Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

miércoles, 12 de diciembre de 2012

LA SONRISA MÁGICA DE FELICITY

CUANDO COMENCÉ ESTE CUENTO LO HICE PENSANDO EN UNA HERMOSA SONRISA… Y LO ESCRIBÍ PENSANDO EN EL TIPO DE CUENTOS QUE ESTOY HACIENDO PARA NIÑOS. ESTUVE TENTADO DE SEGUIR LA HISTORIA… QUIZÁS LO HAGA EN OTRO MOMENTO.
SOBRE EL TÍTULO… ENCONTRÉ EN EL GOOGLE CUENTOS SOBRE SONRISAS MÁGICAS, DISTINTAS SONRISAS, PERO SONRISAS MÁGICAS AL FIN, AUNQUE ESPERO QUE NO SEAN IGUALES A ÉSTA, LA SONRISA QUE ESPERO SE LES DIBUJE EN LOS LABIOS EN ALGÚN MOMENTO…

DEDICADO A AVRIL, MI HIJA QUERIDA.

                                     LA SONRISA MÁGICA DE FELICITY

El Rey y sus tres generales, desde la torre más alta del castillo, observaban el inmenso ejército que en la noche los había rodeado.
-Son casi cien mil soldados- dijo un general.
-Y bien armados- dijo otro.
-Y nuestros espías han averiguado que traen alimentos para mucho tiempo- dijo el tercero.
-¿Qué más averiguaron?- dijo el rey -¿Tienen mucha caballería?
-Muy poca, Su Majestad- dijo uno-
-Saben que en un sitio a un castillo de tan altas murallas de poco les ayudaría –dijo otro
-¡A menos que trajeran caballos voladores!- rió el tercero.
-¡Ja,Ja! ¡Caballos voladores!- dijo el rey y las risotadas de los cuatro hombres flotaron sobre la ciudad.
Era extraño que a pesar de todas estas observaciones sobre el ejército enemigo, que preocuparían a cualquiera que estuviera en su situación, ellos no mostraran ningún temor, ni impaciencia y tampoco resignación.
-Me gustan los colores de sus estandartes –dijo un general- Tienen bellos bordados.
-¡Pero no se comparan con los del ejército de Tras Las Colinas, esos si que tenían hermosos estandartes!
-¿De cuál ejército de Tras Las Colinas hablas? ¿Del primero, del segundo o del tercero?
-¡Ya no recuerdo!- le contestó el general.
-Señores –habló el rey y todos lo escucharon- Creo que los estandartes más bonitos eran los del ejército de las Playas Azuladas…
-Tenían bordados muy elaborados, si , si …-afirmó un general.
-¡Si, muy elaborados! –dijo el Rey- Mi hija estuvo semanas enteras para descifrar esa manera de bordar.
-En mi humilde opinión –dijo otro general- no podemos olvidarnos de los estandartes del ejército de La Torre Más Alta… no la primera vez que nos atacaron, no esa vez, pero su segundo ejército vino con mucho despliegue y muy bien vestido.
-¡Ese ejército si que estaba bien vestido!- dijo uno y agregó -¿Recuerdan como combinaban sus calzones y sus capas?
