Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

viernes, 19 de julio de 2013

EL INFIEL

ALGUNA VEZ MENCIONÉ QUE ESTE BLOG ES PARTE IMPORTANTE DE MI PRODUCCIÓN LITERARIA, SOBRE TODO PORQUE ME ESTIMULA A ESCRIBIR... Y ES PARTE DE ESTE "PROCESO" QUE ESTOY VIVIENDO, EN LA MÚSICA, EN LA LITERATURA Y EN LA VIDA. ESTE CUENTO NO ME CONVENCIÓ TOTALMENTE -QUIZÁS PORQUE LO VEO DE TRANSICIÓN- PERO VI EN ÉL COSAS QUE LO PUEDEN HACER INTERESANTE... ASÍ QUE AQUÍ ESTÁ!!!

                                        EL INFIEL

¡Estaban alarmados, alterados, desquiciados! Lo que ellos llamaban “un imperdonable delito” se había propagado como un fuerte viento primaveral por todo el planeta, para luego transformarse en un tornado que amenazaba cambiar todo lo establecido…  ¡Y él había comenzado todo!

Lo detuvieron cuando estaba a punto de subir a su coche para ir a trabajar. En cuestión de segundos y casi de la nada, brotaron de todas partes armados uniformes oscuros y un respiro más tarde estaba esposado de pies y manos y lo llevaban en andas rumbo a un camión-calabozo.
La prensa también había aparecido como por arte de magia de los jardines, de los árboles que custodiaban la calle, de los hermosos y verdes cercos… allí estaban, decenas de periodistas.
Sus preguntas no lo desalentaron.
-¿Es cierto todo lo que dicen de usted?- le preguntaban.
-¿Se declara culpable o inocente?- insistían.
-¿Tiene pensada su defensa?
-¿Ya eligió su abogado?
-¿Se siente perseguido políticamente?
-¿Le emociona mucho ser el más grande criminal de la modernidad?
Impasible, Herotindo parecía flotar hasta la puerta, ya abierta, que pronto se cerró tras él, dejándolo enjaulado.

Sabía que tarde o temprano lo atraparían. Era cuestión de tiempo. No se podía delinquir como él lo había hecho sin que fallara algún cabo, sin dejar alguna pista –por mínima que fuera-, sin que alguien abriera la boca de más, quizás sin ánimo de perjudicarlo, inocentemente, pero dañándolo al fin.

Intentó por horas hacer entender a su abogado el “porqué” de sus delitos, pero este no comprendió sus razones, aunque dijo estar dispuesto a defenderlo hasta las últimas consecuencias.
Tampoco parecían interesados en escuchar las causas de sus delictuosas acciones, el grupo de juristas que elaboraría su pena, una pena que temía fuera ejemplarizante. Mostraron tan opaco desinterés que cayó en un estado de premonitoria resignación… Estaba claro que no querían oír lo poco que llegó a decirles… solo eran palabras al viento, charla barata o algo que valía la pena ser olvidado antes siquiera de ser escuchado.
Lo único que le mantenía en pie eran los buenos recuerdos de sus numerosas infidelidades, dulces, agradables, que a veces recordaba con una sonrisa a flor de labios y la convicción, firme como una roca, de no involucrar a nadie más en todo esto. Se comprometió a no hablar de sus cómplices, aún bajo las más crueles amenazas… por más que amenazaran con enviarlo a la prisión más oscura y olvidada de los mundos conocidos.

Pero lo cierto es que era una celebridad. En los periódicos aparecía su fotografía con rótulos como “Subversivo”, “Delincuente”, “Amenazante”, “Terrorista”, “Revolucionario” y muchos adjetivos más, para nada agradables. Claro que había cometido un delito –bastantes en realidad-, pero nunca pensó que acabaría siendo tan famoso, aunque lo apenaba un poco que lo único que parecía interesarle a los periodistas eran sus sonrisas y sus saludos, cerrando la puerta a cualquier otra expresión. Nadie le preguntó el “porqué”… y apenas - con restricciones- llegaron a preguntarle el “cómo”.

