado El Campeonato. En casi ningún planeta existía la pena de muerte. Era mucho más entretenido obligar a determinados delincuentes a practicar estos juegos –que para la gran mayoría era lo mismo que una segura sentencia a muerte-. Aunque no solo los convictos participaban, había también humanos y no humanos comunes que lo hacían, pues los premios eran muy importantes y a veces resultaban un atractivo poderoso, siempre peligroso y muchas veces mortal.
Primpo también apostaba mucho en él.

Así pues, comenzó su día de trabajo, un día en el que revisaría todos los partidos de fútbol en donde hubiera algún resultado que le pareciera posible y atractivo, luego las peleas y para terminar buscaría estadísticas atractivas en otros deportes. Pronto terminó el desayuno, tomó su portátil y marchó a su casa. Se tomaba muy en serio lo de caminar ese trayecto. Su vida se tornaría peligrosamente sedentaria sin esa actividad y además caminar le hacía bien a su mente, ayudándolo a pensar con más claridad.
Mientras se acercaba a su hogar, estaba programando ya las apuestas del día. Tenía cantidades fijas que apostar y trataba de no variarlas mucho, pues vivía de las apuestas. Sabía que una cantidad regular de apuestas le daba una cantidad regular de ingresos y le parecía correcto así. Incluso tenía un determinado porcentaje de pérdida que no había logrado sorprenderlo nunca.
Pero sí se sorprendió cuando llegó a su casa. La puerta estaba abierta, la cerradura rota y había sangre por doquier… un desagradable rastro de sangre desde ésta hasta su querido sillón, el mismo en donde solía dormitar por las tardes. Difícil saber que lo conmocionó más, si el hombre desangrándose encima del sillón o la sangre que sabía estaba manchando de forma permanente su preciado mueble.
-¿Qué sucede aquí?- dijo, acercándose extrañado.
El moribundo lo miró -¿No me reconoces?- le dijo.
-Tú… ¡Tú eres Trovis el Adivinador! ¿Pero que te han hecho?
Trovis sonrió apenas, satisfecho de que lo hubiera reconocido –Salió mal un negocio, Primpo, simplemente…
-¡Pero estás más muerto que vivo!
-Estoy casi muerto… ¡Necesito un favor!
-¡Llamaré al servicio médico inmediatamente!
-No, no, estaré muerto antes de que lleguen. Escúchame, por favor… ¿Me ayudarás?
-¡Claro! ¿Pero en qué puedo ayudarte?
-Mira, nos enteramos que unos delincuentes de aquí iban a robar algo de suma importancia, algo que vale mucho, pero mucho dinero. Así que planeamos con unos amigos robarles a ellos.
-¿Robarles a los ladrones?
-Si, si, y sería prácticamente imposible seguirnos. Era un hermoso plan. Los esperamos en un lugar que habíamos localizado como su base de operaciones y cuando llegaron con la mercancía…
-¡Los atacaron y los robaron!
-Claro, con el inconveniente de que ellos eran algunos más que nosotros, y que en su guarida había más de sus amigos y que respondieron eficazmente nuestro fuego.
-¿No lograron su objetivo?
-Lo logramos, claro, somos muy eficientes, pero solo quedé yo vivo…
-Pues hablando en términos de apuestas diría que no fueron tan eficientes.
-Tienes razón, fue una mala apuesta. Esto…- dijo, mientras tomaba una pequeña caja que había estado a su lado- Esto fue lo que robamos.
-¿Por esta pequeñez se hicieron matar?
-Es muy valiosa- dijo Trovis con voz cada vez más apagada –Primpo Pao, amigo… ¿Sabías que tengo esposa y tres hijos? En un planeta no muy lejos de aquí… Hay un número para que llames a unos amigos, no importa quienes son, yo hablé con ellos antes de venir hacía aquí. Les entregarás este paquete y a cambio ellos prometieron cuidar de mi familia. ¿Lo harás? ¿Por los viejos tiempos?
Primpo pensó un momento. El nunca había tenido familia, ni hijos, y posiblemente nunca los tendría
-Lo haré. Lo que no sé es que voy a hacer contigo luego de que estés muerto.
-¿No tienes un vehículo?
Primpo pensó en la navecita que guardaba en su garage.
-Tengo una biplaza, que a veces uso en mis vacaciones-
-Pues cárgame en ella y tírame en un parque, o en el mar o en cualquier parte… Luego llama a mis amigos.
-¿Puedes caminar hasta la nave? ¡No podré llevarte muerto!
-¡Por el Dios Único! ¡Con razón vives solo, estás más frío que un cubo de hielo! Trataré… ¡Ayúdame, por favor!
Finalmente Trevis quedó en la pequeña nave voladora y Primpo se dispuso a limpiar su casa. Cuando regresó al vehículo, su amigo ya estaba muerto. No fue sencillo elegir un lugar donde dejarlo pero logró hacerlo, sin mayores complicaciones. Luego limpió minuciosamente toda la sangre y las huellas. Sentía pena por Trovis. Cuando se habían conocido lo llamaban El Adivinador, como burla por sus escasas dotes para apostar, si bien también vivía o pretendía vivir, de las apuestas. Como no tenía mucho éxito no vivía con holgura y siempre andaba escaso de dinero, más siendo alguien simpático y que siempre parecía estar contento, Primpo lo consideraba de buena suerte y siempre se preocupaba de que no le faltara dinero para comer o para apostar. Podía permitírselo. En determinado momento -¿Hacía cuánto?- se preguntó Primpo Pao, había decidido mudarse a aquel mundo y a aquella ciudad y hacer una existencia tranquila y solitaria. En los primeros tiempos varios de sus colegas iban a visitarlo y a pedirle consejo, entre ellos Trovis… luego dejaron de hacerlo.
Cuando le pareció que todo estaba limpio, llamó al número que le había dejado su viejo colega.

