Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

jueves, 2 de enero de 2014

EL FACTOR MASCOTA

Para los amantes de las mascotas, muestro nuevamente este cuento, ya publicado en el blog.

                                  EL FACTOR MASCOTA


Los tres hombres se complementaban perfectamente, haciendo el mejor equipo exterminador de ese sistema, razón de más para que sus honorarios no estuvieran siempre al alcance de sus posibles empleadores. Esta vez su paga no solo era tan buena como acostumbraban sino que recibirían una excelente bonificación, todo por un trabajo que parecía el más sencillo de cuantos hubieran realizado en mucho tiempo.

¡Qué apuesta extraña, ésta de los bulkos! Todavía no dejaba de sorprenderse. El anterior dueño había dicho, antes de apostarlos, que eran los animales más tiernos que hubiera conocido  -aunque su poco amigable aspecto y sus garras y dientes gigantescos lo disimulaban mucho- y que comían, a pesar de su gran tamaño, sorprendentemente poco y que fácilmente valían el doble de lo que estaban apostando. Como el mundo de donde venían los animales y su dueño era desconocido por todos, ninguno pudo aconsejarlo sobre qué tanta verdad había en sus palabras pero ¡qué más daba! ¡No sería la primera vez que apostaba a ciegas! Fue una corazonada pues... ¿qué necesidad tenía él, que nunca había tenido especial afecto por ningún organismo vivo, a excepción del suyo, de arriesgar dinero para ganar esos voluminosos animales? Fue al verlos tras esas rejas, con ese aire de resignación y enorme  desamparo, que sin saber bien por qué, aceptó la apuesta... y los ganó. Los ganó como había venido ganando todo lo que apostara quien quisiera jugar con él.
Un buen día el capitán de la nave le mostró un planeta, con difusas explicaciones y disculpas le dijo que allí se bajaría y lo depositó en ese mundo con todas sus pertenencias, incluyendo por supuesto la pareja de bulkos.
Le dieron, aunque tuvo que pagar buen dinero por ello, abundante alimento, un purificador de agua, una cabaña de auto ensamblaje y productores de energía como para que no le faltara luz por las noches. Claro que con todo ese equipo no le sacaban de arriba el problema   de lo que pasaría cuando se terminaran los víveres… ¿Qué haría cuando no tuviera qué comer? Sus mascotas parecían muy amigables pero... en caso de tener hambre ¿no verían en él un bocado tentador?

Tenían como siempre, todo cuidadosamente planeado. Habían estudiado la operación como solían hacerlo, separando y analizando cada factor que lo componía: El Factor Terreno…  El planeta era un gigantesco pantano y el lugar en particular donde se encontraba su víctima era una pequeña isla, inaccesible por tierra, con una fauna acuática con predadores de poco porte y poco o ningún peligro y sin ninguna especie especialmente peligrosa en el aire; El Factor Víctima, en donde ésta víctima, a diferencia de otras muchas no era potencialmente peligrosa por sí misma. Su objetivo era un jugador, muy hábil con los naipes pero totalmente incapaz de cualquier comportamiento violento. Había cometido la gran estupidez de robar una enorme cantidad de dinero y documentos de una de las asociaciones mafiosas más grandes de ese sector del universo y había escondido todo en algún lugar. Tendrían que, antes de matarlo, lograr que confesara el lugar donde estaba esa fortuna. Pero por lo demás, ni siquiera tendría armas con él. El Factor Seguridad Externa era algo que muchas veces los inquietaba pero esta vez hasta esa ventaja tenían. No tendrían que preocuparse de guardaespaldas profesionales armados a guerra, ni de intrincadas tecnologías de protección, nada de eso. Solo había un factor que puso, al  principio, algo de incertidumbre, lo que llamaron El Factor Mascota. Es que se habían enterado por el capitán de la nave de que su objetivo había ganado en una partida dos animales de aspecto impresionante, un tiempo antes de su expulsión del navío estelar y habían descendido con él. En realidad había sido esa antipática manía  de ganarle todo a todos lo que había impulsado al capitán a despedirlo de la nave, bajándolo en tan desolado lugar. “De otra forma –explicó- no se hubiera detenido hasta ser dueño de la nave o hasta que le quemaran el vientre con un triple láser”. Antes de descender, el anterior dueño de sus mascotas volvió a tranquilizarlo: “Esas criaturas, a pesar de su gran tamaño y de su fiero aspecto, son totalmente inofensivas. Imagínense, en todo el viaje no realizaron ni una sola vez un ruido molesto. ¡Ni siquiera abrieron la boca para algo que no fuera bostezar o tragar su escasa alimentación!”