-Bueno –continuó otro general- Si vamos a hablar de ejércitos bien vestidos tendremos para rato…
-Yo me he tomado la molestia de hacer una estadística al respecto –dijo uno de ellos-.
Todos lo escucharon con atención, pues sus datos siempre eran interesantes. Continuó:
-De los 64 ejércitos invasores que han llegado a estos muros diría que 15 han estado muy bien vestidos, 22 regularmente vestidos, 20 rotundamente mal vestidos y 7 impresentables.
-Si estuviera de acuerdo en su criterio de clasificación –dijo el rey- tendríamos que exigir, como dueños del país, que solo nos sitien ejércitos bien vestidos-
-Tiene razón, Su Majestad. Un ejército mal vestido no solo es perjudicial para la reputación del invasor sino del invadido.
A eso replicó el rey –Tengo algo de apetito. ¿Comemos algo señores? ¿Tienen idea de a qué hora comenzarán con las catapultas?
-Quizás mañana a primera hora, recién las están ensamblando… y un día después con las torres de asedio.
-¿Vieron el ariete que trajeron? ¡Es enorme!
-¡Espero que sea de buena madera! ¡El último ariete era de una madera tan mala que solo la pudimos utilizar como leña!
-¿Vieron si traen adornos de metales valiosos?
-¡Esperemos que si!- dijo otro esperanzado.
-¡Jo, Jo!- se rió el rey -¿Recuerdan aquel ejército, que definitivamente clasificaría peor que mal vestido, “impresentable” diría, que no traía ni un gramo de metal precioso? ¡Todo hierro y piedras sin tallar, sin ningún valor!
-¡Lo recuerdo! –dijo otro –Aunque tenían buenas espadas.
-No, no eran tan buenas.
-¡Tampoco eran tan malas!
-Pero las mejores espadas…
-Si, ya sabemos –dijeron los otros- son las del País Dorado…
-Que nos han invadido… -dijo el rey, contando con sus dedos- ¿ocho veces?
-Nueve, Su Majestad…
-¡Nueve! ¡Que insistencia! ¡Que perseverancia!
-Ciertamente –dijo uno de los generales- Si todos fueran igual de perseverantes llevaríamos cien invasiones…
-¡Y no tendríamos lugar en nuestros almacenes para todos los despojos!
-Afortunados somos al tener los herreros que tenemos, que reciclan todo… -dijo un general, mientras pensaba en la pujante industria de reciclaje que existía en la ciudad-
-No olvidemos todo el armamento que hemos vendido.
-¡Es cierto! ¡Solo con las armaduras, cascos y lanzas hemos logrado superávit comercial!
-Bajemos a comer, señores. Luego me gustaría que revisaran nuestras defensas, mientras yo consuelo a la princesa. Ella es la que más sufre con estas situaciones.

