Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

miércoles, 15 de mayo de 2013

EL DERECHO A ELEGIR


-¡Me siguen, me siguen y ya no sé que hacer!- le dijo Urti al zoopsicólogo -¡Usted es la única esperanza que me queda!
El profesional miró a Urti críticamente. Estaba bien que hubiera conseguido una cita, pues era su política no negar una consulta si era por un asunto de urgencia,  pero no entendía como su secretaria le había permitido el paso a un individuo tan mal entrazado… La ropa que lucía estaba sucia y desgarrada y parecía, sin duda, que se había vestido a toda prisa, quizás a la carrera… Se sentía un aroma a sudor y a suciedad, que traspasaba sin problemas los casi cuatro metros que los separaban, él en su cómodo escritorio, tomando notas y el paciente recostado en un sillón, que sin dudas necesitaría luego una concienzuda limpieza. Pero la mala imagen no terminaba ahí; su cabello estaba largo, sin peinar y ostentaba una barba bastante descuidada. En resumen, todo en su cliente dejaba ver descuido y desaseo… ¿Tendría para pagarle la consulta?
-¿Quiere usted decir que las ripechengas lo persiguen todo el tiempo?
-¡Así es! ¡Constantemente!
-Eso no es nada para nada normal- dijo el zoopsicólogo, de nombre Nindi Turi y que parecía algo más interesado en el caso.
Era extraño que las ripechengas, unos animalitos bastante movedizos y sumamente escurridizos persiguieran a un humano… cuando en general lo que hacen todo el tiempo es huir de ellos. Es que la carne de las ripechengas es sumamente sabrosa, ya sea asada, o cocida o aún cruda con una preparación especial que existe para el caso. ¡Y no tienen idea de lo exquisita que resulta la sopa con huesitos de ripechengas y unos opretes –sin semillas- y tronvas e inopetotes  cortados en cubitos! Bueno, es el plato típico de la región de donde soy originario, zona en donde, justo es decirlo, las ripechengas están al borde de la extinción. En fin. Me distraje un poco. Lo cierto es que a nosotros, los nativos de este sumamente hermoso planeta llamado Etunenen, nos encantan las ripechengas y las cazamos con verdadero entusiasmo, lo que hace difícil pensar que las ripechengas puedan sentir algo distinto a temor de uno cualquiera de nosotros.
-¿Cómo dijo que se llamaba?- preguntó el profesional, mostrándose cada vez más interesado. Además de su interés culinario por las ripechengas, veía una oportunidad única de indagar en la psicología de un animal tan sabroso. Se permitió pensar apenas cinco segundos en la mencionada sopa; se le hizo agua la boca.
-Urti… Mi nombre es Urti.
-Así que lo persiguen… ¿Y tiene idea de por qué?
-¡No, claro que no! ¡Pero me enloquecen! ¡Me hicieron perder los últimos cinco trabajos que tuve, no me dejan asear, ni cambiarme de ropa, nada…!
-De todas formas, a pesar de estas, digamos… molestias, se ve usted en buen estado de salud…
En verdad, Urti parecía bien alimentado, en contradicción con su estado exterior.
-Es que me alimento bien…
-¿Ah sí?- el zoopsicólogo, quizás por ser casi la hora del almuerzo, tendía a pensar en alimentos y obviamente en alimentarse… -¿Y qué come?- le preguntó finalmente.
-¿Cómo qué como? ¡Ripechengas! ¡Si es lo que tengo más a mano!
-¿Se come las ripechengas?- dijo el profesional, escandalizado -¡Yo pensé que les tenía cariño, que las cuidaba, las mimaba…!
-No, para nada… me encanta su sabor.
-¿Y como las prepara?- preguntó, mientras comenzaba a tomar nota mentalmente.
-Con una salsa de abrójolis con peturanante…
-¿Con salsa de abrójolis? ¿Le gusta el abrójoli?
-¡Me encanta! ¿A usted no le gusta?
-No es algo que me enloquezca precisamente… ¿Y siempre las prepara igual?
-¡Siempre! –y luego agregó- Pues a las ripechengas si las enloquece…
-¿A las ripechengas?
-¡Si, les encanta el abrójoli!
-Y siempre están a su alrededor, supongo…
-¡Claro! ¡Eso es lo que le quiero decir!
El zoopsicólogo se quedó pensando algunos minutos.
-Quizás, solo quizás- dijo- las ripechengas estén haciendo uso del derecho a elegir de cómo ser cocinadas…
-¿Le parece?
-Ya saben que posiblemente terminen en la cacerola de alguien, por lo que lo único que hacen es elegir cuál será…
-¡Es increíble!
-Esto demuestra que las ripechengas son más evolucionadas de lo que se pensaba… ¡Ha marcado usted un hito en la ciencia! ¡Seguramente habrá un antes y después luego de este fenomenal descubrimiento! ¡Haremos historia!
Urti carraspeó, algo impaciente, interrumpiendo el emocionado discurso de Turi.
-¿Pero como soluciono este problema, doctor?
-Fácil… ¡No cocine más con abrójoli y verá que las ripechengas se alejarán de usted!

Dos meses estándar más tarde un bien vestido, más delgado y prolijo Urti saludaba en su consultorio al siempre afable Nindi Turi.
Al verlo no pudo menos de notar que parecía algo despeinado, con una barba algo salvaje y la ropa que vestía estaba algo ajada y quizás hasta algo sucia… En contraste, parecía haber ganado tres o cuatro o hasta cinco kilogramos.
-¡Tenía razón!- le dijo al doctor, luego de apretarle fuertemente la mano –¡Abandoné el abrójoli y las ripechengas me devolvieron mi vida!
Nindi lo miró y sonrió. Urti no pudo contenerse y le preguntó -¿Le sucede algo, doctor?
-Nada… Solo que me estoy haciendo adicto al abrójoli –dijo, al tiempo que se tocaba el ya prominente abdomen…

                                            FIN

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