Queridos amigos y amigas, reapareciendo en un mundo cada vez más a tono con la ciencia ficción... Por la ciencia ficción y la fantasía!!! Soy Pablo Daniel Rodríguez Remedios y aquí estaré: pablodaniel.gandalf@gmail.com... Un gran abrazo!!!


viernes, 8 de febrero de 2013

POR UN ERROR ADMINISTRATIVO

El enorme recinto, que funcionaba como lugar de comidas y de reunión estaba repleto. La misión en Epsilon-8 había terminado y todos los que habíamos participado estábamos allí, charlando, compartiendo anécdotas, comiendo algo liviano y bebiendo refrescos y  café, contentos de estar ya en nuestra nave nodriza. Frente a mí, Silen, a quien hacía dos años que no veía, acababa de decirme algo…
-No, esta vez no- me había dicho.
La miré, sin poder creer lo que había oído e inmediatamente el rubor cubrió mi cara… ¡Silen, mi mejor amiga y también mi amante más querida, acababa de rechazarme!
Me costó unos buenos segundos recuperar mi orgullo herido. Finalmente, con voz ronca le dije  -Pensé que luego de estar tanto tiempo solos, dos años para ser más exactos, nos haría bien disfrutar de una buena noche de sexo…
-Si, me encantaría… en otra ocasión o… antes me hubiera encantado… pero ahora las cosas han cambiado. He cambiado.
-¿Has cambiado en qué sentido? ¿Te has vuelto célibe?
-¡No, claro que no! ¡No lo entenderías!
-¿Por qué no puedo entenderlo? Que no quieras acostarte conmigo no significa que deje de ser tu amigo y hasta donde sé los amigos se cuentan todo… ¡Y además tratan de entenderse!
-¿Lo que te he dicho no perjudica nuestra amistad entonces?
-¡No, no seas tonta! ¿Si mañana decidieras tener una pareja estable vamos a dejar de ser amigos? ¡No! ¡El sexo es circunstancial, algo hermoso y bello pero que va y viene… en cambio nuestra amistad puede durar por siempre! Además quizás algún día cambies de idea… ¿o no?
-Quizás… no sé… ¡Me da un poquitín de vergüenza contarte lo que me pasó!- dijo, frunciendo la boca con disgusto.
Tenía que ser algo realmente grave, pues Silen nunca había sido muy tímida.
-¡Cuéntame… no puede ser tan horrible!- Tanto suspenso ya me tenía los pelos de punta.
Silen bajó la voz y me dijo –Ya no me gustan los hombres…
-¿Cómo?- dije, con una carcajada, echándome para atrás en la silla. -¡No lo puedo creer! ¡Siempre te gustaron mucho los hombres!
-¡Shhhhh!- dijo y nuevamente bajó la voz –Pues ya no-
-¿Pero por qué?
-Fue todo por un error administrativo…
La contemplé, siempre hermosa e indudablemente inteligente… ¿Qué le habría sucedido?

Silen y yo trabajábamos para un organismo de la Federación que se dedicaba al estudio y evaluación de planetas recién descubiertos. Habíamos sido parte durante dos años  -y junto a 198 técnicos más- de esa misión que acababa de terminar.
Epsilon-8, como todo planeta recién descubierto tenía que ser evaluado exhaustivamente… todo para determinar qué tipo de mundo se había descubierto y que utilidades podía tener para la Federación y la especie humana.
Determinar que recursos comerciales tenía, las posibilidades y costos de explotación, si había alguna posibilidad de colonización, si era posible la terraformación, la intensidad de esta hipotética terraformación e incluso si esta transformación planetaria era rentable o no… las respuestas a esas y a otras muchas preguntas se obtendrían de este estudio.
Para eso se habían instalado doscientas estaciones o bases de exploración y análisis, distribuidas lo más uniformemente posible en el planeta. A cada una de ellas se le había asignado un técnico.
La verdad es que estas estaciones eran totalmente automáticas. Ellas lanzaban sus sondas aéreas y terrestres, tomaban muestras, hacían análisis primarios, enviaban datos a las autoridades científicas de la Federación y llegado el caso estaban programadas para esbozar los estándares de modificación del planeta, en los lugares o aspectos que fuera necesario. Pero los protocolos obligaban a que hubiera por lo menos un humano por estación, con la capacitación suficiente para resolver alguno de los tantos problemas que ésta por sí misma no pudiera resolver. Por otra parte, todos sabíamos que éramos,  nosotros mismos –como humanos en condiciones bastante especiales- interesantes objetos de estudio. Así era que nos controlaban todos los datos vitales que pudieran resultar relevantes, para luego ser estudiados. No había nada que se desperdiciara.
Como era de esperarse, si los protocolos exigían por lo menos un humano por estación, los costos y molestias también hacían que los organizadores se contentaran con lo mínimo… así es, con un técnico por estación.

