Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

viernes, 8 de febrero de 2013

POR UN ERROR ADMINISTRATIVO

El enorme recinto, que funcionaba como lugar de comidas y de reunión estaba repleto. La misión en Epsilon-8 había terminado y todos los que habíamos participado estábamos allí, charlando, compartiendo anécdotas, comiendo algo liviano y bebiendo refrescos y  café, contentos de estar ya en nuestra nave nodriza. Frente a mí, Silen, a quien hacía dos años que no veía, acababa de decirme algo…
-No, esta vez no- me había dicho.
La miré, sin poder creer lo que había oído e inmediatamente el rubor cubrió mi cara… ¡Silen, mi mejor amiga y también mi amante más querida, acababa de rechazarme!
Me costó unos buenos segundos recuperar mi orgullo herido. Finalmente, con voz ronca le dije  -Pensé que luego de estar tanto tiempo solos, dos años para ser más exactos, nos haría bien disfrutar de una buena noche de sexo…
-Si, me encantaría… en otra ocasión o… antes me hubiera encantado… pero ahora las cosas han cambiado. He cambiado.
-¿Has cambiado en qué sentido? ¿Te has vuelto célibe?
-¡No, claro que no! ¡No lo entenderías!
-¿Por qué no puedo entenderlo? Que no quieras acostarte conmigo no significa que deje de ser tu amigo y hasta donde sé los amigos se cuentan todo… ¡Y además tratan de entenderse!
-¿Lo que te he dicho no perjudica nuestra amistad entonces?
-¡No, no seas tonta! ¿Si mañana decidieras tener una pareja estable vamos a dejar de ser amigos? ¡No! ¡El sexo es circunstancial, algo hermoso y bello pero que va y viene… en cambio nuestra amistad puede durar por siempre! Además quizás algún día cambies de idea… ¿o no?
-Quizás… no sé… ¡Me da un poquitín de vergüenza contarte lo que me pasó!- dijo, frunciendo la boca con disgusto.
Tenía que ser algo realmente grave, pues Silen nunca había sido muy tímida.
-¡Cuéntame… no puede ser tan horrible!- Tanto suspenso ya me tenía los pelos de punta.
Silen bajó la voz y me dijo –Ya no me gustan los hombres…
-¿Cómo?- dije, con una carcajada, echándome para atrás en la silla. -¡No lo puedo creer! ¡Siempre te gustaron mucho los hombres!
-¡Shhhhh!- dijo y nuevamente bajó la voz –Pues ya no-
-¿Pero por qué?
-Fue todo por un error administrativo…
La contemplé, siempre hermosa e indudablemente inteligente… ¿Qué le habría sucedido?

Silen y yo trabajábamos para un organismo de la Federación que se dedicaba al estudio y evaluación de planetas recién descubiertos. Habíamos sido parte durante dos años  -y junto a 198 técnicos más- de esa misión que acababa de terminar.
Epsilon-8, como todo planeta recién descubierto tenía que ser evaluado exhaustivamente… todo para determinar qué tipo de mundo se había descubierto y que utilidades podía tener para la Federación y la especie humana.
Determinar que recursos comerciales tenía, las posibilidades y costos de explotación, si había alguna posibilidad de colonización, si era posible la terraformación, la intensidad de esta hipotética terraformación e incluso si esta transformación planetaria era rentable o no… las respuestas a esas y a otras muchas preguntas se obtendrían de este estudio.
Para eso se habían instalado doscientas estaciones o bases de exploración y análisis, distribuidas lo más uniformemente posible en el planeta. A cada una de ellas se le había asignado un técnico.
La verdad es que estas estaciones eran totalmente automáticas. Ellas lanzaban sus sondas aéreas y terrestres, tomaban muestras, hacían análisis primarios, enviaban datos a las autoridades científicas de la Federación y llegado el caso estaban programadas para esbozar los estándares de modificación del planeta, en los lugares o aspectos que fuera necesario. Pero los protocolos obligaban a que hubiera por lo menos un humano por estación, con la capacitación suficiente para resolver alguno de los tantos problemas que ésta por sí misma no pudiera resolver. Por otra parte, todos sabíamos que éramos,  nosotros mismos –como humanos en condiciones bastante especiales- interesantes objetos de estudio. Así era que nos controlaban todos los datos vitales que pudieran resultar relevantes, para luego ser estudiados. No había nada que se desperdiciara.
Como era de esperarse, si los protocolos exigían por lo menos un humano por estación, los costos y molestias también hacían que los organizadores se contentaran con lo mínimo… así es, con un técnico por estación.

