Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

domingo, 6 de agosto de 2017

UN PLANETA AZUL Y ESCONDIDO

 ¡Quién hubiera pensado que este planeta que tenemos frente a nosotros estaría tan lleno de sorpresas!
La primera –y quizás la más importante- es que este mundo ya había sido descubierto, aunque hacía mucho, pero mucho tiempo.  
La segunda, es que si bien en los registros de la nave descubridora había quedado claramente establecido que no se había podido encontrar allí ninguna conciencia media o superior –un tipo de conciencia comercializable digamos- ahora parecía que la situación había cambiado mucho, o por lo menos eso era lo que indicaban los sensores.
Para nuestra civilización es tan importante la exploración estelar que guardar rutas, secuencias y duración de saltos, registros de viaje, descubrimientos planetarios, configuraciones estelares, es algo primordial. La misma naturaleza de los viajes por el espacio, luego de que se comenzó a navegar por el “segundo espacio”, “hiperespacio” o “espacio dentro del espacio”, como quieran llamarle, que consiste en “saltar”, usando este “atajo”, de un punto a otro del espacio normal hace vital guardar esta información. Así que cuando llegamos a este lugar buscamos, como era costumbre, en los registros y sorprendentemente  allí estaba.
Y no solo hallamos mención a este mundo en la bitácora de la Ariarcos, la nave que realizó el descubrimiento sino también en un diario de a bordo, que las autoridades habían tenido la gentileza de anexar a la bitácora. Este diario, personal, incompleto y no en muy buen estado, fue el que terminó aportando información fundamental para conocer lo que había sucedido allí.
La Ariarcos no había sido una nave cualquiera. Todavía los investigadores no se ponen de acuerdo si eran exploradores o comerciantes o piratas o contrabandistas o todas esas cosas a la vez. En lo que sí están de acuerdo es que realizó muchos e importantes descubrimientos, algunos muy alejados de lo que sería el espacio llamado “conocido” en esa época.
Lo cierto es que solo por casualidad habíamos redescubierto este mundo, explicable solamente porque el propósito de nuestra expedición era explorar y a veces vagábamos sin rumbo entre las estrellas. Lejos de todas las rutas comerciales conocidas, alejado de la mayoría de los planetas de cultivo, lejos de todo en realidad, fue una afortunada coincidencia encontrarlo nuevamente.
Aunque no parecía el mismo planeta. El Azul que ellos descubrieron –así le llamaron a ese mundo- era sustancialmente distinto al Azul que nosotros redescubrimos.
En el primero no había humanos, ni conciencias y no podía decirse que existiera nada parecido a una civilización. En cambio, en este mundo que tenemos ante nosotros hay una civilización, bastantes humanos y aunque no de excelente calidad, hay conciencias.
Recordemos que las conciencias –y todos los subproductos de ellas- son de las más valiosas mercancías y moneda de cambio en nuestro Universo… por eso existen los planetas de cultivo, justamente. Lo extraño aquí es que Azul no es un planeta de cultivo… ¿Cómo serlo? Pero con la cantidad de conciencias que encierra en su biosfera perfectamente podría ser calificado como tal, por lo que nuestro descubrimiento –redescubrimiento en realidad- era maravilloso… Y algo extraño también.
Afortunadamente, como ya mencioné, teníamos fragmentos de un diario y fue este el que nos ayudó a responder algunas de nuestras preguntas. Hubo algunos contratiempos, claro… el deterioro del diario me llevó a improvisar un poco –era obvio que se habían perdido algunas páginas y partes de ellas-. Tampoco ayudó que el tripulante no escribiera periódicamente en él. Supongo que sus tareas o su ánimo no lo hacían posible, por lo que pasaba largos períodos de tiempo sin escribir absolutamente nada y peor aún, encontré algunos párrafos que evidentemente habían sido escrito en un estado mental algo alterado, como bajo la influencia de algún modificador de conciencia… en fin. Lo cierto es que de entre todo ese desastre pude rescatar un fragmento que nos ofreció toda la información que necesitábamos sobre Azul. Este es:
“Recuerdo que cuando por fin pude lograr que me aceptaran en la Ariarcos, me sentí el marinero más feliz de todo el espaciopuerto de Tortucan. ¡Esa nave era la más famosa de todo el sector! Sus viajes, sus botines, su mítica tripulación, hacían de la Ariarcos un navío legendario, en el que muchos querían navegar.