Al rato, y luego de pasar por varias y pesadas puertas, todas custodiadas por adustos guardias que saludaron al rey golpeando el piso con sus lanzas y poniéndose más firmes, si eso era posible, se presentó ante la habitación de la princesa.
-¿Puedo pasar?- dijo, golpeando y entreabriendo la puerta.
-Si, padre, pasa…
-¿Cómo está el sol de mi corazón?- dijo el rey, mientras abrazaba a su hija, quien con veinte años ya era una muy hermosa mujer.
-Triste…
-¡No te pongas triste! ¡Son ellos los que vienen a cercarnos, a pisotear nuestros campos, a atacarnos! ¡No hay que tenerles piedad!
-Ya lo sé, padre, pero igual siento pena por ellos. Estoy cansada de ver sangre bajo los muros… ¿Cuántos ejércitos han llegado hasta aquí, padre, para ser destrozados?
El rey pensó “64” pero nada le dijo –No sé hija, pero todos buscaban lo mismo. Ellos nos atacaron y nosotros respondimos.
-¡Padre, dime la verdad! ¿Tienen alguna oportunidad contra nuestro ejército?
Entonces el rey pensó en todo lo que habían sufrido con las primeras invasiones. Miles y miles de campesinos muertos, campos quemados, hambre en el castillo, refugiados sin fin durmiendo donde se pudiera, los muros destrozados… Las primeras invasiones fueron atroces, pero pudieron ser rechazadas. Luego, al ver que ese era el destino que les esperaba comenzaron a organizarse. Agrandaron las fortificaciones en la superficie y ensancharon el subsuelo, para dar alojamiento a todos los habitantes del reino y a sus animales. Los almacenes siempre estaban llenos de granos y todo tipo de comestibles. Encontraron agua justo en el centro del patio principal, aunque a gran profundidad. Los muros se hicieron tan altos que parecían tocar el cielo y sus piedras fueron talladas de forma tan perfecta que era imposible romper ese cinturón rocoso que protegía la ciudad. El foso se hizo tan profundo y ancho que parecía un río y hasta podía pescarse en él. Se reunieron en la ciudad los mejores artesanos de todo tipo, pero sobre todo de armas, por lo que su industria fue la mejor del mundo conocido. Y sus soldados eran los más feroces, tanto que cuando atacaban asustaban a propios y ajenos. Y cada año que pasaba, invasión tras invasión, batalla tras batalla, eran mejores, cada vez más fuertes y despiadados a la hora de combatir. El rey pensó en todo esto mientras se asomaba a una de las estrechas ventanas de la habitación de la princesa. Finalmente contestó:
-No hija, nada podrán hacer contra nuestro ejército. Los invasores que sobrevivan a nuestras catapultas y arqueros habrán de enfrentarse al ejército más cruel, más entrenado y por lejos el más experimentado que se haya conocido. Nuestras armas son las más afiladas, nuestras armaduras y escudos los más resistentes y nuestros guerreros… cuando pelean ya no son humanos –dijo apesadumbrado el rey- son demonios y ningún enemigo humano puede derrotarlos…
-¡Padre! ¡Y me dices eso como si fuera agradable saber que en unos días todos ellos estarán muertos!
-¡No tenemos opción! ¡Esperarlos aquí es lo más prudente que podemos hacer! ¡No te olvides niña que también hemos sufrido graves derrotas y no quiero arriesgar más hombres de los necesarios! ¡Y que lo primero y lo último que tenemos es esta ciudad y tu sonrisa!
-¡Una sonrisa que no me animo a usar!
-¿Es que te has olvidado de las ocasiones que han querido robarla? ¡Yo no lo olvido! ¡Y prefiero un pueblo guerrero y feliz, que un pueblo triste y sin deseos de vivir, como sería el caso si renunciáramos a ella!
Felicity pensó en su sonrisa, guardada bajo cinco puertas, ocho conjuros y catorce guardianes. Solo en contadas ocasiones ella lucía su sonrisa y exclusivamente para su pueblo. El poder de ella era tal, que no solo daba paz y llenaba de alegría y bienestar a la gente que la veía sino que la misma naturaleza se volvía pródiga con los cultivos, con el ganado y el clima se hacía más agradable y suave… Pero desde que nació la princesa y se conoció el mágico poder de su sonrisa, todos los reinos de la tierra conocida habían querido apoderarse de ella. Tantas veces habían sido invadidos que para su pueblo ya era costumbre, como lo eran las lamentables carnicerías que sucedían cuando los feroces guerreros de la ciudad salían a poner orden. Irónicamente, pensó, les decían “Los caballeros de la Sonrisa” pues antes de entrar en combate ella les sonreía y era tanto el amor que provocaba en sus corazones que se convertían en seres casi indestructibles, ávidos de vidas enemigas.