La misión no fue de las más sencillas… Epsilon-8 era un planeta con serios disturbios magnéticos –nada que no pudiera arreglarse, claro- pero que por el momento impedían que dispusiéramos de canales de comunicación para uso personal. La comunicación estaba restringida a los canales abiertos que se usaban para transmitir y ensamblar la información técnica. Por otro lado tampoco podíamos salir de nuestras estaciones, así que estábamos recluidos en esas estructuras… Pasaron prácticamente dos años en que la única
 comunicación que pude tener con alguna de las estaciones, y no precisamente con la que estaba Silen, era impersonal y neutra. Apenas sabía que seguía viva.

Dirán que es difícil –y hasta insoportable- vivir dos años encerrado en un lugar de donde no se puede salir, respirando aire con  un leve olor a desinfectante y sin tener contacto físico con otros humanos. Pero nuestros superiores habían pensado en dos soluciones para ese problema. Una era que teníamos mucho trabajo y por ende no disponíamos de mucho tiempo libre… Nos obligaban a hacer  un chequeo manual del funcionamiento de los equipos –un chequeo totalmente innecesario pues cualquier falla sería detectada  automáticamente y sonarían las alarmas de mal funcionamiento-.  Dada la vastedad del proyecto, que incluía no solo todo el equipo fijo de la base sino también todos los aparatos móviles que iban y venían al exterior, estos chequeos nos consumían gran porcentaje de nuestro tiempo. Si de algo podían estar seguros era de que no teníamos demasiado tiempo libre.
La segunda solución para el aburrimiento y la soledad eran los C.C.D., algo que estaba siendo cada vez más utilizado por todos los que iban al espacio, desde colonos a navegantes.
Los C.C.D. o Compañía de Cama Deshidratada vienen  almacenados en una especie de sobre, muy parecidos a esos en donde vienen las sopas para hidratar –aunque mucho más grandes- y son relativamente fáciles de poner a funcionar. Es imprescindible tener un Hidratador Modelo 52 o más reciente –los modelos anteriores no sirven-, que esté en buenas condiciones –demás está decirlo- y agua… 40 litros para un CCD femenino y 60 para uno masculino.
Vienen con un software básico incorporado, pero puedes cargarle tus propias especificaciones… lo que se te ocurra –nadie se enterará-. Obviamente esto debes hacerlo antes de hidratar.
Cuarenta minutos estándar después, cuando esté preparado, puedes colorear su cuerpo y cabello, si lo deseas de algún color en especial.
Ahora que recuerdo, el ph del agua tiene que ser neutro. Es famoso el chiste del pobre explorador espacial que tuvo que bajar en la superficie de una luna peligrosa y desconocida para recolectar sus 40 litros de agua –no tenía la suficiente en su nave y ya no soportaba la soledad- y resultó que ésta tenía un ph marcadamente ácido… ¡Su CCD le quedó con un carácter tan agrio que a duras penas la soportó durante el resto de la misión! ¡Es muy gracioso! Obviamente esto es una fábula, un chiste del espacio… ¡Si el ph no fuera el indicado posiblemente puedes cruzarte de brazos por años estándar a esperar que esté pronto tu CCD!