Estaba tan contento y eran tantas mis ganas de conocer nuevos mundos y de vivir aventuras que tardé mucho tiempo en darme cuenta de que la leyenda y la fama de ese navío se debía, en gran parte, a afortunadas casualidades. Claro, hubiera sido más poético pensar que el renombre de la Ariarcos y de sus espectaculares descubrimientos tenía su origen en la sed de aventuras de su capitán o de su tripulación o en el afán de encontrar y recolectar sustancias o artefactos raros y valiosos, pero no… no sería cierto.
Tengo que confesar que la causa de ese delirio viajero era la elevada cantidad y variedad de drogas y de bebidas alienantes que se consumían a bordo… Si, si, no estoy diciendo que fuera una costumbre sana, pero estaba muy extendida, fuertemente arraigada y se practicaba con verdadero empeño.
 ¿Saben  qué es un navegante? Si bien el capitán y su segundo y en cierta forma también la tripulación eligen dónde se dirigirá el navío, es el navegante el encargado de llevar la nave hasta su destino.  Saltar de aquí para allá en un espacio tan lleno de estrellas y planetas –que son esas enormes masas que ni siquiera tienen brillo propio, algo que las hace tan peligrosas- es realmente una tarea para especialistas. Nuestro navegante era bueno –o muy bueno, si tenía que creerle al resto de la tripulación- pero tenía un pésimo hábito: jamás lo vi programar nuestra ruta sin estar severamente intoxicado con algo… y eso era –y me avergüenza decirlo-  lo que hacía nuestros viajes interesantes. Dibujaba rutas nuevas, trazaba derroteros nunca antes vistos, se lanzaba entre las estrellas a perseguir quién sabe qué cosas y en algún momento, cuando su “combustible” interior se terminaba o cuando los excesos lo vencían y caía rendido, era cuando todos nos preguntábamos: ¿Dónde estamos?
Y podíamos estar en cualquier parte. Él solo nos mantenía a salvo de estrellas, rocas, agujeros gravitacionales o de cualquier obstáculo que hubiera dañado o destruido nuestra nave y a nosotros con ella. Pero dónde nos deteníamos… eso era otra historia.
¡Claro que se hicieron descubrimientos extraordinarios! Minerales raros, planetas exquisitamente apropiados para la vida, maravillas sin cuento… aunque algunos hallazgos estaban tan lejanos y tan fuera de toda ruta comercial que sabíamos que se tardaría largo, pero largo tiempo en explotarlas o tan siquiera visitarlas nuevamente.
Y fue luego de una de sus fenomenales intoxicaciones –con no sé qué droga experimental-  y su consiguiente viaje que dimos con un recóndito sector de la galaxia que seguramente nadie había visitado con anterioridad. Fueron saltos y saltos y saltos por el hiperespacio, sin ton ni son, hasta encontrarnos ante ese planeta azul, azul y escondido.
Cuando el capitán llegó a la conclusión de  que los saltos se habían detenido, de que el Navegante se había quedado dormido frente a sus controles, totalmente vencido por el sueño y de que éste, de alguna forma era nuestro destino, alertó a la tripulación y se enviaron sondas al planeta.
Había cosas interesantes y valiosas en él, les aclaro. El aire no era muy bueno –demasiado sano quizás-, pero había agua… si, si, ese compuesto tan gracioso y útil que mezclado con la topinolina y con un detonador apropiado les dará una explosión realmente estupenda…  además de ser excelente combustible. Así que estábamos contentos, porque si algo gastábamos en nuestras aventuras era combustible y allí había cantidades inconmensurables.
También buscábamos otras mercancías, algo que intercambiar con otros comerciantes pero sobre todo con los seres que llamábamos “celestiales”, pero no tuvimos éxito… Lo que para ellos era valioso –conciencias- en Azul brillaban por su ausencia.
La conciencia era un atributo propio de un estado relativamente avanzado de la vida y pues, allí no había nada como eso… ¡Una pena!
Fue en ese momento que a Tubin, la amante principal del capitán, la número 1, se le ocurrió dar un paseo, sí, un paseo por la superficie del planeta, como si fuera el jardín de su casa, a Ella. No era Maleana, la número 3 o Contubara, la número 8, no, era la principal y por eso hubo escolta, armas y armaduras, como si fuéramos a un pinche abordaje. Pero el capitán era muy estricto en eso. Amaba profundamente a Tubin y no quería que nada malo le ocurriese.