Por eso la princesa no era feliz. A ella le gustaría utilizar su sonrisa siempre y en todas partes, repartiéndola como una bendición entre todos los habitantes de las tierras conocidas… pero no podía hacerlo. A pesar de la gran cantidad de guardaespaldas que siempre la protegían habían intentado robarla muchas veces hasta que finalmente decidieron guardarla y sacarla solamente en ocasiones especiales. Su padre tenía razón. Ella aceptaba compartir el poder de la sonrisa más no estaba dispuesta a que la robaran.
Pero algo sucedió que cambiaría la historia de esas tierras para siempre.
Al otro día, a poco de haber amanecido, el príncipe Simón, quien comandaba el ejército invasor, se acercó a las inmensas murallas de la ciudad y pidió hablar con el rey.
El tampoco estaba contento con su papel. Su prepotente padre le había enviado al frente de un gigantesco ejército para conquistar, no a la ciudad, sino a la sonrisa que decían estaba oculta en ella ¿Una sonrisa? ¡Parecía cosa de cuentos! ¡Estaba bien guerrear, si era necesario! ¡Pero no le gustaba que le tomaran el pelo!
El rey tardó unos minutos en ir a lo alto de la muralla y le gritó:
-¡Qué deseas! ¡Estaba desayunando!
-¿Usted es el rey? ¡No quería molestarlo pero tengo necesidad de preguntarle algo!
-¡Pregunta!
-¡Sus muros son tan altos que casi tocan el cielo! ¡Y dicen que tiene el mejor ejército de todos los tiempos! ¡Y yo ni siquiera sé porqué estoy peleando! ¡Ni tampoco mis hombres! ¡Así que ni los que vivirán ni los que morirán sabrán por que pelean!
-¡Nada puedo hacer por ti, muchacho!
-¡Puede hacerlo! ¡Puede mostrarnos por qué vamos a luchar!
El rey dudó. Era la primera vez que un invasor hacía tan extraña petición. Su hija, que había estado escuchando tras una pequeña ventana de la muralla, apareció corriendo y le dijo -¡Padre! ¡Permíteles que me vean, por favor! ¡Siendo que su destino ya sabemos cual es, que mueran felices!
El rey vio tan apenada a Felicity que le hizo una señal de asentimiento con la cabeza y ella corrió escaleras abajo para traer su sonrisa.
-¡Está bien! ¡Pon a tus tropas en formación y verán por qué van a morir!
Cuando la princesa apareció sobre la muralla, todo el ejército invasor estaba formado y expectante. Pero antes de mirar fuera, levantó sus brazos y en amoroso gesto miró los intramuros, a la ciudad a sus pies, a las murallas y a los soldados que combatirían por ella y estalló una enorme ovación, donde todos, desde los niños, mujeres y el último de los hombres se juraron morir antes de que su princesa fuera tomada prisionera por poder alguno.
Más cuando miró a sus enemigos, que formados esperaban a los pies de las altas murallas, y les sonrió como solo ella podía hacerlo, una exclamación de asombro se expandió como una ola entre los soldados, pues ninguno había visto ni soñado cosa más bella que esa sonrisa. El príncipe invasor cayó como herido por una certera flecha, pues la sonrisa de la princesa no solo le había conmovido sino que había quedado perdidamente enamorado de su portadora. Al verlo así, todos sus soldados se arrodillaron.
Felicity, el rey, sus generales y todos los soldados los contemplaron extrañados. Como ellos estaban en cierta forma, acostumbrados a convivir con la sonrisa mágica, no sabían el efecto que podía hacer en personas que nunca la habían visto ¡Y era devastador!
Cuando el príncipe logró reponerse, solo atinó a hacer lo que su corazón le decía. Y gritó:
-¡Te prometo que no lucharemos contra vos, señor, ni ahora ni nunca, a cambio de que mi pueblo tenga la dicha de disfrutar esto que hemos disfrutado nosotros hoy!
El príncipe fue aclamado por sus hombres, pues todos pensaban que algo tan hermoso no debía ser atacado ni recluido.
-¡Ya hace mucho tiempo que no confío en promesas!- le dijo el rey.
-¡No es justo tener a la sonrisa de la princesa encerrada en este castillo cuando tanta falta hace afuera!
-¡Desde que mi hija nació nos han invadido, han destrozado nuestras tierras, han matado a miles de nosotros, todo por su sonrisa! ¿Y ahora quieres que confíe en ti?
-Padre- le dijo la princesa -¡Escúchalo! ¡Conversa con él! ¡Invítalo a compartir tu mesa! ¡No tienes idea padre, de lo feliz que me sentiría si por una vez evitamos la batalla y la muerte de tantos hombres! ¡Por favor padre!
-Está bien –le dijo a su hija. Y asomándose fuera del muro gritó: -¡Tú y tres más están invitados a cenar aquí y ni uno más! ¡Y hablaremos de tus deseos y de mis desconfianzas!