De pronto Silen me preguntó.
-¿Tú cuándo hidrataste tu CCD?-
-¿Yo? Pues, a las dos semanas estándar creo…
-¿Ya a las dos semanas? ¿Tan rápido?
-¿Por qué esperar? No me gusta estar solo, así que cuando tuve todo en orden, hidraté… ¿Y tú?
-¡Sin duda que bastante después que tú! –dijo sonriendo-Quería trabajar, pensar, reflexionar… debo confesar que estuviste mucho en mis pensamientos… pero llegó un punto en que necesitaba compañía y todos los beneficios de ésta… quería charlar y alguien con quien compartir la cama por las noches… Así que me dispuse a hidratar.
-¿Y?
-Hidraté.
-¡Que bueno! Y… -mi expresión era de clara interrogación
-Era una mujer.
-¿Cómo que era una mujer?
-Mi amigo, mi compañía, mi CCD, mi compañero de cama no era un hombre… era una mujer…
-¿Pero como es posible?
-Todavía no lo entiendo…
-Fue un terrible error administrativo… ¿Y que hiciste?
-¡Te estoy diciendo que hidraté igualmente!
-¿A una mujer?
-Claro… no iba a estar sola dos años ¿No? ¿Tú no hubieras hecho lo mismo si tuvieras un hombre para hidratar?
Me reí -¡No sé! Así que bueno… este… ¿Y la pasaron bien?
-¡Muy bien! ¡Excelente!
-Me alegro por ti… Tienes que haberlo pasado muy bien si ya no quieres tener nada con otros hombres… ni conmigo…No fue tan malo entonces…
Me miró como reprochando mis palabras.
-Aunque me quedó una duda- dijo luego-
-¿Qué duda?
-Si a mi me tocó una mujer y había pedido hombre, a alguien que había pedido mujer le tocó hombre… ¿o no?
Solté otra sonora carcajada –¡Ja, Ja! ¡Sin duda!
Y creo que los dos a la vez, entre sonrisas, comenzamos a mirar a todos los hombres a nuestro alrededor. Uno de ellos, seguramente tendría cosas nuevas que contar.

                                           FIN






UNA NUEVA VIDA

Cuando, luego de una conferencia en donde había expuesto sus teorías, aquella simpática pareja de jóvenes se le acercó,
Max Clikee no pudo menos que prestarles atención. Se decían admiradores de la obra a la que había consagrado gran parte de su vida, algo por lo que se sintió muy halagado. No solo eso sino que  Alice y Pedro, como se nombraron, eran conocedores profundos de su trabajo y le hicieron muchas preguntas sobre el desarrollo ulterior de éste.
Como forma de retribuir a estas alabanzas los había invitado a continuar charlando en el sombreado parque al frente de la universidad, un lugar muy agradable. Allí, en uno de los bancos con respaldo típicos de lugar, disfrutando del cálido clima primaveral y observando las idas y venidas de estudiantes, profesores y visitantes, continuaron conversando animadamente, aunque en realidad era la pareja la que hablaba… el anciano solo escuchaba y asentía.
Tanto Alice como Pedro, a pesar de su relativa juventud eran científicos de avanzada y con sus preguntas no solo mostraron interés por sus estudios, sino también por su persona. Decían que, aunque había llegado a los 90 años con relativa buena salud, pensaban que merecía –y necesitaba- por lo menos 90 años más de vida para terminar de desarrollar sus teorías y quizás con eso revolucionar definitivamente el mundo de la ciencia.
En determinado momento Alice le dijo:
-¿Qué opinaría si le dijéramos que conocemos la manera de que logre volver a la Tierra en un cuerpo nuevo?
-Bueno, señorita, eso es parte de mis ideas…
-¿Pero las ha puesto en práctica?
-No, no…
-¡Nosotros sabemos como hacerlo! ¡Y queremos hacerlo con usted!
-¡Usted es nuestro maestro!
-¡Nuestro modelo a seguir!
-¡Se merece seguir trabajando en sus estudios!
-¡Y se merece completarlos!
Al anciano le faltaban palabras para contestar. No sabía que decir. Había llegado a esa avanzada edad en muy buenas condiciones porque en la Universidad todos lo querían y cuidaban. Absolutamente todos sus colegas le habían aportado lo que pudiera servirle de sus conocimientos, tratamientos, terapias, todo, para que su vida útil se prolongara lo más posible. Todo porque sabían de la devoción de Max por el estudio y de que no tenía más objetivo que seguir desarrollando y perfeccionando sus teorías… y responder esas preguntas que él sabía que tenían que ser finalmente respondidas. Pero, estaba claro que pese a los esfuerzos de todos, no iba a llegar  a ese objetivo. Sabía que, por más que lograran prolongar su vida, cinco o hasta diez años, eso no sería suficiente… y cuando muriera, todo ese inmenso caudal de conocimientos que había forjado durante toda su larga vida académica se perdería… así lo sentía. Pues ni sus muchos libros, ni sus diarios intentos por comunicar a los jóvenes estudiantes su sapiencia equivalían a lo que tenía dentro de su cabeza, dentro de su cerebro, dentro de su mente. Y estos jóvenes, junto a él, apuntaban a eso, le tentaban a seguir… No podía menos que estar interesado.
-No se entusiasmen… pero demuestren que pueden hacerlo y luego veremos. Sé que puedo darle a la humanidad más de lo que le he dado… Solo demuéstrenlo- concluyó, suspirando.

