Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

miércoles, 30 de marzo de 2016

CONSUMA CON MODERACIÓN


Mientras el hombre llamado Badcoin trataba de respirar, sofocándose, sintiendo bocanada a bocanada que irremediablemente se moría, le pasaron por su mente, como en una algodonosa nube transparente, los pantallazos de lo sucedido en las últimas horas…

El asalto había sido un éxito. Eso lo recordaba nítidamente. El plan para detener los tres enormes camiones blindados había funcionado a la perfección y tampoco había sido un gran problema apoderarse de su contenido. La sorpresa había sido total.

Todos los dispositivos electrónicos se habían bloqueado exitosamente-incluyendo las defensas automáticas de los grandes transportes- y los custodios humanos, más un requerimiento formal que una necesidad de seguridad, no habían atinado a reaccionar, por lo que ni asaltantes ni asaltados habían sufrido ningún tipo de heridas.

Todo lo demás fue ejemplarmente ejecutado. No hubo mayores dificultades en acceder a las computadoras de a bordo, borrar información sobre el asalto, reprogramar los pilotos automáticos y con todos los custodios a bordo –inmovilizados pero vivos; matarlos hubiera significado manipular sus dispositivos de monitoreo, una búsqueda más intensa y mayores represalias- hacer que el convoy siguiera la ruta establecida. Esto podía confundir  a quienes estarían vigilando su comportamiento.

Tenían claro que los iban a encontrar; era solo cuestión de tiempo, pero tiempo era lo que podían ganar con todas esas pequeñas trampas, un tiempo que les permitiría vender lo robado y dispersarse antes de que pudieran encontrarlos.

Pronto hubieron trasladado los tanques robados a varios transportes más pequeños y  en un escondido aeropuerto improvisado,no muy lejos de allí, los cargaron en una maltrecha nave -que sorprendentemente aún era capaz de volar- y que los transportólo más velozmente que pudo a su escondite. Así que en menos de una hora y cuando  las autoridades aún estarían reponiéndose de la confusión –quizás ni siquiera estarían seguros de que sus camiones habían sido robados-, ellos ya estaban a quinientos kilómetros de distancia… y no se detuvieron allí.

Tres horas más tarde, ya descendida la carga en una enorme bodega de una zona suburbana y abandonada de una gran ciudad y mientras algunos comenzaban a destapar las primeras botellas de cerveza para festejar, su comandante Hullit comenzó a calcular cuánto dinero ganaría su “causa” con el atraco. No eran bandidos comunes, claro que no…  eran nada más ni nada menos que los recaudadores de uno de los tantos ejércitos subterráneos que luchaban, a su manera, contra el opresivo régimen que los gobernaba. El dinero que lograran con la venta de su botín iría a parar a las arcas de su organización clandestina.

En esta ocasión la carga era muy rara y valiosa y Hullit sabía que aún descontados los gastos de transporte y apoyo obtendrían una fortuna en el mercado negro por los cilindros.

Pero Badcoin tenía una objeción. Él quería uno de los recipientes para su propio uso.

Sus colegas, especialmente su comandante Hullit, no estaban de acuerdo… para nada de acuerdo. Los argumentos de Badcoin no fueron escuchados.

Pero no lo juzguen mal. Desde ya hacía trescientos años los humanos como él o sus colegas no habían podido hacer uso de lo que se transportaba en los tanques. Es más, era un artículo de lujo que no solo daba status sino que además decían que alargaba la vida. De ahí su valor. Las clases dirigentes -la élite de la élite- pagaban mucho dinero por el contenido de esos tanques.

-¡Pero tienes decenas de contenedores aquí! ¡Solo quiero uno!- decía Badcoin en tono lastimero.

Quizás era ese el problema. Por tanto tiempo tantos habían visto el contenido de los tanques como algo solo apropiado para los dirigentes, para la “nobleza” que gobernaba y administraba y que con total desparpajo los tenía viviendo en la pobreza y en la humillación, que cuando uno de ellos tenía la oportunidad de echar mano a uno de sus privilegiados artículos, no podía mirar a otro lado, no podía ignorar esta oportunidad.

-¡Son para ser vendidos! –le replicó Hullit, ya molesto y en un tono de voz algo más alto- Hemos vivido desde siempre sin eso –dijo señalando a los tanques- y no hay razón para que sea diferente ahora.