A la hora indicada, al príncipe Simón y a tres de sus consejeros se les permitió la entrada al castillo. Fueron conducidos luego por pasillos y escalinatas hasta un gran salón, donde el rey, su hija, sus tres principales generales y una veintena de invitados más, los esperaban. Luego de los saludos de rigor, de instalarse alrededor de la mesa y mientras comenzaban a traer los primeros platillos el rey se dirigió al príncipe, a quien tenía muy cerca.
-Estimado visitante… -comenzó diciendo -¡Estimado visitante!- repitió, levantando la voz. El estimado visitante estaba totalmente en otro mundo, en su mundo. Contemplaba a la princesa y solo tenía ojos y atención para ella. Felicity se había dado cuenta de la insistente mirada de su admirador y si bien Simón le parecía atractivo estaba un poco incómoda. El rey se dio cuenta… Finalmente le dio un pellizco al joven y le dijo- ¡No abuse de mi hospitalidad, jovencito!
-¡No, no, discúlpeme, Su Majestad! Es que estaba apreciando el bello peinado de la princesa… -dijo, totalmente ruborizado- ¡Hacen excelentes peinados aquí!
-¡Sí, hacemos muy buenas cosas aquí! ¡Espadas, lanzas, arcos y flechas sobre todo! ¡Excelentes!
Simón pensó que quizás no era el mejor momento para mostrar el amor que sentía por la princesa. Su pueblo estaba antes que sus sentimientos personales y tenía claro que la sonrisa de la princesa podía significar mucho allí afuera.
-Su Majestad, mi padre es un buen hombre, pero un poco chapado a la antigua. El cree que todo se resuelve por las armas y la violencia y fue por eso que armó un ejército y me puso al frente de él. Si le soy sincero, yo no quería venir y me pareció un despropósito armar a todos estos hombres cuando mi pueblo está sufriendo tantos males…
-¿Qué les sucede?- preguntó la princesa, que también escuchaba.
-Venimos de varios años de malas cosechas. Al principio sufrimos sequías y luego, cuando llovía, se inundaban todos los cultivos. Nuestras plantas se enfermaron, y nuestros ganados hace mucho que no procrean lo necesario para sostener la alimentación de nuestra gente… y la mala alimentación ha hecho que suframos enfermedades y pestes. Mi pueblo no está bien.
-¿Y pensaron que mi sonrisa podía ser la solución?- dijo la princesa.
-Yo no lo creí al principio a mi padre, cuando dijo que existía algo en el mundo que podía cambiar todo. Pero después que la vi, princesa… me di cuenta de que existía algo que podía cambiar nuestras vidas.
-¿Está hablando de mi hija o de la sonrisa de mi hija?- dijo el rey, divertido ante la elocuencia del joven.
-¡De la sonrisa de su hija, señor! –dijo apresuradamente y luego, miró a la princesa y bajó los ojos-… y de su hija también.
-¡Qué intrepidez! ¡Quieres lograr tu solo lo que no lograrías con el ejército que tienes rodeando mi castillo!
-Es evidente que no me estoy explicando…- dijo el príncipe- ¿La princesa no puede bendecir a mi pueblo con su sonrisa, de la misma forma que bendice al suyo?
-¡No, lo que pides es imposible!
-¡Padre, por favor!- le dijo la princesa –Recuerda que gran parte del tiempo mi sonrisa tiene que estar oculta… Podría hacer lo que dice el príncipe.
-Estimado joven –le dijo el rey al príncipe, a la vez que miraba a la princesa- ¿Sabes por qué la sonrisa de la princesa permanece gran parte del tiempo encerrada en una profunda bóveda? ¿Lo sabes? ¡No, no lo sabes! ¡Y es porque infinidad de veces han intentado robarla! Por eso no podemos tenerla a la vista de todos, todo el tiempo… Así como tú has venido con un ejército, muchos ejércitos han golpeado contra estas murallas y muchos espías han tratado de otros modos de arrebatarnos la bendición de la sonrisa de mi hija.
-Pero eso tiene solución… Majestad.
-¿Cuál? ¡Dígame, joven!
-Haga acuerdos con sus vecinos y concédales la oportunidad de ser bendecidos por la sonrisa de su hija ¡Y ya no los atacarán más! ¡Yo me ofrezco para comandar un ejército que la acompañe a todas partes!
-¡Tengo mi ejército y tengo mis generales!
-¡Pues pongo mi ejército a sus órdenes entonces! ¡Y me ofrezco como paladín y secretario de la princesa!
-¿Y como cocinero de la princesa no te ofrecerías?
-¡Si es necesario Su Majestad!
El rey se rió estrepitosamente. -¡Tu lo que quieres es estar cerca de ella!
Fue quizás que había tomado demasiado vino sin comer nada o el amor se le había subido a la cabeza que el príncipe dijo:
-¡Estoy enamorado de su hija desde que la vi! ¡Pero mi pueblo está sufriendo muchísimo ahora mismo! ¡Si no le parezco un candidato conveniente para su hija, no lo discuto, pero por favor, Su Majestad, no prive a los de afuera de la sonrisa de su hija!
-¡Podrían terminarse las guerras, padre!- dijo su hija- ¡Nuestro pueblo no sería nunca más sitiado! ¡Y ya no tendría que esconderme!
-Hija, las guerras no se terminarán, aunque quisiéramos. Siempre habrá por qué pelear, si no es con ellos será con otros y si no es aquí, será en las fronteras… pero entiendo lo que dices, estimado joven y que estés cerca o lejos de la princesa, depende de ella, no de mí. La quiero demasiado para decirle a quién amar. En lo que respecta a su sonrisa… llévate tu ejército de vuelta y habla con tu padre. Convéncelo de lo que me acabas de decir y si él acepta haremos una alianza… que no será la única que deberemos procurarnos.