No tardaron muchos días en llamarlo para que asistiera a una demostración y lo que presenció lo dejó gratamente sorprendido. ¡Por lo menos una parte de sus teorías podía ser llevada a la práctica! A partir de ese momento su entusiasmo fue en aumento… sabía que lo que pretendían era posible y ya no lo asustaba pasar la línea, esa línea que muchos creían era el fin del camino. ¡Pues él estaba convencido de que era solo un accidente más en la existencia!

Max reconocía que sus ideas no eran revolucionarias ni innovadoras, pero sabía que era uno de los pocos que, libre de prejuicios, con la mente abierta pero también con todas las herramientas de la ciencia a su disposición, trataba de separar la místico de lo racional, la mentira de la verdad, el humo de la llama. Su campo de investigación no era ni más ni menos que la vida y la muerte y entre ellos el destino de nuestros “cuerpos”, por llamarles así, tanto el físico y visible como los espirituales o invisibles.
Por tratar de expresar todo matemáticamente  y por querer formular, analizar y en suma estudiar científicamente las leyes que regían el funcionamiento de estos fenómenos, se le reconocía como un referente de la ingeniería mágica, una nueva, amplia y difusa ciencia que se desarrollaba a trompicones en la frontera de todas las otras ciencias, hasta ahora llamadas “racionales”.
Y dentro de sus teorías estaba expuesto que si alguien descubriera la forma de, al morir, manipular estos cuerpos invisibles, podría ocupar un cuerpo que iba a nacer… ocuparlo conciente y plenamente. Esto era algo que en la teoría era maravilloso. Sería la forma de vivir para siempre, no como algo físico en realidad, sino que esa “entelequia” que éramos podría perpetuarse.
En realidad se suponía que cuando alguien estaba por nacer  un alma en espera ocupaba su lugar, en un proceso que no se sabía a ciencia cierta como sucedía ni por quién era regido… solo sucedía así. La literatura existente sobre el tema hablaba de “poderes”, “juicios” y “jueces”, más allá de toda lógica científica, que eran los que manejaban los nacimientos y la vuelta a La Tierra de las almas. Él, con las herramientas que disponía, no había podido desentrañar este proceso, por más que lo había investigado. Pero en definitiva  lo que Max sugería era distinto… era ni más ni menos que el hombre tomara la decisión de cuando y dónde renacer… y esa era una diferencia importante.

¡Y era posible hacerlo! La demostración resultó satisfactoria. Los cuerpos invisibles podían manipularse. El próximo paso fue elegir un cuerpo apropiado en donde nacer y mientras tanto, fue cerrando y arreglando sus asuntos… demoraría algún tiempo para encaminarlos nuevamente y no sería bajo el nombre de Max Clickee, por más que sería el mismo.

Llegada la fecha, su cuerpo físico murió como correspondía.

Hacía ya varios días que sentía que alguien lo seguía. Era una sensación extraña, tanto que podía ser una total invención de su parte. Su nueva vida se había desarrollado desde el principio a un ritmo vertiginoso y estaba totalmente comprometido llevando adelante sus investigaciones, tanto que las 24 horas que tenía un día le parecían terriblemente escasas.
Ahora se llamaba Rómulo Festh y desde los quince años ejercía la  docencia en la Universidad. Desde su más temprana edad había dejado asombrados a todos por sus conocimientos tanto en ciencias clásicas como en otras experimentales… a casi todos en realidad, pues Alice y Pedro, que habían sido sus tutores y  ayudantes más cercanos para nada estaban sorprendidos y había ocupado rápidamente el lugar académico que le correspondía. Ahora, ya a los treinta años de edad, los tres estaban encantados con los resultados y avances que se habían logrado y estaban convencidos de que no pasarían más de cinco años para que el desarrollo de sus teorías estuviera concluido y estuvieran preparados para pasar a la siguiente fase de su proyecto.