Ya con poco alimento había resuelto guardar lo que quedaba para su consumo y liberar a sus adorados bulkos para que se alimentaran –si podían- por sí mismos. Como ellos portaban correas de seguridad automáticas –dispositivos muy utilizados en mascotas al aire libre- lo solucionó programando las correas para que no se acercaran a menos de cincuenta metros estándar de la cabaña. El no salía mas allá de esta distancia pues a partir de allí comenzaba el penumbroso pantano. Luego, los llevó fuera de este círculo y los soltó, no sin antes retirarles la pesada dosis de tranquilizantes que desde hacía mucho tiempo se les suministraba. El anterior dueño le había advertido –y con extrema seriedad- que bajo ningún concepto debía retirarles las dosis diarias de drogas porque podía ser catastrófico. Le explicó que les eran indispensables para adecuarse a un medio ambiente tan extraño e incompatible con su naturaleza como era el de una nave espacial, y que de otra forma se liberaría su temperamento, demostrando su hostilidad hacia el entorno. Con su docto y veraz tono no logró convencerlo del todo pero de todas formas había cumplido religiosamente suministrando hasta ese momento, ya sea en los sólidos como con los líquidos, sus tranquilizantes. Pero si iba a dejarlos a sus expensas para que se las arreglaran comiendo lo que pudieran, tenían que estar en buenas condiciones, tanto como nunca. Era lo menos que podía hacer por ellos. Había observado sus ojos y estaba seguro que una fuerza destructora, cual joya extraña, se agitaba tras ellos. Pero sabía que también había afecto tras esa lejanía propia del sopor de las drogas y él les correspondía jugando, poniéndoles nombres extraños y contándoles sus aventuras como jugador.
Luego de su liberación la transformación fue progresiva pero no por eso menos sorprendente. Era como si se hubiera roto la cáscara de un huevo y hubiera salido de su interior un ser completamente distinto a lo que uno podía imaginarse por la envoltura. Poco a poco, a medida que se iban escapando del efecto de las drogas comenzaron a moverse con cierta agilidad y en cierto punto comenzaron a saltar y a corretear entre las marismas –le sorprendió que no se ahogaran allí mismo- emitiendo rugidos y voces discordantes que nunca les había escuchado antes, sonidos tras de los que se vislumbraba auténtica felicidad por su recién adquirida libertad. Luego no los vió por dos días. Al tercero, aparecieron con un voluminoso trozo de carne que parecía un miembro locomotor de algo, no sabía de qué –ni quería saber- y se lo dejaron al borde del límite marcado por las correas. Como si estuviera soñando se vió tomando la carne, asarla, y al comprobar su buen sabor  -aunque algo exótico- devorarla. Así comenzó una relación extraña y nueva, por lo menos para él. Maravillado, razonaba que quizás su anterior dueño había entrenado a sus mascotas para compartir sus presas y ellas seguían esta costumbre.
Dentro de la desolación en la que vivía, tuvo la tranquilidad de que no moriría de hambre.

