Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

domingo, 20 de octubre de 2013

MALA SIEMBRA

Sin duda que ser barman requiere de vocación. No cualquiera se instala tras una barra y atiende con simpatía inagotable y sonrisa sin fin a todo aquel –o aquella- que desee un trago y no cualquiera está dispuesto a escuchar las alegrías o los pesares del cliente que desea o necesita ser escuchado. Puede pasar que sonreír y mostrarse agradables se torne frío e impersonal… pero seguramente no es el caso de Lucasio, el barman que traigo a colación necesariamente para este cuento. La calidez con que trataba a sus clientes era algo natural en él y hacía que estos sintieran en la barra natural confianza, alentando confidencias y confesiones.
Su trabajo le encantaba y estaba convencido de haber nacido para estar tras el mostrador, llenando vacíos, escuchando y a veces opinando.
Y por eso estaba preocupado…
Miró fugazmente al motivo de su preocupación. No era común ver un poteke en el Vuni Vuni y menos aún un poteke administrativo, como lo parecía por su vestimenta. Pero si esto era extraño más lo era el tiempo que llevaba bebiendo… ¡Tres ciclos ininterrumpidos! Aunque pensándolo bien, el Vuni Vuni, que estaba lejos de ser de los más distinguidos bares de la populosa y no demasiado limpia ciudad de Tekarae, quizás era el lugar ideal para realizar una insensatez de esas.
Recordaba cierta ocasión en que se enfrentaron –allí, frente a su barra- cierto número de soldados llegados de uno de los tantos frentes de guerra de la Alianza Celeste y un grupo de marineros espaciales, en un brutal duelo con sinke –un cóctel hecho de las bebidas más fuertes que existían-. Seis ciclos estuvieron bebiendo. Él, como correspondía, los acompañó hasta que el último de ellos cayó inconciente al piso. Fue una experiencia  que esperaba no volver a repetir, pues para estar tanto tiempo sin descansar necesariamente tuvo que hacer uso de las píldoras Voltic... que a la larga pueden traer consecuencias indeseables como no llegar a distinguir un pertal de un fanghe o servir verdeda por norlto, confusiones todas ellas que pueden tener consecuencias catastróficas.
Suspiró. No… esperaba que este cliente no fuera de esos. Lo tenía preocupado. Por la forma en que bebía se vislumbraba una gran pena… o más bien, por la forma y cantidad en que bebía, una singularmente grande pena.
Finalmente el barman tomó valor y saliendo del contexto de una insulsa charla de mostrador le dijo:
-Si comentar lo que le sucede le ayuda, puedo escucharle…
El cliente lo miró, con esa mirada algo extraña que tienen los potekes –acentuada quizás por la bebida consumida- y finalmente le contestó:
-Es algo demasiado espantoso como para contar-
-He escuchado cosas terribles, no se preocupe por eso-dijo, procurando tranquilizarlo.
El cliente tomó su recipiente, bebió largamente –estaba honrando al raci en ese lapso- y con aire de “Usted lo quiso” exclamó.
-Cometí un error
-Pues tiene que ser un error muy grave para castigarse de esta forma…-dijo, tratando de ganarse su confianza.
-¡Es grave...! ¡Soy un asesino!
Lucasio se alejó medio paso de la barra, instintivamente.
-¿Usted un asesino? No lo parece…
-Pero lo soy…- dijo apenado
-Cuénteme… En ocasiones es saludable hablar de nuestros pesares.
-No creo que me alivie, pero le contaré así entiende mi conducta, que le aseguro no es para nada normal…  Nunca había bebido tanto…
-Espero que no- le dijo Lucasio- porque son pocos los capaces de beber durante tanto tiempo y no quedar con algún trastorno…
-Dígame… ¿Oyó hablar del Servicio de Desarrollo Planetario? Yo trabajo allí…
Lucasio asintió, sin demasiado entusiasmo. Su cliente entendió esto como señal de duda y agregó:
-A veces sucede que la Alianza Celeste tiene interés en que determinado mundo se desarrolle y nosotros somos los que hacemos eso posible. Se puede tratar de planetas con importancia estratégica, o con especies que potencialmente pueden aportar algo nuevo o distinto o quizás se han quedado estancados y necesitan un catalizador o un estimulante… ¿Entiende?