En ese momento caminaba por una especie de callejón, bastante ancho en realidad, formado por las altas paredes laterales de la universidad, por un lado,  y el enorme edificio de la Biblioteca por otro, un espacio con algunos árboles y arbustos de jardín que siempre estaba mal iluminado y silencioso. El siempre iba por allí de camino a su casa, que no quedaba demasiado lejos.
En determinado momento, la sensación de ser observado se hizo casi tangible, tanto como que un fuerte empujón en su espalda lo lanzó contra una de las paredes.
El agresor, con la cabeza cubierta por la capucha de un abrigo deportivo y con un aspecto para nada tranquilizador le dijo, con un marcado acento extranjero:
-¿Tiene idea del mal que me causó?-
Él le respondió -¿De qué me habla? ¡No tengo ni la más mínima idea de quien es usted!
-¡Claro que no sabe quién soy! ¡Se lo diré! ¡Soy el que tenía que haber nacido en su lugar! ¡Ese soy!
-No entiendo…
-¡Usted tomó mi lugar en la cadena de nacimientos! ¡Usted y sus cómplices, usando sus teorías y usando sus conocimientos, lograron ponerle a usted en un cuerpo que iba a nacer!- el hombre estaba levantando su voz, producto seguramente de su rabia, pero continuó como si masticara sus palabras -¿Se preguntaron, en algún momento, quien iba a sufrir por la alteración de ese proceso? ¡Yo merecía una vida mejor que la que había tenido! ¡Su vida era mi vida! ¡En cambio tuve que pasar mil y una peripecias para lograr nacer!  Rómulo lo miró con la boca abierta.
-¡Si, si, asómbrese! –continuó el encapuchado- ¡Y claro que nací sin preguntar en donde ni en qué cuerpo, no como usted!- 
Mientras hablaba gesticulaba fuertemente y continuó:
-¿Sabe cuánto me costó llegar hasta aquí, a este país, a esta ciudad, hasta aquí mismo, frente a usted? ¡No tiene ni idea!
-¿Pero que es lo que busca? ¿Por qué me cuenta todo eso?
-¡Quiero castigar su egoísmo! ¡Pero quería que se enterara de porqué le castigo!
-¿Y como habrá de castigarme?
-¿Cómo? Seguramente no de la forma que me gustaría. Me gustaría disponer de la tecnología para poder tomar su cuerpo y su vida y dejarle a usted mi cuerpo y mi vida…
El antes Max, ahora Rómulo, palideció sensiblemente. Pero el hombre continuó:
-¡Pero no la tengo! Usted quizás si… ¿o me equivoco?
Su acusado quedó mudo, como si respondiera su pregunta.
-¡La tiene! ¡Claro! ¡Es por eso que le dieron una nueva vida, para que pudiera seguir casi sin interrupción sus increíbles investigaciones! ¿Cuántas cosas ha descubierto, doctor? ¿Cuántas cosas podría descubrir?
-¿Qué es lo que quiere?- lo interrumpió éste por fin -¿Quiere dinero? Puedo darle mucho dinero,  todo el dinero que quiera en realidad, si demuestra que lo que dice es cierto…
-¿Ahora me está tratando de mentiroso? ¡No quiero su dinero, no me interesa! Solo quiero que comience su castigo…
-¿Que comience mi castigo?
-¡Eso dije!  “Del Otro Lado” lo esperan… ¿Sabía? No les gustó para nada lo que hizo, tomar el lugar de un alma que iba a nacer… hacerse pasar por otro, romper la cadena administrativa… ¿Me entiende?
El joven-viejo científico había comenzado a ponerse nervioso  -No, no entiendo…
-¿No entiende o no quiere entender? ¡Hay un orden que ha de respetarse! ¡Y las cosas deben hacerse de esa forma y no de otra! ¡Y usted y sus cómplices rompieron ese orden y deben ser castigados! Yo solo soy el que le dará el pasaje de ida…
-¿El pasaje de ida?
-Una ida sin vuelta- dijo, al tiempo que dentro de su amplia chaqueta sacó una voluminosa arma de fuego…
-¡No, no, escúcheme…! –dijo Rómulo, tratando de reaccionar.
La bala pasó su cabeza de lado a lado.

 Era cierto que Del Otro Lado lo estaban esperando.