Seguramente contribuía mucho a esta celebridad que más y más siguieran su ejemplo, rompiendo la ley –así como él lo había hecho- en una epidemia, en una tormenta de incorrecciones, en un alud de faltas a las reglas puestas por el poder del Estado… ¡Y de todo eso lo culpaban!
Él, en cambio, no se sentía totalmente culpable y en consecuencia tampoco se sentía totalmente delincuente.
¡La culpable de todo era esa asquerosa y mutilante burocracia! ¿A quién culpar sino a las normas, las leyes, los requisitos? Formularios para esto, formularios para aquello, códigos de esto, códigos de aquello… ¡Desde la primaria aprendiendo códigos! ¡Desde pequeñitos manipulando formularios! ¡Y todo para llenar decenas de formas diarias! ¡Estaba harto de vivir en una “formulario-cracia”!

Y el grado de descontento –según decían, descontento que él había sembrado- era tal que en la actualidad los disturbios y manifestaciones públicas eran corrientes. Es que meses atrás, ante las incipientes señales de desobediencia, habían comenzado a reprimir y a controlar de forma intolerable todos los actos –incluyendo las infidelidades, obviamente- de los ciudadanos. Pero el resultado fue opuesto a lo que ellos esperaban.
Se desencadenó una ola de marchas y protestas, berrinches y combates callejeros, paros y huelgas, carteles, banderas, afiches y cánticos, con una sociedad que ya no solo hablaba de abolir algunos formularios, sino de cambios más profundos… Esto era lo que más asustaba a los que gobernaban, quienes nunca antes habían enfrentado un problema de ese calibre.

Todo se inició por casualidad, nunca planificó nada y lejos estaba de sus intenciones terminar siendo un famoso criminal o por lo menos uno de los más famosos.
Comenzó como podría comenzar cualquier infidelidad. Solo fue cuestión de mirarse, me gustas, te gusto, ¿qué te parece si…?  y luego, de urgencias… Pero ese día y en esa ocasión, fue diferente.
El marido de ella estaba de viaje –cosa que ella estaba aprovechando obviamente para divertirse un poco- así que lo invitó a su casa.
 Al principio lo iban a hacer, casi totalmente vestidos, en la mesa de la cocina… Esos códigos los recordaba –hablo de los códigos de “casi totalmente vestidos” y “sobre la mesa de la cocina”, pero luego decidieron sacarse algo más de ropa y fueron a dar a un largo sofá de la sala de descanso… El código de “apenas vestidos” también lo recordaba, pero el de “sofá en sala de descanso” no, por lo que tenía que hacer memoria o recurrir al libro de códigos. Es en ese momento, en que nos olvidamos de los códigos mientras estamos intentando llevar adelante un ejercicio sexual –y pero aún, una infidelidad, en donde los tiempos parecen ser más cortos- que a veces este tipo de sucesos fracasa. Obviamente… distracciones, desconcentraciones, disfunciones. Claro que nuestro sabio estado elaboró una solución para ese problema: una pastilla que hace que nuestras erecciones se mantengan a pesar de tener que detenerse a abrir el librito de códigos –y obviamente tomar nota de estos, para luego trasladarlos al Formulario de Infidelidad-. Pero sus desventuras no terminaron ahí, pues luego se recostaron en la alfombra peludita –sintética obviamente- que estaba frente a la chimenea… ya para ese entonces no tenían ropa. El código de “totalmente desnudos” lo recordaba nítidamente, pero “alfombra peludita frente a la chimenea”… ¡Ese no tenía ni idea! Así que… ¿Saben que hizo? ¡Dejó de lado códigos y formularios! Inmediatamente luego de tomar tal decisión sintió un gran alivio, como si una nueva vida comenzara para él… Olvidado de códigos de poses, de códigos de lugar, de cualquier código y por supuesto del Formulario de Infidelidad –que ya no tendría que llenar- esa noche fue una noche memorable.