Y allí estaba. Cuando finalmente llegaron los tres hombres, supuestos destinatarios del paquete y se acercaron, se encontraron con un temblequeante Primpo Pao.
-¿Usted es el amigo de Trovis?- le preguntó uno de ellos.
-Lo soy- aseguró Pao.
-¿Trajo el paquete?
-Lo traje, aquí está- con mucha precaución sacó el pequeño envoltorio del bolsillo de su largo abrigo. Lo mostró pero no se los entregó.
-¿Y bien?- dijo el hombre, algo molesto.
-Quisiera saber qué contiene. No entiendo porqué por una cosa tan pequeña tuvieron que morir tantos hombres, incluyendo mi amigo- dijo firmemente.
Se miraron entre ellos.
-Dile- dijo uno.
-Es un experimento genético.
-¿Un experimento?
-Mire… una organización fabricó un embrión recombinando la genética de los mejores jugadores de fútbol de principios del Siglo 21 de la Vieja Tierra. A esta organización la robó otra organización y a ésta la robó su amigo con otros amigos…
Primpo quedó con la boca abierta y una especie de descarga eléctrica pasó por su cuerpo de apostador. Se imaginaba una mezcla de la genética de Messi, de Cristiano, de Ronaldinho, de tantos cracks que existieron en esa época…
-¿Se siente bien?- le preguntó uno de los hombres.
-¡Es sublime! –dijo Primpo- ¡Se los daré, claro, pero quiero algo a cambio!
-¡No fue el arreglo con su amigo que nosotros le diéramos algo por esto! ¡Y aunque quisiéramos no tenemos nada para darle!
-¡No es necesario enojarse! ¡Tómenla!- La situación estaba tomando un mal cariz, lo que no era la intención de Primpo. Con visible alivio, uno de los hombres tomó la caja y rápidamente la hizo desaparecer dentro de uno de sus bolsillos.
-Solo quiero saber algo…- continuó Primpo.
-Díganos que quiere saber. Usted cumplió con su parte…
-¿En qué equipo va a jugar?

                                                    FIN


EL DESCUBRIMIENTO


¿Cuál es la fuerza suprema que cohesiona todo? ¿Cuál es el motor que mueve el Universo? ¿Por qué, teniendo las respuestas al alcance de nuestras manos, parecen a la vez tan lejanas?”
Fragmento de un cuaderno de anotaciones de
Tilburo Eske.

Tilburo, preclaro magiquímico, está en coma. Lo encontraron sumido en tan profunda meditación que no lograron despertarlo, por lo que cuando sus colegas pensaron que tenía que alimentarse fue conducido a un lugar apropiado y conectado a instrumentos, artificios y dispositivos que lo alimentaban y preservaban su salud.
Ylarinda estaba cansada de llorar. Lo hacía por horas. Cuando no lloraba le hablaba. Así, día tras día.
Custodiaba así a Tilburo, que era su maestro, amigo, camarada y amor secreto, que cubierto de cables, sensores y tubos seguía buceando en el absurdo océano de teorías, conceptos y significados donde, al parecer, había decidido adentrarse cuanto pudiera o quizás hasta encontrar lo que buscaba ¿Y qué buscaba? Ylarinda sabía lo que Tilburo buscaba… claro que era un saber tan íntimo y tan claro, tan decisivamente suyo que no era conciente de ese conocimiento. Solo le hablaba.
Tilburo no era para nada una persona común y corriente. Maestro durante años en una de las más renombradas escuelas de tecnología mágica, había hurgado hasta el cansancio en libros y pergaminos, en busca de las respuestas que necesitaba. Día tras día, desde la mañana hasta la noche, se sentía envuelto en un misterio, y día tras día, al despertarse, se sentía sorprendido por la vida. El hombre, desde sus albores, había combatido contra estas incertidumbres, contra estas dudas, racionalizando, interpretando, mistificando, lo que simplemente “era”. Desde que tuvo conciencia de su entorno había buscado explicaciones a todo lo que sucedía alrededor y milenios después, a pesar de todos los avances y progresos, todavía existían preguntas por responder y puertas para abrir. Quizás para los ciudadanos comunes todo estuviera resuelto, el mundo funcionaba igual con tantas incertidumbres y preguntas y dudas… pero para él, que había dedicado gran parte de su vida a vincular lo inexplicable con lo racional, lo mágico con lo científicamente aceptado, para él, los terrenos difusos y vagos eran inaceptables y cada vez que su corazón latía sentía que era partícipe involuntario de esa inacabable lista de no-saberes, de preguntas sin respuesta… y a él no le gustaban las incertidumbres. Hubiera sido matemático si esta ciencia hubiera estado más avanzada y hubiera logrado interpretar todo lo que era necesario. Estaba seguro que existía un lenguaje universal, quizás una matemática más avanzada que la actual y que algún día habría de descubrirse, un lenguaje que todas las especies entendieran, y que trascendiera el comer y ser comido. Pero ahora tenía cosas más importantes que lo preocupaban, cosas que llevaba investigando desde hacía años y no lograba, por culpa de ese mundo que lo rodeaba, discernir totalmente. Dentro de su genial desquicio sabía que la clave estaba en descubrir el “motor” del Universo, la fuerza suprema que cohesiona todo. Así fue que se sumergió en ese todo, en esa engañosa entropía –pues para el era todo menos desorden- a buscar, a explorar, esgrimiendo su espada de argumentos demostrables, su lanza de teoremas improbables pero ciertos y un escudo de axiomas tan potentes que desviaba toda flecha o duda que fuera lanzada por los defensores de ese extraño lugar. Buscó y buscó.