                                         FIN

AURELIA

ESTE CUENTO POSIBLEMENTE SEA EL PRIMERO QUE HAYA ESCRITO. SE PUBLICÓ EN “TRÁNTOR”, EL PRIMER FANZINE URUGUAYO DE CIENCIA FICCIÓN Y FANTASÍA, AÑO 1988 DE NUESTRO SEÑOR Y FUE ESCRITO EN 1987. LE AGREGUÉ UNA SECCIÓN, DE ESE MISMO AÑO, QUE ESTABA JUNTO CON EL ORIGINAL Y QUE NO APARECE EN TRÁNTOR.
RECUERDO QUE HABÍA LEÍDO RECIENTEMENTE “CAZA DE CONEJOS”, DE MARIO LEVRERO, QUE DICHO SEA DE PASO NO ES MUY DE CIENCIA FICCIÓN –CREO QUE HASTA LO COMPRÉ, SI, SI, EN ESA ÉPOCA TODAVÍA PODÍA COMPRAR ALGÚN LIBRO- Y DE AHÍ ESTA FORMA DE PRESENTAR EL RELATO.
QUERÍA PONERLO ACÁ PORQUE ME PARECIÓ QUE SERÍA LINDO TENERLO EN EL BLOG.

                                    AURELIA

Érase una vez una máquina de escribir muy vieja. Hace quince días –estoy casi seguro de esto- alguien la tomó y escribió el relato que sigue a continuación. Creo que el que lo hizo no estaba muy cuerdo: es un poco incoherente en sus ideas, o eso me pareció. Pero lo más importante consiste en que los papeles en donde quedó impreso estaban dentro de una estructura un tanto extraña, cubierta de herrumbre y una sombrilla podrida encima. No pretendo impresionar a nadie, pero en una losa cercana alguien grabó:

                                    Aquí yace Aurelia
                                  Antes- Algo después

“Cuándo éramos entes errantes, es decir, cuando aún no habíamos nacido, un grupo de nosotros, que solíamos reunirnos en un lugar de baja energía denominado El Quasiárbol, resolvimos que cuando naciéramos íbamos a ser científicos. Construiríamos una máquina del tiempo para viajar al futuro y al pasado y divertirnos un poco, pues es aburrido nuestro existir, si es que existimos.

Mediante un proceso extraño, que no puedo aquí describir por ser secreto e ignorado por todos, sensibilizamos una parte de nuestro ser a un estímulo existencial. Es una sensibilización compleja –muy compleja-, indescifrable, inimaginable y quizás imposible. Por ella bastaba poner en un cartel la palabra QUASIBAR para que por todos nuestros medios viajáramos hacia el Quasibar a reunirnos con los amigos.

¡Pobre Germán! Cuando nos reunimos luego de treinta y cinco años en el Quasibar faltaba uno de nosotros. De pronto, vimos aparecer, corriendo y sollozando, un pequeño de unos nueve años, seguido por un “alguien”, quizás su madre… ¡Pobre Germán! Por un tiempo quedó fuera del proyecto, pero tenemos su dirección y teléfono. En diez años estará con nosotros.

Nuestra máquina es hermosa. La pintamos de blanco, azul, violeta, rojo y de otros colores, pues nos gusta la variación. Primero la hicimos grande, demasiado grande. Luego la hicimos pequeña, tan pequeña que no entraba siquiera uno de nosotros. Ahora es del tamaño justo. Entramos todos con cierta comodidad y hasta hay lugar para el tablero de ajedrez. Claro que no va a entrarla cancha de tenis de Alberto ni la piscina de Adolfo, pero no se puede conseguir todo.

Aurelia, nuestra nave del tiempo, es muy sensible. Le disgusta que nos insultemos dentro de ella, que orinemos fuera del receptáculo, que cantemos muy fuerte, que gritemos “¡Jaque Mate!” con aire de sobradores, que entremos chicas, que pasemos videos verdes en la video-reproductora, pero lo que menos le gusta, lo que menos le agrada a nuestra preciosa Aurelia… es el agua. Le tiene asco, repulsión, alergia a este compuesto tan común. ¿Y cómo hacemos cuando llueve, por ejemplo? Pues en ese caso le damos antialérgico. Es más, continuamente toma antialérgicos… treinta gotas después del desayuno y treinta después de merendar. Generalmente aumentamos la dosis a cincuenta gotas cuando está muy húmedo y a mucho más, si acaso -¡Dios no permita!- llueve.