Al día siguiente, un poco antes del amanecer y llegada la hora de despedirse, ella le preguntó si había llenado el formulario –que tenían que firmar ambos y presentarlo en un lapso de cinco días estándar en la Oficina de Formularios del distrito o enviarlos por correo a la Oficina Central-. El, sonriendo, le dio un beso en los labios y se marchó. Ella también sonreía cuando cerró la puerta de su casa.

La segunda, tercera, cuarta vez, sucedieron casi como si esa primera ruptura de la ley llevara invariablemente a que la ley fuera olvidada, quebrada, rota, pisoteada… invariablemente. Pronto perdió la cuenta de las veces que había delinquido. Lo hilarante era que estaba convencido de que él  y solo él era el delincuente, nunca hizo responsables a sus eventuales compañeras de estos delitos… Tenía claro que el no tenía cómplices, nunca tuvo, solo personas que lo ayudaban a seguir delinquiendo.

Uno de los jueces le estaba haciendo una pregunta.
-¿Recuerda cuándo fue la primera vez que dejó de llenar los formularios?
Pensó unos segundos… largos segundos, casi minutos… -No lo recuerdo, hace mucho, creo…
-¿Tiene idea de cuántas veces cometió infidelidad?
-No… -dijo avergonzado- En realidad perdí la cuenta…
Todos lo miraron escandalizados.
-¿Pero está conciente de que la ley exige que cada vez que alguien comete una infidelidad debe llenar un formulario y luego hacerlo llegar a la Oficina de Formularios para que ésta lo envíe a la Oficina de Conteo de Infidelidades? ¿Lo está?
-Si, lo estoy- dijo, con algo de compungimiento en su voz.
Otro levantó levemente la voz -¿Es conciente de que por cada formulario que no llenó le corresponde un tiempo de cárcel y que nosotros decidimos dónde cumplirá la suma de estas condenas?
Eso también lo sabía, pensó, aunque no creía que consiguieran pruebas de todas sus faltas.
Y finalmente otro dijo, con áspera voz -¿Y que además, que en definitiva es lo peor que trajo su mal comportamiento, hay ciudadanos que están siguiendo su ejemplo?
-¿Se da cuenta?- dijo otro – Una costumbre tan arraigada, una tan “buena costumbre” como esa de llenar formularios cada vez que se es infiel… ¡Está siendo violada constantemente! ¡Seguramente en este mismo momento hay alguien que está siendo infiel a alguien sin ni siquiera pensar en qué códigos está usando! ¡Y seguramente no llenará el formulario!- terminó, resoplando y rojo por el esfuerzo.
-¿Alguna vez pensó en las razones para la existencia del Reglamento para Una Buena Infidelidad? ¿Lo pensó?- insistió otro.
Siguió mudo, cabeza gacha.
-¿Pero qué sentido tiene?- se animó a decir…
-¿Qué sentido tiene qué?- le repreguntó alguien rápidamente.
-¡Llenar los formularios! ¿Qué sentido tiene?
-¡Me extraña su pregunta, teniendo una respuesta tan obvia, tan clara! ¡Los formularios deben llenarse para llevar un registro de las infidelidades, obviamente!- dijo, subrayando la última palabra.

Los disturbios continuaban por todo el planeta, pero especialmente en las afueras de los lugares donde era recluido o donde se le hacía juicio.
Así que a nadie extrañó –aunque sí a las autoridades, que nunca habían visto algo parecido- que la multitud entrara al tribunal, anulara los guardias, lo liberara y lo pusiera rápida y eficazmente fuera del alcance de La Autoridad.

Un Infiel había comenzado La Revolución.

                                             FIN



No hay comentarios:

Publicar un comentario