-¡Pero quiero uno! ¡Tengo derecho a un tanque y quiero uno!- Badcoinsentía su corazón acelerándose mientras instintivamente tocaba con sus dedos el arma automática, no la de caño corto de su cintura, sino el fusil que en todo momento le colgaba de una correa de cuero sintético del cuello, un arma peligrosa, herencia del ejército.

-¡No son para nosotros!- le replicó nuevamente Hullit –Los venderemos y ese dinero será para mantener nuestro ejército… ¿Tienes idea del tiempo que podremos mantener nuestra revolución con la venta de eso?- dijo, señalando nuevamente a los cilindros.

Pero el obstinado Badcoin continuó con sus razonamientos, lo que terminó sacando de quicio a Hullit.

-¡He dicho que no y si digo que no es no! –dijo- ¡Y no voy a seguir con esta discusión!- dicho esto cometió la torpeza, supongo que inconscientemente, de tomar un arma de la mesa que tenía enfrente y amenazar a su interlocutor. Mala cosa. El arma de asalto de Badcoin lo retiró definitivamente de la discusión, de cualquier discusión…

Los otros cuatro, que estaban atentos pero a la vez preferían mantener cierta distancia ante el  enfrentamiento, por un momento no supieron cómo reaccionar y cuando finalmente tomaron sus armas fueron presa fácil del desquiciado Badcoin. Ni siquiera llegaron a herirlo.

Entiéndalo. La humanidad se había tornado más y más competitiva. Los que no eran de la nobleza que gobernaba -y que eran a la vez dueños de casi todo- estaban enterrados en una vida sin contenido, en donde la sobrevivencia era su único objetivo… No se planificaba, todo era día a día… y para destacar, para obtener algo más que la inmensa mayoría, los caminos eran tan escabrosos que pocos sobrevivían. La violencia era tanto una herramienta como un fin en sí y Badcoin había vivido en ese lugar del espíritu toda su vida.

Si lo amenazaban físicamente,  invariablemente reaccionaba con violencia.

Así que tomó un gastado colchón y apoyando una mitad contra unos trozos de madera, simuló fabricar un sillón… el mueble más cómodo que podía pretender en ese momento y lugar. Luego tomó uno de los pesados tanques, lo colocó junto a su improvisada reposera y enchufó un respirador a una de las boquillas que había a un lado en la base del recipiente metálico. Sin dejar que la sangrienta imagen de sus ex camaradas lo perturbara se sentó y colocó el respirador sobre su boca y nariz.

Abrió el pase del gas. Al fin probaría lo que en algún momento respiraron sus ancestros. Dejaría atrás ese caldo de contaminantes y venenos sin nombre que ahora tenían por aire.

Pero algo raro sucedió. Generaciones de humanos respirando la venenosa mezcla que los rodeaba habían condicionado, poco a poco, a todos los que vendrían. Quedó en shock. Respiraba agitado, no podía mover brazos ni piernas. No sabía qué le estaba sucediendo, pero seguramente su organismo estaba reaccionando de forma desafortunada a esa sustancia tan extraña, tan rara…

Lo cierto era que se estaba muriendo. Respiraba más y más rápido, su cuerpo parecía retorcerse en una desenfrenada fiesta que hubiera sido alegre si no fuera porque él sentía que su vida lo estaba dejando… más y más, hasta que su corazón se detuvo.

Cuando un día después los comandos policiales los encontraron, él seguía con sus ojos fijos en la leyenda del tanque:

                   “AIRE 100 % PURO. CONSUMA CON MODERACIÓN.”

                                                      FIN



NOTA: Hace no demasiado tiempo leí un artículo en donde se mencionaba como unos empresarios  pretendían vender “aire puro” en China. Este aire era envasado en lugares sin ningún tipo de polución, en un entorno lo más “natural” posible. Obviamente, por su costo,  este “producto” estaría al alcance de un porcentaje relativamente pequeño de ciudadanos chinos. Si bien este cuento no está inspirado por este artículo – y es el tipo de información que puede inspirar a escribir algo al respecto-, perfectamente puede servir como extrapolación de esta situación. La pregunta es… ¿Podríamos en algún momento acostumbrarnos a respirar tal “porquería” de aire que el aire puro nos mataría?

3 comentarios:

  1. Cuando sale uno a vivir en provincia donde no hay tanta contaminación al empezar a desintoxicarse tu cuerpo si te produce algunas enfermedades ojala e hiciéramos conciencia del daño que nos hacemos con tanta contaminación. Me gusto mucho.

    ResponderEliminar