Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

jueves, 4 de noviembre de 2010

DOS CUENTOS SOBRE RAZZIAS

 


Durante la dictadura militar y por varios años después de entrada nuevamente la democracia, en mi país la policía utilizó procedimientos que denominaba razzias, redadas en las que, sobre todo durante la noche, interceptaban a cuánto transeúnte encontraban y lo indagaban, exigiéndole además su documentación individual, supongo que en busca de delincuentes o de individuos con –al ver de las autoridades- algún atributo antisocial o antigubernamental. Si lo que argumentaba la persona detenida no era convincente o el indagado no tenía su identificación o aún cuando la tenía existían grandes posibilidades de que   terminara en una instalación policial. Muchas veces los detenidos eran apremiados físicamente, y no faltaron los casos en que jóvenes y no tan jóvenes fueron obligados a inculparse de delitos por los que era necesario encontrar responsables. Lamentablemente también hubieron casos en los que tales castigos superaban la resistencia de los indagados y hubo varias muertes misteriosas y suicidios injustificables.
A pesar de las diferencias que puedan existir entre distintas épocas, entre las sociedades y los motivos, las redadas... ¡Son tan parecidas entre sí!

¿POR QUÉ ESPERAR A MAÑANA?

Divisamos la chancha voladora cuando estaba apenas a 250 metros.- ¡A esconderse y quietos!- gritó alguien aterrorizado. La chancha descendió un poco, haciendo zumbar sus turbinas y pareció husmear entre los viejos edificios que estaban contiguos a nuestro escondite. A mi lado, alguien comenzó a llorar y fué calmado por un susurro que trataba de contagiar calma. Mariana rezaba a algunos de los dioses que todavía quedaban y Pedro temblaba como si lo hubieran conectado a 150 voltios. A todo esto el transporte policial suspendido a tres metros escaso del suelo avanzó un poco. Respiración al mínimo. Los rastreadores tentaculares eran brazos desesperados, ávidos de algo -¿de vida quizás?-; pareció que se desviaban, luego se encaminaron a nosotros. La muerte es un momento, pensé ¿por qué tanto miedo? Sin embargo...
Se movió la chancha, el aire despedido por las toberas nos escupió polvorientos olores y casi tenemos el descaro de estornudar. Tenebroso éxtasis, el tiempo se suspende a la espera de una tragedia, pero poco a poco, como con la sospecha de que estaba siendo burlada, se fué alejando hasta apartarse definitivamente de nuestro pánico.
Espiramos fuertemente, nos miramos y de la misma manera que compartimos nuestro miedo compartimos ahora el sabernos vivos por un tiempo más. Habíamos escapado a otra redada gubernamental.

ABUELO... ¿QUÉ ERAN LAS RAZZIAS?

El calabozo estaba oscuro, húmedo, frío. ¿Porqué existirían las razzias?
Jamás había pensado que la edad de hacer preguntas pudiera resultar tan arriesgada para los abuelos. Mi nieta bienamada, en una de sus estimadas recorridas por los museos encontró un trozo de pared luciendo una leyenda pintada con aerosol, en grandes letras:
                                               “Basta de Razzias”
-Abuelo... ¿Qué eran las razzias? –preguntó-
-Unas píldoras alimenticias con un sabor horrible- no me creyó.
-Un grupo de chicas ultrafeas que gustaban de asustar a la gente- tampoco me hizo caso.
-Está bien, mañana a esta hora tendré la respuesta-
¿Cómo haría? Tendría que recurrir otra vez al Catálogo Temporal. A él fuí y programé cuidadosamente las coordenadas temponaúticas. Elegí una ciudad sudamericana al azar, así como un año cualquiera... la favorecida fué Montevideo, pero podría haber sido Buenos Aires, o Río, o San Pablo, o Santiago o Asunción. ¿Año? 1989. Ya hacía cuatro años que  la República Oriental del Uruguay, cuya capital era justamente Montevideo, había salido de la dictadura militar que la había castigado durante casi doce años. El viaje en sí no parecía muy peligroso, y ya anteriormente había hecho viajes temporales para poder responder a las preguntas de mi hermosa nieta; pero esta vez tenía un presentimiento...
Y ahora estaba en una celda ¡Qué mala suerte! Miren que dar con una razzia...
¡Y a mi edad! Claro, andaba buscando justamente una, pero hacía ya tres horas que caminaba por calles oscuras y semidesiertas y nada, hasta que unos tipejos uniformados y con mala cara me subieron a una furgoneta cerrada y me pidieron la cédula... ¡La cédula!
-¿Qué es eso?- pregunté. Me patearon, me insultaron y me llevaron junto con otros infelices como yo hasta la delegación policial donde me metieron a un oscuro, húmedo y frío calabozo.
Estaba impacientándome la demora –sobre todo porque me impedía cumplir mi cometido- y pregunté a un azulado malito que andaba por ahí si conocía por ventura las famosas razzias.
               -¡Caíste en una, viejo de mierda!-me contestó.
Así que esto es una razzia: violencia policial, uniformes armados insultando y agrediendo gente, pérdida de los elementales derechos ciudadanos y...
-¡Afuera! ¡Afuera! ¡Rápido! ¡Se van de aquí!- dijo un apurado uniformado, exigiendo a todos los que estábamos en las celdas que nos marcháramos lo más rápido posible... Al pasar escuché que le comentaba a un colega “Parece que en un destacamento se les fué la mano en un interrogatorio y se les quedó el paciente...”
Me dejaron ir y caminé hasta un parque cercano. Allí activé el dispositivo de viaje temporal y regresé a mi tiempo y lugar.
Cuando llegué a mis aposentos la niña me estaba esperando, cómodamente instalada en mi sillón preferido.
-¡Ya sé lo que son las razzias!- le dije, a modo de saludo.
-Disculpa abuelito –dijo interrumpiéndome, como si tuviera algo muy importante para decirme-...  ¡es que ahora estoy preocupada por un tema mucho más interesante...! –no atiné a responder nada, aunque pensé en el mal rato que había pasado para satisfacer su curiosidad-. Dime abuelo… ¿Qué eran los campos de concentración?
Quizás hable de más, pero... ¿no creen que mi nietecita esté intentando deshacerse de mí?

                                                             FIN  

1 comentario:

  1. En frasco chico, tus cuentos también son muy buenos!
    qué increíble, justo esta semana estuve trabajando en uno que comienza así : "Aquellos hombres en sus recios uniformes rondaban como fantasmas alrededor de las inocentes criaturas. Buscaban armas y culpables..." ¿existen las casualidades? :P

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