Tubin, a pesar de su privilegiada posición era bastante amigable… bueno, no tanto como hubiéramos deseado. Los de la tripulación solíamos quedar embobados mirando sus esculturales líneas cuando se cruzaba con nosotros –era inevitable mirarla y  eso implicaba perder por unos momentos la noción de lo que estuviéramos haciendo- y nuestro interés era tan obvio que siempre temíamos que nos reportara ante el capitán… pero ella nunca acusó a nadie y eso hacía que la amáramos más todavía.
Lo que nunca llegué a entender es porqué bajó con nosotros Kúleador, mascota sexual y fornido amante de Tubin. A Kúleador lo había adquirido Tubin, sin duda contra la voluntad del capitán, en el mercado de esclavos de Teret, ya hacía cierto tiempo. Era un individuo realmente grande, enorme más bien, musculoso, de rasgos faciales delicados, largos cabellos… y era mirado por la mayoría de la tripulación femenina y la cuarta parte  de la masculina con inconfundibles deseos, bueno, “carnales” sería una buena palabra para describirlos. Además de su indudable fortaleza física, complementada por una alimentación especial y mucho ejercicio en sus ratos libres, Tubin le administraba una mezcla de drogas afrodisíacas que hacían de su esclavo una verdadera máquina amatoria, tanto que acostumbraba escaparse de la cercanías de Tubin y efectuar sus cacerías “románticas” entre la tripulación. Como dije, a gran parte de ella no le parecía inconveniente –es más, algunos solían deambular por los pasillos ligeros de ropa tentando algún encuentro- pero para muchos sus excursiones predatorias eran algo desagradable y no bien visto. Pero claro, la responsabilidad de tal inconducta era totalmente de Tubin, que tenía al pobre Kúleador siempre sumergido en un exceso de estimulantes sexuales.
Estaba claro que Tubin, aun siendo una exuberante mujer, hermosa, preciosa, curvilínea, era incapaz o eso parecía de calmar totalmente el ímpetu de Kúleador.
En la tripulación comentábamos que el abuso de esos estimulantes y drogas seguramente había causado una alteración permanentemente en el comportamiento de Kúleador y si bien algunos le teníamos algo de envidia –bueno, mucha envidia en realidad- también muy en el fondo, nos daba un poco de compasión…
Lo que absolutamente no entendíamos era porqué el capitán toleraba esa relación entre Tubin y su amante… es que Tubin estaba absolutamente encaprichada con su bestia del sexo y a veces realizaban todo tipo de escenas inapropiadas en lugares también inapropiados. Era indudable que el amor que el capitán sentía por Tubin era enorme, aunque todos suponíamos que sufría y mucho, en silencio, calladamente. Sin duda el amor es cruel.
Lo cierto es que en la Ariarcos ya nos habíamos acostumbrado a esta relación tan especial. El buen capitán sin duda era rehén del gran amor que sentía por Tubin y estaba claro que Kúleador llenaba los espacios que, supuestamente, no lograba llenar el capitán en su amante. Algo así.
Y allí estamos, Tubin, Kúleador y seis hombres armados a guerra, entre los que me encontraba yo. No tenía mucha experiencia en batalla pero según decían allí el mayor riesgo era darle la espalda a Kúleador,  el mismo peligro que corríamos en la nave, así que no esperaba nada fuera de lo normal.
El planeta era hermoso, como todo planeta en donde la civilización no ha comenzado a prosperar. Había innumerables especies vivas, vegetales, animales… y de todo porte.  Pero no descubrimos especies amenazantes… los animales que podían huir lo hacían al advertir nuestra presencia… y los seres microscópicos, que por experiencia sabíamos que podían ser los más peligrosos, eran retenidos por nuestros filtros.
Nuestra agradable caminata por una hermosa planicie de pasturas cortas y algunos vegetales arbóreos aislados nos llevó a un lugar donde encontramos algo que hizo detener nuestra marcha.
Era un grupo de antropoides, peludos y feos… horripilantes realmente…  Y en ese momento pasó. Creemos que una o varias de las hembras que allí había estaban en celo, algo que excitó inexplicablemente a Kúleador  -todo culpa de la ya mencionada “sobreexcitación” de la cual era responsable Tubin- e hizo que corriera enloquecido hacia la tribu.