Cuando ella no lloraba, solo hablaba y así día tras día. Hablaba de su niñez, de su adolescencia, de los planetas que había conocido, de sus mascotas, pero sobre todo le hablaba del amor que sentía por él, pues ¿qué mejor oportunidad para decirle lo que sentía que ahora, que no podía escucharla? Era difícil no sentir admiración por Tilburo. En muchas personas provocaba esa reacción. Pero hasta donde sabía nadie lo amaba, excepto ella y nunca se lo diría obviamente. A veces se reía y pensaba que si supiera la forma de escribir matemáticamente una declaración de amor seguro él la entendería. Igual, para contener lo que sentía por él, tendría que ser una ecuación infinita, algo inentendible. Incluso comenzó a escribirla. Inventaría signos, descubriría las relaciones, sopesaría las implicancias de un infinitésimo más o menos… eso haría. Hasta llegó a disfrutar de hablarle de su amor y de las cosas que podrían hacer juntos, de viajar juntos, vivir juntos, dormir y desayunar juntos. No se animaba a mencionar un hijo, aunque fuera adoptado, porque todo tenía un límite y no quería asustarlo definitivamente. ¡Cuánto lo amaba! ¡Parecía que a cada minuto, hora y día que pasaba lo amaba más y más!

Tilburo seguía avanzando, peligrosamente, alejándose de lo conocido. Cada vez se hacía más extraña su travesía. Pero nunca tuvo frío, ni miedo, ni siquiera ansiedad. Esa rara sensación fue lo que le hizo detenerse. Se sentó a descansar, pues luego de tanto andar una duda comenzó a crecer dentro de su brillante motivo ¿Iba en la dirección correcta? ¿Hacia dónde debía dirigirse? ¿Acaso estoy caminando en círculos? ¿O estoy buscándola en el lugar equivocado? ¿No enseñan los sabios acaso que lo que pasa abajo es el reflejo de lo que pasa arriba? Fue en ese preciso momento que escuchó una voz ¡Y muy familiar! ¡Una voz que recién discernía pero que desde el comienzo de su viaje había estado con él! ¡Y le hablaba de amor! ¿De quién era?
¡Ylarinda! ¿Cómo era posible que su voz llegara hasta allí? ¡Llenaba su entorno, dándole frescura a su desesperación, iluminando los rincones oscuros de su conocimiento! ¡Esa voz fue reveladora!
Dicho esto despertó ¡Tengo la respuesta!- dijo. A su lado estaba Ylarinda. La miró detenidamente. ¡Era definitivamente el ser humano más hermoso de todo el universo conocido! ¡Y le había dicho que le amaba!
-¿Tienes la respuesta? – le preguntó ella en ese momento.
-¡La tengo! ¡Ya sé cuál es el motor que mueve todo el universo! ¡El poder que todo lo cohesiona! ¡Lo que en definitiva mueve los planetas y los soles! ¡Y lo que se extiende sin fin hasta lo desconocido!
-¿Qué es, Tilburo?- le preguntó ella, intrigada y también preocupada por ese despliegue de entusiasmo luego de tanto tiempo de extraño descanso.
-¡Es el Amor!
-¿El Amor? ¿Estás seguro?
-¡Estoy muy seguro! ¿Tú me amas Ylarinda?
-Yo… ¿Amarte?
Tilburo la contemplaba en una completa calma, como si toda la euforia de momentos antes se hubiera desvanecido en el aire.
Ella agachó su mirada y le dijo –Si, te amo… Siempre te he amado Tilburo- y lo miró resignada, quizás esperando su desaprobación.
-Yo también creo que te amo… no sé si desde siempre pero no entiendo como no pude darme cuenta antes.
Tilburo tomó una mano de la sorprendida Ylarinda y la besó con ternura.
-Y contigo tendré todas mis respuestas- le dijo.
                                                       FIN