La misión no fue de las más sencillas… Epsilon-8 era un planeta con serios disturbios magnéticos –nada que no pudiera arreglarse, claro- pero que por el momento impedían que dispusiéramos de canales de comunicación para uso personal. La comunicación estaba restringida a los canales abiertos que se usaban para transmitir y ensamblar la información técnica. Por otro lado tampoco podíamos salir de nuestras estaciones, así que estábamos recluidos en esas estructuras… Pasaron prácticamente dos años en que la única
 comunicación que pude tener con alguna de las estaciones, y no precisamente con la que estaba Silen, era impersonal y neutra. Apenas sabía que seguía viva.

Dirán que es difícil –y hasta insoportable- vivir dos años encerrado en un lugar de donde no se puede salir, respirando aire con  un leve olor a desinfectante y sin tener contacto físico con otros humanos. Pero nuestros superiores habían pensado en dos soluciones para ese problema. Una era que teníamos mucho trabajo y por ende no disponíamos de mucho tiempo libre… Nos obligaban a hacer  un chequeo manual del funcionamiento de los equipos –un chequeo totalmente innecesario pues cualquier falla sería detectada  automáticamente y sonarían las alarmas de mal funcionamiento-.  Dada la vastedad del proyecto, que incluía no solo todo el equipo fijo de la base sino también todos los aparatos móviles que iban y venían al exterior, estos chequeos nos consumían gran porcentaje de nuestro tiempo. Si de algo podían estar seguros era de que no teníamos demasiado tiempo libre.
La segunda solución para el aburrimiento y la soledad eran los C.C.D., algo que estaba siendo cada vez más utilizado por todos los que iban al espacio, desde colonos a navegantes.
Los C.C.D. o Compañía de Cama Deshidratada vienen  almacenados en una especie de sobre, muy parecidos a esos en donde vienen las sopas para hidratar –aunque mucho más grandes- y son relativamente fáciles de poner a funcionar. Es imprescindible tener un Hidratador Modelo 52 o más reciente –los modelos anteriores no sirven-, que esté en buenas condiciones –demás está decirlo- y agua… 40 litros para un CCD femenino y 60 para uno masculino.
Vienen con un software básico incorporado, pero puedes cargarle tus propias especificaciones… lo que se te ocurra –nadie se enterará-. Obviamente esto debes hacerlo antes de hidratar.
Cuarenta minutos estándar después, cuando esté preparado, puedes colorear su cuerpo y cabello, si lo deseas de algún color en especial.
Ahora que recuerdo, el ph del agua tiene que ser neutro. Es famoso el chiste del pobre explorador espacial que tuvo que bajar en la superficie de una luna peligrosa y desconocida para recolectar sus 40 litros de agua –no tenía la suficiente en su nave y ya no soportaba la soledad- y resultó que ésta tenía un ph marcadamente ácido… ¡Su CCD le quedó con un carácter tan agrio que a duras penas la soportó durante el resto de la misión! ¡Es muy gracioso! Obviamente esto es una fábula, un chiste del espacio… ¡Si el ph no fuera el indicado posiblemente puedes cruzarte de brazos por años estándar a esperar que esté pronto tu CCD!