En nuestra tripulación usual solo hay una chica. Es muy extraña. Pasa el día leyendo textos de Bioquímica, Genética y Astronáutica y cuentos sobre máquinas del tiempo y a pesar de nuestra insistencia, no nos hace el amor. Tiene mucho miedo de que intentemos drogarla para que acceda a nuestros naturales apetitos sexuales. Por este arraigado temor a ser engañada, no bebe ni come. Está quedando muy flaca y a veces desvaría. Creo que a ninguno de nosotros le gustaría acostarse con una chica tan, pero tan flaca. Se lo expliqué, más parecía dormida y al intentar sacudirla para que se despertara, no solo le arranqué uno de sus húmeros sino que también se le cayó el cráneo al piso. A pesar del ruido no se despertó.

Nos divertimos mucho. Pero aunque pasamos bien juntos y nos entendemos bastante, a veces discrepamos en alguna cosa. Sebastián cree en la Magia, Juan terminantemente no. Y pasan los meses discutiendo. Pero ayer -¡Por fin!- se empezó a vislumbrar un cierto acuerdo, pues Sebastián dijo
–Pero la Magia es relativa-
-¿Cómo relativa?- preguntó Juan.
-¡Claro! Y siempre existirá, a menos que…-
-¿A menos que qué?- interrumpe Juan.
-Espera a mañana y verás-
Al decir esto Sebastián se levantó de la mesa de ajedrez y se retiró a la noche.
Y para aclarar todo, hoy Sebastián nos hizo llegar una frase, escrita por un contemporáneo nuestro, Arthur Clarke, que dice: “Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Estuvimos toda la noche discutiendo en torno a esto.

Hicimos muchos viajes, algunos interesantes, otros no tanto. Visitamos familiares muertos, familiares aún no nacidos, vimos espectáculos históricos indescriptibles, conocimos sensaciones nuevas por doquier. Aquí relato algunos, muy pocos, de los que más me impresionaron.

Como curiosidad nada más, escuchen. Hace dos días fuimos a lo de Carlos a conocer a sus tatarabuelos. Daniel, que tiene la costumbre de enamorarse de todas las mujeres, se enamoró de la bisabuela de Carlos. ¿Se imaginan del lío? Creo que Carlos quedó muy enojado, pues dejó una impresión muy fea entre sus parientes.

Ayer, pretendiendo arreglar la alergia de Aurelia, hemos metido mano a los circuitos y Pedro, al toser, cometió un error. No solo no le curamos la alergia, sino que además estornuda y ahora, cada cincuenta y tres minutos, una lluvia de pequeñas gotitas, cual rocío, nos moja a todos.

Para estrenar el último dispositivo que nos permite, aparte del viaje temporal desplazarnos en latitud y longitud, como queramos, hemos viajado a la Biblioteca de Alejandría cuando aún era el centro mayor de conocimientos de todo el mundo. Tuvimos que tomar inimaginables precauciones para no ser vistos por ninguno de los consultantes que día y noche, quizás a falta de otra cosa que hacer, merodean por el complejo. Nos agradó mucho el silencio, símbolo de toda biblioteca que se precie de tal. Claro que este era un silencio más antiguo que el de cualquier biblioteca actual. Por momentos nos parecía irreal la certeza de estar contemplando el mayor depósito de conocimientos que pudieron transmitirse en la Antigüedad, muchos de los cuales se han perdido ahora. Lo que lamento realmente es no haber podido entender ni una pizca de lo que escribieron tantas y tantas generaciones de sabios de aquellas épocas tan remotas.

Hoy, cuatro de noviembre, es el cumpleaños de Aurelia. Quedó muy contenta pues le regalamos un gigantesco paraguas amarillo.

También viajamos a la Atlántida. Claro que Aurelia se resistía un poco a entrar al agua, resistencia que cesó cuando le aclaramos que la visitaríamos cuando aún estaba en la superficie, lo que pareció complacerle mucho. Extrañamente, a pesar de habernos cerciorado muchísimas veces de que nuestra ubicación con respecto a los antiguos mapas de la Atlántida floreciente era correcta, no pudimos encontrarla. Retrocedimos un margen de tres mil años más y no encontramos más que unas gaviotas extraviadas y a partir del encuentro, sorprendidas. Lamento que nuestra curiosidad haya tirado abajo alguna que otra teoría, pero… ¿qué podemos hacer ahora?