Y allá va Kúleador, totalmente fuera de sí por esas salvajes hormonas que flotan en el aire, y a la vez Tubin comienza a gritar, llamándolo. De eso no me olvidaré jamás –creo que ninguno de los tripulantes presentes allí lo harán-¡Kúleador,  corriendo como desesperado tras unos antropoides peludos  y dejando atrás a la mujer más hermosa y bien formada que uno pudiera soñar! ¡Qué ejemplo de estupidez! ¡Teniendo a su alcance algo tan hermoso como Tubin ir tras de esa… de esa especie de mono!
Pero allá fue, como si fuera a vivir más por llegar antes…
Tubin sin dejar de gritar comienza a correr tras él y sacudiéndonos la sorpresa, borrando nuestra cara de “¡No lo puedo creer!” corremos tras ellos.
La tribu de antropoides quizás hubiera soportado el embate de Kúleador, pero indudablemente no estaban preparados para ser atropellados por toda una patrulla armada a guerra y por una mujer gritando desesperada, por lo que huyeron lo más rápidamente que podían.      
Corren y corren, a veces sobre sus cuatro miembros, a veces sobre dos y tras ellos Kuléador da zancadas alegremente… más atrás corría Tubin, moviendo enérgicamente su hermoso -¿Qué digo? ¡Hermosísimo! ¡Incomparable!- trasero…
-¡Querido, querido, no te vayas! ¡My love, my love, no me dejes!- gritaba desconsolada, mientras corría tras su amante.
Ante la agradable perspectiva de sus posaderas, nosotros también corríamos enérgicamente –además teníamos claro que el capitán no se tomaría las cosas con calma si algo desagradable le sucedía-… y así estaban las cosas, corriendo los antropoides, corriendo Kúleador, corriendo Tubin y tras ellos corriendo nosotros, hasta que chocamos con una especie de pared, verde, alta, impresionante. La selva espesa y oscura y húmeda y aparentemente impenetrable se cerró primero sobre los monos, luego sobre Kúleador –que no dudo ni un instante en entrar a la espesura- y luego sobre Tubin, que sin dejar de gritar por el desquiciado amante que la estaba abandonando, tampoco dudó en lanzarse a la oscuridad…
Pero nosotros no compartíamos esa locura. Nos gustaba muchísimo Tubin, pero más nos gustaban nuestras vidas y no teníamos equipo para entrar en un lugar así, desconocido, oscuro y quién sabe con qué tipo de alimañas. No, no, que fueran felices… Y lo más posible es que el capitán enviara luego un equipo de búsqueda mejor preparado… Sin duda que haría algo por el estilo.
Cuando regresamos a la nave y contamos nuestra historia, el capitán se enfadó mucho, pero en el fondo creo que sintió cierto alivio ante lo sucedido. Se hicieron algunas expediciones al planeta, pero extrañamente ninguna para buscar a los perdidos y así, en silencio, terminamos de equipar la nave y marchamos nuevamente hacia nuevas –o no- zonas del espacio.”
Estos son los fragmentos que pude ordenar y que son de inestimable ayuda para conocer la situación actual de este planeta.
Sin que  sus habitantes humanos se enteraran de nuestra existencia –algo que no fue muy dificultoso, en realidad- hemos recolectado todo tipo de datos culturales y biológicos.
Encontramos cosas realmente interesantes, como que varios mitos mencionan que los humanos descienden de una primera y única pareja de macho y hembra… ¡Y descubrimos que todos los humanos analizados hasta el momento tienen las marcas genéticas de esta única pareja!   
Así que no hay duda de que todos los humanos fueron originados por Adán y Eva… ¿O debo llamarlos más apropiadamente Kúleador y Tubin?
¡Estaba claro que los pillines habían estado muy ocupados en ese planeta! ¡Qué romántico!
Y del romanticismo de su origen tenemos que pasar a la decisión de agregar o no   este planeta a las rutas comerciales, con el status de Planeta de Cultivo… ¡Tantas conciencias no tendrían que desperdiciarse!
Aunque es un planeta tan lejos de todo que no sé si valdrá la pena su explotación.
De lo que sí estoy seguro es que sería extremadamente cruel hacerles saber a los habitantes de este mundo su verdadero origen… ¡Es que parecen tan orgullosos de sí mismos!

FIN






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