Lucasio lo miró, sin saber que decir. Finalmente dijo –Algo entiendo. Eligen un planeta y lo ayudan a desarrollarse.
-Algo así. En general elegimos una especie de todas las que lo habitan y la ayudamos particularmente… casi siempre haciendo lo necesario para ayudar a desarrollar su inteligencia…
-Es una gran tarea- se animó a comentar el barman.
-Sin duda…
-¿Y qué sucedió?- preguntó Lucasio, que comenzaba a sentir algo de curiosidad.
-Hace ya algunos miles de ciclos nos enviaron a un planeta. Teníamos la orden de estimular la inteligencia de una de las especies inteligentes del planeta… Eran animales bellos y armoniosos. Potencialmente su desarrollo intelectual y espiritual los haría inigualables amantes del equilibrio.
-Por lo que describe eran hermosos…
-Lo eran, si –dijo el poteke con algo de pesar. Luego continuó.
-Las proyecciones nos informaban que en un tiempo prudencial ese planeta sería una potencia intelectual y ejemplo de balance y sustentabilidad… y por si fuera poco, importantes aliados nuestros en ese sector del universo.
-¡Increíble!
-Si, podía haber sido increíble… pero no fue así…
-¿No?- dijo Lucasio, apenado.
-No. Había dos especies que sobresalían por su inteligencia en el planeta, con cierto antiguo parentesco… Una, terrestre, que los nativos posteriormente llamaron “monos” y otra acuática, que posteriormente se denominaron “delfines”, en la jerga de ese mundo. Le aclaro que luego de efectuados los estímulos seguimos monitoreando los mundos, para ver su avance, aunque ya no se nos permite intervenir directamente en ellos.
-¿No pueden intervenir?
-No directamente… excepcionalmente nos permiten influir –o tratar de hacerlo- sobre las especies del mundo, para que ellos “enderecen” su camino… es lo más que podemos hacer…
-¿Pero en este caso qué sucedió?
-Teníamos el mandato –y el deber- de estimular a los delfines… pero nos equivocamos.
-¿Cómo que se equivocaron?- con lo que le había dicho de los delfines, Lucasio ya los estimaba tanto como a cualquier cliente a su barra.
El funcionario se sintió acorralado. No había sido tan buena idea recrear lo sucedido pues se estaba sintiendo nuevamente fatal. Bebió de un trago medio recipiente de raci.
-Es que hay algunos procedimientos que se hacen automáticamente… no los hacemos nosotros personalmente. Los mecanismos seleccionan una inteligencia, toman sus códigos genéticos, trabajan sobre ellos, los modifican, se fabrica un estimulante y este se siembra en la biosfera… así llega a donde queremos que llegue…
-Eso lo entiendo, pero… ¿Qué sucedió?
-¡Se equivocaron! ¡En vez de hacer más inteligentes a los delfines, lo que los haría la especie más fuerte del planeta y por ende los fundadores de una civilización que sería no solo excepcional sino también reconocida en todo el Universo conocido, estimularon a una especie de mono!
-¿Pero es tan grave?
El cliente hizo una pausa. –Los monos, desde ese momento, no han dejado de guerrear entre ellos… ¡Ni un instante! Al planeta lo han ido deteriorando lenta pero inexorablemente, tanto que están sufriendo grandes alteraciones, que no han terminado todavía… Su calidad de vida irá deteriorándose cada vez más hasta caer a niveles de insospechada decadencia. Hambre, enfermedades, pobreza, guerras… eso viven y eso tienen por delante.
-¡Pero es una calamidad! ¡Tiene razones para estar tan triste!
-¿Por eso? No es precisamente por eso que estoy tan triste, aunque eso lo sabíamos desde hacía mucho tiempo y hemos hecho lo posible para cambiarlo…
-¿Entonces?
-¡Es que hace cuatro ciclos me informaron que estos monos asesinaron al último de los delfines!
Lucasio lo miró. Por las mejillas del poteke del otro lado de la barra corrieron lágrimas que hicieron a su vez salir las suyas… Solo atinó a pasar su brazos por encima de recipientes, barra y diferencias y abrazar fuertemente a aquel que había asesinado a una especie y seguramente a un mundo.