En uno de nuestros virajes temporales, al querer tomar una temporuta más corta y rápida, casi nos estrellamos contra un gigantesco cartel que decía:
                           ¿ESTO ES DIVERSIÓN?
                 ¡LA DIVERSIÓN ESTÁ EN LAS ESTRELLAS!
Y eso nos dejó pensando, pensando en asesinatos en masa, en mundos extraños devastados y dominado por el humano, en conspiraciones contra otras razas y a veces contra los mismos “sapiens”. Y también en que hasta ahora hemos encontrado seres más débiles…¿Pero que pasaría si…?
                
Tratando de viajar al Reino de la Fantasía, hemos adaptado nuestra máquina a una idea nueva, según un concepto innovador de viaje temporal. Le hicimos muchos cambios, enredos y desenredos, cables por aquí, conexiones por allá y logramos –creo- un resultado relativamente satisfactorio. Pero sabemos de antemano que solo podremos estar en Lo Fantástico cinco segundos, solo cinco.
Emprendimos el viaje.
Cuando llegamos, abrimos la puerta y una niebla espesa inundó nuestra cabina hasta las últimas telarañas. Asomamos apenas nuestras narices pues… ¿Quién se atrevería a salir con tal falta de garantías individuales? ¡Qué desengaño! Y disponíamos de tan solo cinco segundos…

Ayer viajamos al futuro y nos dijeron que es imposible construir máquinas del tiempo bidireccionales. Creo que no creyeron lo que vieron. No es muy inteligente pedir más prueba que nosotros de que se puede saltar tanto al futuro como al pasado. De todos modos hemos traído de recuerdo un cenicero. Es muy bonito. En su fondo tiene unas palabras grabadas especialmente para nosotros:
                           NO TALEN LOS ÁRBOLES.
         NO CONTAMINEN MÁS AÚN EL AIRE Y LOS CAMPOS.
         NO ENTINGAN A LAS DEMÁS ESPECIES ANIMALES.
                     Y… NO PEREZCAN EN EL ESFUERZO.

Creo que hemos cometido un error terrible al viajar a Lo Fantástico. Aparte de no lograr ningún resultado positivo, temo que los cambios estructurales hayan dañado a Aurelia, quizás en forma irreversible. Le ha subido la temperatura. Cuando le quisimos poner un supositorio, un médico que casualmente pasaba por allí dijo que no serviría de nada, pues no reconocía en Aurelia a uno de sus congéneres. Cuando comenzó a presentar ciertos síntomas, nos desesperamos –nuestra amada estaba enferma- y como último recurso la consultamos a ella misma. Nos dijo que era presa de una enfermedad incurable que la deterioraba poco a poco, producto del viaje a La Fantasía, de sus aires raros, de esa niebla tan oscura, y nos habló de otras causas… Claro que a esa altura creo que divagaba un poco.

Aurelia va involucionando poco a poco. Nos duele mucho ver el deterioro de algo que en un tiempo fue tan hermoso. La pintura multicolor se descascara fácilmente y la sombrilla está ya raída. No coordina muy bien y no nos atrevemos a viajar en ella.

Hoy nos reunimos en consejo y hemos considerado la posibilidad de construir una nueva máquina del tiempo. Las opiniones han sido muy variadas. Al final votamos y las negativas resultaron ser el sesenta por ciento del total, así que no construiremos una Aurelia Dos. Pero hay otros proyectos: una nave espacial más rápida que la luz, un aparato para transferir materia y muchos otros. A cada proyecto se le asignará un equipo y se le dará un plazo de un año para presentarlo con claridad. Estoy solo, pues elegí un proyecto que todos evitaron: La Máquina para Hablar con Dios.

Como Aurelia agoniza, he investigado un poco en torno a mi proyecto y temo –aunque no he profundizado mucho todavía- que La Máquina para Hablar con Dios sea equivalente a La Máquina para Hablar con Nosotros Mismos.

Hoy murió Aurelia.”

Ya les dije que el relato me pareció muy extraño para tentar siquiera mi credulidad –y mi buen gusto- pero peor efecto –una terrible depresión- causó en el tercero de mis hijos, el que tiene doce años… Germán.

                                              FIN