Queridos amigos y amigas, reapareciendo en un mundo cada vez más a tono con la ciencia ficción... Por la ciencia ficción y la fantasía!!! Es un secreto, pero nunca me fuí... Aquí estaré: pablodaniel.gandalf@gmail.com... Un gran abrazo!!!


viernes, 13 de julio de 2018

EL BEBEDOR DE INSULTOS

Mientras conducía al trabajo –en la que esperaba fuera la última vez- aquel humano que no se sentía demasiado humano rememoraba los acontecimientos que lo habían llevado hasta ese día, hasta esa tarde, la tarde en que esperaba despedirse definitivamente de ese mundo –ese mundo trampa- y de ese cuerpo, frágil, comprimido y retumbantemente demasiado material.
Todavía le carcomía el enojo por un castigo que a su manera de ver, era terrible y desmesurado. Es que condenarlo a un planeta como ese, por un asunto de apenas diez millones de cuatranines era excesivo. No se habían perdido vidas de ningún tipo ni habían sido utilizadas armas ni actitudes amenazantes, nada de eso. Todo había sido totalmente pacífico, como tenía que ser -por otro lado- para un ladrón de su reputación.
Pero la política había entrado en juego, esa era la razón y él lo sabía. El dinero que había robado pertenecía a la caja de gastos menores que usaba Tongo –el hijo de Sucioni, si, el tan famoso político- para resolver los asuntos escabrosos que pudieran solucionarse con dinero.
 Él había concurrido a su mansión como asesor de imagen de Fruta, un manojo de bailarinas de amplio  espectro y  extremadamente divertidas, que habían sido contratadas para alegrar una entusiasta orgía que había organizado Tongo con gran despliegue de invitados, bebidas, alimentos y músicos.
Pero en el calor de la fiesta, fue a dar inexplicablemente con el blindaje que protegía el dinero y usando algunas de sus muchas habilidades logró abrir la protección y hacerse con la importante suma. Su error, sin duda, fue marcharse inmediatamente, lo que hizo que sospecharan rápidamente de él.
Fue capturado poco tiempo después, juzgado  en secreto -sin ningún tipo de garantías-  y rápidamente castigado. Desterrado, expulsado…  como escarmiento lo enviaron a un planeta espantosamente atrasado y horriblemente lejano y lo embutieron dentro de un cuerpo que, a falta de palabras para describirlo exactamente, era tosco, rústico y brutalmente “cercenante”. Irónicamente, le habían dado la estructura física de un ser de los que se llamaban a sí mismos “humanos”, quienes se creían la especie más inteligente del planeta. La jocosidad de tales conceptos –su  idea de inteligencia y creerse lo más inteligentes de ese mundo- lo hubieran conmovido hasta un estado de alegre vibración si no estuviera bastante preocupado por su propia situación.
Los primeros años fueron duros o escabrosamente carentes de suavidad podría decirse,  pero poco a poco logró sobreponerse. Sobre todo, llegó a conseguir cierta armonía entre su interior –al que trató de tener despierto lo más que podía-  y el exterior, ese recipiente-cárcel que lo contenía.
Hasta logró forjarse, poco a poco, un lugar en ese mundo, con amigos, amigas, una espaciosa vivienda, un carro automóvil, vacaciones… Pero todas las noches, apenas cerraba sus ojos, no podía evitar la sensación de estar en un lugar que no era el suyo, en un mundo que apenas comprendía y en el que por supuesto jamás podrían comprenderlo.
Y pensaba en regresar. Quizás no al mismo esferoide de donde lo habían expulsado, sino a otro lugar más divertido –y obviamente a un lugar civilizado, no a un planeta como éste-. Un lugar más acorde con el dinero que había dejado bien escondido – pues no habían logrado hacerle confesar donde lo había ocultado-… un dinero que lo esperaba, un dinero que estaba completamente obligado a disfrutar en armónicos roces y  musicales entrecruzamientos.
Y con el paso del tiempo, había llegado a pensar que lo que deseaba podía lograrse.
Al principio habían sido indicios, pequeños elementos que sumados, terminaron demostrando que no toda su naturaleza anterior se había perdido. Incluso con las frustrantes carencias de su cuerpo-cárcel había antiguas posibilidades que se estaban manifestando. Fueron estas pequeñas piezas –partes de un rompecabezas que esperaba ir armando- las que le hicieron pensar en un objetivo y en un plan para llegar a él.
Una de ellas, la fundamental y más importante, era que tenía la capacidad de aprovechar la energía psíquica que desprendían esos seres, transformándola en beneficio propio. Estas emanaciones, si bien eran continuas, no siempre eran de la misma intensidad. Sabía que sus anfitriones en determinadas circunstancias liberaban increíbles cantidades de esa energía, pero se sorprendió mucho al descubrir que si bien al manifestar amor o cariño hacia algo o alguien el flujo se incrementaba en forma importante, el mayor motor, el principio máximo productor, era lo opuesto. El odio y sus alrededores eran los principales generadores y sus resultados se canalizaban, banal y comúnmente mediante insultos.
Algo tan común como un insulto, un improperio, una “mala palabra”, una “puteada”, era el canal de una energía que atesorada, era la clave de su retorno.
Así se convirtió en un “bebedor de insultos”, acumulando ese valioso recurso, día tras día. Afortunadamente los encontraba constantemente, casi a cada paso, en la gran ciudad donde vivía. Pero no le alcanzaba. No le alcanzaba con “beberlos” de esta forma; tenía que encontrar esta energía concentrada, en grandes cantidades. Tenía un plan y sabía que si la acumulaba en cantidad suficiente podría escapar… ¡Sí! ¡Escapar de ese cuerpo! ¡Irse! ¡Volar! ¡Volver a su anterior y superior existencia, a esa dimensión de donde nunca tenía que haber salido!
Así pues eligió el trabajo donde más insultos podía recolectar, el trabajo que más ira generaba, el trabajo en el que todos los humanos gustaban de descargar sus penas, sus preocupaciones, sus frustraciones, fueran del tipo que fueran.
Y estaba cerca, si, estaba cerca, creía que hoy mismo llegaría a la energía crítica para irse. Lo único que tenía que hacer era cobrar evidentemente mal tres, o a lo sumo cuatro jugadas y a su turno sería insultado, puteado y re-puteado, por los sesenta mil espectadores que llenaban el estadio de fútbol.
Así Blutzin Mot –así era conocido antes de venir a la Tierra-,  árbitro central de un importante partido de fútbol en una de las ligas terrestres más conocidas pitó el comienzo de su último juego.
Parece raro, pero nadie se apenó cuando luego de cuatro horrendos errores arbitrales –dos para cada lado- cayó al césped y ya no se movió.
FIN

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