Los tres iban  separados por unos treinta metros. La noche estaba tan oscura como podía desearse para el tipo de faena que los ocupaba. Se deslizaban de matorral en matorral, a escasos dos metros de la superficie del pantano.
-¿Hay algo?
-Nada extraño.
-¿Seguro que no hay fauna peligrosa aquí?
-Segurísimo. No hay en este planeta ningún animal carnívoro que signifique amenaza alguna para nosotros... ¿Por qué preguntas?
-Porque sucede algo extraño. ¿No sienten una sensación? –los sensibles intercomunicadores por un momento dejaron de transmitir hasta la respiración de los cazadores quienes, instintivamente, pararon a escuchar.
-En realidad no se siente nada, está todo silencioso...-
-¡Eso! ¡Silencioso! No es normal en un lugar como éste. Pero... ¿No sienten como si nos estuvieran observando?
-¡Vamos! ¡Estás sugestionado por el lugar!
El pantano era en verdad lúgubre. Colgajos de luz se deslizaban entre las ramas de algunos arbustos y una alfombra de variadas especies vegetales, que en ocasiones dejaban asomar espejos de agua bañados en vaporosa bruma, era todo lo que había para ver. En ocasiones, una brisa fría los sumergía en una bolsa de niebla que al retirarse los dejaba brillantes y húmedos...
-¡Deténgase! ¡Mis detectores marcaron movimiento, movimiento hacia ti, Tres!
-¿Hacia mí?
-Sí, pero ya no hay nada.
-Puede ser cualquier cosa. Si no hay peligro ¿por qué preocuparnos y ponernos nerviosos? Es un desgaste inútil. Pero... ¡hay algo delante de mí!
-¿Qué?
Tres fue capturado y bajado de su vehículo apenas con un chapoteo, sin un grito.
El deslizador quedó flotando, solo y sin tripulante, allí mismo.
-¡Uno!
-¡Ya lo sé! ¡Busquemos a Tres!
-¡Yo ví como una sombra lo sacó de encima de su aparato! ¡No lo encontraremos! ¡Sigamos y acabemos de una vez!
-¡Elevémonos y salgamos de esta zona!
Cuando ya casi alcanza la seguridad de la altura, de un matorral arborescente un enorme y difuso soplo de oscuridad salta sobre Uno. Es el adiós. Allí queda su deslizador, a escasos metros sobre el pantano.
El chapuzón, el grito ahogado, la alarma, la ráfaga del triple láser que hace hervir el agua y quema tallos y hojas... Dos está enardecido. Está a punto de tirar un potente explosivo en el lugar pero el trabajo se iría al diablo y con o sin sus compañeros tiene una misión que cumplir. No se acercará a la superficie del pantano. Hará un semicírculo y caerá exactamente sobre la cabaña. Eso hará. Matará al cretino que tiene que matar y tendrá que disfrutar él de la paga de todos ¡Qué remedio! Eso lo anima.

Sonó la alarma.- ¿Alarma de qué?- se preguntó, al tiempo que se enderezaba en su lecho. Buscó el interruptor de la luz y el lugar de donde salía el molesto sonido -¡No puedo creer! ¡Me despierta para esto! Aunque ¿si me atacan a mí? ¡No tengo ninguna defensa contra ellos!-
Preocupado, reforzó las puertas y ventanas y se recostó, sin poder dormir y con la luz encendida. Lo último que esperaba era que se terminaran las fuentes de energía de las correas de sus mascotas. Ahora estaban realmente libres, libres para ir donde quisieran ir, libres aún para acercarse a su cabaña, tirar la puerta y entrar en ella. ¡Diablos! ¡Tenía que sacarse esa idea de la cabeza! Pero pensó que esa noche tardaría mucho en dormirse.

-¡Allí estaba! ¡Pero con la luz encendida! Estaría despierta su presa ¡No importaba!-
Acercó el deslizador a escasos metros de la construcción y se aproximó a pie. Sería menos visible así. Preparó su láser, revisó su cuchillo y si no hubiera sido por un leve chapoteo a sus espaldas y un titilar nervioso de sus detectores de vida y movimiento, hubiera en cinco minutos tirado abajo la puerta, dominado al ocupante y mediante poderosas drogas le hubiera sacado el secreto paradero del botín. Luego lo hubiera asesinado, retirándose con tanta rapidez como había llegado...pero el chapoteo fué la diferencia. Nunca llegó a levantar su láser para destrozar la puerta de la pequeña construcción. Tampoco llegó a sentirse otro ruido que el desgarro de ropas, huesos y carne propios de la división de una presa.

Es que los bulkos son leales por naturaleza. Son terribles animales que desde milenios conviven con el hombre bajo códigos muy especiales en ese mundo salvaje y lleno de pantanos y aventuras de donde arrancaron a dos de sus fieras. Habían encontrado allí un lugar parecido a su mundo natal y habían encontrado también a quién servir ¿Qué más podían desear? Pronto se agrandaría la familia y conquistarían poco a poco, todos los pantanos.

Nunca olvidó el sabor de la carne que le ofrecieron sus bulkos al día siguiente, carne que esta vez le dejaron en la propia puerta de su sencilla vivienda y tampoco pudo evitar vomitar cuando descubrió las armas, el deslizador y otros restos de la matanza, a escasos metros de la cabaña.
También comprendió que aunque no pensaba aceptarles carne sospechosa por un tiempo, era afortunado al poseer tan hermosa pareja de mascotas, adquiridas por una corazonada que le había salvado la vida.
Al tiempo, utilizando el deslizador reconstruyó lo ocurrido e incluso recuperó la nave que había utilizado los asesinos para llegar al planeta. Tenía muchos deseos de disfrutar de su antigua vida pero la prudencia le aconsejó esconder la nave, borrar huellas y permanecer en ese planeta un tiempo más, pues... ¿en qué otro lugar estaría más seguro?

   

                                             FIN




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