Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

domingo, 20 de octubre de 2013

VIDA ETERNA

¡El Poder de la Iglesia se había finalmente restaurado! En una declaración que movió los cimientos de la civilización toda, la Iglesia declaró que tenía entre sus Divinas Manos el Elixir de la Vida Eterna y que este sería bondadosamente otorgado con La Comunión… Si, con ese trocito de pan que ceremonia a ceremonia consumían los fieles en todas las iglesias del mundo…
Ante el aviso, la cotización de las acciones eclesiásticas en todas las Bolsas del mundo se disparó. Se multiplicaron además las donaciones de estados y privados, por lo que el contenido de sus hambrientas arcas creció exponencialmente.
Incluso los gobiernos que habían osado dudar de su honestidad y religiosidad –que lamentablemente eran muchos, debo decir- pidieron para entrevistarse urgentemente con las máximas autoridades de la iglesia, con el principal objetivo de ser merecedores de su bendición.
“¡Solo por la Inmensa Bondad y Constante Sacrificio de ésta, la más grande Institución Humana, se nos ha dado el poder de distribuir la Vida Eterna entre todos los pecadores! ¡Alabado sea el que nos agradece adecuadamente! ¡Y que Nuestra Bendición acompañe a los Buenos de corazón!”
Eso decían… y aún los más escépticos entre los hombres –hasta los llamados “ateos”- se integraron a las largas colas para saborear periódicamente “La Comunión”.
La Iglesia había recuperado Su Poder… ¡Finalmente La Verdad había triunfado!

Conrado trató de tapar con sus manos el feo agujero, casi perfectamente cauterizado y apenas humeante, que le había dejado el láser en unos de sus flancos… sabía que su vida lo estaba abandonando aceleradamente. Si bien dicen que en esos postreros momentos se suele rememorar, como en pantallazos, toda la existencia que allí se termina, Conrado fue la excepción a la regla.
Él solo podía pensar en cómo había llegado a confiar tan ciegamente en Ella y en como esta confianza lo había matado…
Le amargaba pensar que en todos esos años no hubiera logrado conocer mejor a la institución que un día fuera su guía. Había escuchado sangrientas leyendas sobre  masacres y exterminios hechos en Su Nombre, pero nunca pensó ser una víctima más de esa organización, que nacida de dulces palabras y buenas intenciones azotaba la civilización desde centenares de años ha, renegando de aquel que había soñado con una mejor especie.
Su relación con la Iglesia siempre había sido amigable y la religión había estado presente de una forma u otra durante casi toda su educación. Acostumbraba rezar por las mañanas y también por las noches, antes de dormir.
Y ésta era la única razón por la que aceptó cuando una alta autoridad eclesiástica le pidió agregar uno de sus investigadores a su equipo de trabajo. Le parecía normal tener en el grupo a alguien que, según decían, estudiaría las implicancias filosóficas de sus investigaciones y eventualmente ayudaría a preparar a la Humanidad para el uso de  un descubrimiento de tal importancia, quizás el más importante de su historia.
Lo cierto es que, dada la naturaleza de su investigación, en ningún momento su curiosidad le pareció sospechosa… ¿Pues quién podía ser indiferente a la posibilidad de vivir eternamente?
¡Obviamente que se podía haber negado! ¿Pero que qué mal podía esperar de la Iglesia? ¡De Su Iglesia!
No esperaba que al lograr obtener finalmente El Elixir, se lo reclamaran inmediatamente, dejando al descubierto sus verdaderas intenciones.
“¡Lo necesitamos”!- dijeron.
-“¡Es la única forma de volver a tener el poder que nunca debimos perder!”- insistieron.
Pero él no estaba de acuerdo con la forma en que lo iban a utilizar.
Así que ellos hicieron lo que pensaban que tenían que hacer.

Nunca pensó que terminaría así, se dijo, mientras ya los últimos suspiros salían por su boca entreabierta. La Iglesia -¡Su Iglesia!- le había robado descaradamente el Elixir de la Vida Eterna, el invento más importante de todas las épocas... y uno de sus esbirros le había abierto ese feo agujero, la herida que lo mataría en segundos… Aunque eso no era lo peor… ¡Lo que más lo apenaba era que ni siquiera le habían dado la extremaunción!

                                          FIN


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