                                               FIN


VIDA ETERNA

¡El Poder de la Iglesia se había finalmente restaurado! En una declaración que movió los cimientos de la civilización toda, la Iglesia declaró que tenía entre sus Divinas Manos el Elixir de la Vida Eterna y que este sería bondadosamente otorgado con La Comunión… Si, con ese trocito de pan que ceremonia a ceremonia consumían los fieles en todas las iglesias del mundo…
Ante el aviso, la cotización de las acciones eclesiásticas en todas las Bolsas del mundo se disparó. Se multiplicaron además las donaciones de estados y privados, por lo que el contenido de sus hambrientas arcas creció exponencialmente.
Incluso los gobiernos que habían osado dudar de su honestidad y religiosidad –que lamentablemente eran muchos, debo decir- pidieron para entrevistarse urgentemente con las máximas autoridades de la iglesia, con el principal objetivo de ser merecedores de su bendición.
“¡Solo por la Inmensa Bondad y Constante Sacrificio de ésta, la más grande Institución Humana, se nos ha dado el poder de distribuir la Vida Eterna entre todos los pecadores! ¡Alabado sea el que nos agradece adecuadamente! ¡Y que Nuestra Bendición acompañe a los Buenos de corazón!”
Eso decían… y aún los más escépticos entre los hombres –hasta los llamados “ateos”- se integraron a las largas colas para saborear periódicamente “La Comunión”.
La Iglesia había recuperado Su Poder… ¡Finalmente La Verdad había triunfado!

Conrado trató de tapar con sus manos el feo agujero, casi perfectamente cauterizado y apenas humeante, que le había dejado el láser en unos de sus flancos… sabía que su vida lo estaba abandonando aceleradamente. Si bien dicen que en esos postreros momentos se suele rememorar, como en pantallazos, toda la existencia que allí se termina, Conrado fue la excepción a la regla.
Él solo podía pensar en cómo había llegado a confiar tan ciegamente en Ella y en como esta confianza lo había matado…
Le amargaba pensar que en todos esos años no hubiera logrado conocer mejor a la institución que un día fuera su guía. Había escuchado sangrientas leyendas sobre  masacres y exterminios hechos en Su Nombre, pero nunca pensó ser una víctima más de esa organización, que nacida de dulces palabras y buenas intenciones azotaba la civilización desde centenares de años ha, renegando de aquel que había soñado con una mejor especie.
Su relación con la Iglesia siempre había sido amigable y la religión había estado presente de una forma u otra durante casi toda su educación. Acostumbraba rezar por las mañanas y también por las noches, antes de dormir.
Y ésta era la única razón por la que aceptó cuando una alta autoridad eclesiástica le pidió agregar uno de sus investigadores a su equipo de trabajo. Le parecía normal tener en el grupo a alguien que, según decían, estudiaría las implicancias filosóficas de sus investigaciones y eventualmente ayudaría a preparar a la Humanidad para el uso de  un descubrimiento de tal importancia, quizás el más importante de su historia.
Lo cierto es que, dada la naturaleza de su investigación, en ningún momento su curiosidad le pareció sospechosa… ¿Pues quién podía ser indiferente a la posibilidad de vivir eternamente?
¡Obviamente que se podía haber negado! ¿Pero que qué mal podía esperar de la Iglesia? ¡De Su Iglesia!
No esperaba que al lograr obtener finalmente El Elixir, se lo reclamaran inmediatamente, dejando al descubierto sus verdaderas intenciones.
“¡Lo necesitamos”!- dijeron.
-“¡Es la única forma de volver a tener el poder que nunca debimos perder!”- insistieron.
Pero él no estaba de acuerdo con la forma en que lo iban a utilizar.
Así que ellos hicieron lo que pensaban que tenían que hacer.

Nunca pensó que terminaría así, se dijo, mientras ya los últimos suspiros salían por su boca entreabierta. La Iglesia -¡Su Iglesia!- le había robado descaradamente el Elixir de la Vida Eterna, el invento más importante de todas las épocas... y uno de sus esbirros le había abierto ese feo agujero, la herida que lo mataría en segundos… Aunque eso no era lo peor… ¡Lo que más lo apenaba era que ni siquiera le habían dado la extremaunción!

                                          FIN