El ejército sitiador se marchó contento, no solo porque habían evitado el combate con El Ejército de la Sonrisa, al que sabían feroz y muy bien entrenado, sino porque confiaban en que su príncipe convencería al rey para hacer una alianza con el Reino de la Sonrisa.
Y tenían razón. A pesar de que su padre era bastante terco, el príncipe logró convencerlo. Claro que puso algunas objeciones, pero en el fondo estaba satisfecho. El también deseaba que su pueblo reviviera, que los campos se llenaran de granos y los ganados engordaran.

Podría narrar muchas de las singulares aventuras que se vivieron a partir del regreso del príncipe Simón a la ciudad de Felicity, pero lo dejaré para otra ocasión. Por ahora, es suficiente contar que luego de algún tiempo se casaron, aunque no viven en ninguna de las ciudades donde están sus padres. A los dos príncipes les pareció bien vivir en un lugar que estuviera equidistante de ambas capitales. Así que, al medio de los dos reinos, construyeron el castillo más grande y hermoso que se haya conocido.
Están custodiados por el norte por el reino del príncipe y por el sur por el de la princesa. Pero eso no es lo más importante, sino que a todos los reinos vecinos que tuvieron interés en aliarse con ellos se los otorgó el don de La Sonrisa Mágica de Felicity.
Esta, una vez al año, con un pequeño ejército y su corte, recorre el territorio de los reinos llamados Alianza de la Sonrisa, una alianza cada vez más grande y más poderosa, con aguerridos ejércitos custodiando sus amplias fronteras, con campos que siempre dan buenas cosechas, con ganado que crece fuerte y vigoroso y donde se han desterrado todas las enfermedades.
Ningún reino más se arriesgó a intentar robar la sonrisa de Felicity, pues nadie quería enfrentarse a los poderosos ejércitos de la Alianza. Resultaba mucho más conveniente y saludable agregarse a esta unión de reinos y disfrutar de los inmensos beneficios de su mágica sonrisa. Eso hicieron muchos, cosa de la que jamás se arrepintieron.
El príncipe y la princesa, que fueron finalmente reyes, tuvieron muchos hijos y vivieron felices por mucho, mucho tiempo.

                                                                          FIN

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