De pronto Silen me preguntó.
-¿Tú cuándo hidrataste tu CCD?-
-¿Yo? Pues, a las dos semanas estándar creo…
-¿Ya a las dos semanas? ¿Tan rápido?
-¿Por qué esperar? No me gusta estar solo, así que cuando tuve todo en orden, hidraté… ¿Y tú?
-¡Sin duda que bastante después que tú! –dijo sonriendo-Quería trabajar, pensar, reflexionar… debo confesar que estuviste mucho en mis pensamientos… pero llegó un punto en que necesitaba compañía y todos los beneficios de ésta… quería charlar y alguien con quien compartir la cama por las noches… Así que me dispuse a hidratar.
-¿Y?
-Hidraté.
-¡Que bueno! Y… -mi expresión era de clara interrogación
-Era una mujer.
-¿Cómo que era una mujer?
-Mi amigo, mi compañía, mi CCD, mi compañero de cama no era un hombre… era una mujer…
-¿Pero como es posible?
-Todavía no lo entiendo…
-Fue un terrible error administrativo… ¿Y que hiciste?
-¡Te estoy diciendo que hidraté igualmente!
-¿A una mujer?
-Claro… no iba a estar sola dos años ¿No? ¿Tú no hubieras hecho lo mismo si tuvieras un hombre para hidratar?
Me reí -¡No sé! Así que bueno… este… ¿Y la pasaron bien?
-¡Muy bien! ¡Excelente!
-Me alegro por ti… Tienes que haberlo pasado muy bien si ya no quieres tener nada con otros hombres… ni conmigo…No fue tan malo entonces…
Me miró como reprochando mis palabras.
-Aunque me quedó una duda- dijo luego-
-¿Qué duda?
-Si a mi me tocó una mujer y había pedido hombre, a alguien que había pedido mujer le tocó hombre… ¿o no?
Solté otra sonora carcajada –¡Ja, Ja! ¡Sin duda!
Y creo que los dos a la vez, entre sonrisas, comenzamos a mirar a todos los hombres a nuestro alrededor. Uno de ellos, seguramente tendría cosas nuevas que contar.

                                           FIN






UNA NUEVA VIDA

Cuando, luego de una conferencia en donde había expuesto sus teorías, aquella simpática pareja de jóvenes se le acercó,
Max Clikee no pudo menos que prestarles atención. Se decían admiradores de la obra a la que había consagrado gran parte de su vida, algo por lo que se sintió muy halagado. No solo eso sino que  Alice y Pedro, como se nombraron, eran conocedores profundos de su trabajo y le hicieron muchas preguntas sobre el desarrollo ulterior de éste.
Como forma de retribuir a estas alabanzas los había invitado a continuar charlando en el sombreado parque al frente de la universidad, un lugar muy agradable. Allí, en uno de los bancos con respaldo típicos de lugar, disfrutando del cálido clima primaveral y observando las idas y venidas de estudiantes, profesores y visitantes, continuaron conversando animadamente, aunque en realidad era la pareja la que hablaba… el anciano solo escuchaba y asentía.
Tanto Alice como Pedro, a pesar de su relativa juventud eran científicos de avanzada y con sus preguntas no solo mostraron interés por sus estudios, sino también por su persona. Decían que, aunque había llegado a los 90 años con relativa buena salud, pensaban que merecía –y necesitaba- por lo menos 90 años más de vida para terminar de desarrollar sus teorías y quizás con eso revolucionar definitivamente el mundo de la ciencia.
En determinado momento Alice le dijo:
-¿Qué opinaría si le dijéramos que conocemos la manera de que logre volver a la Tierra en un cuerpo nuevo?
-Bueno, señorita, eso es parte de mis ideas…
-¿Pero las ha puesto en práctica?
-No, no…
-¡Nosotros sabemos como hacerlo! ¡Y queremos hacerlo con usted!
-¡Usted es nuestro maestro!
-¡Nuestro modelo a seguir!
-¡Se merece seguir trabajando en sus estudios!
-¡Y se merece completarlos!
Al anciano le faltaban palabras para contestar. No sabía que decir. Había llegado a esa avanzada edad en muy buenas condiciones porque en la Universidad todos lo querían y cuidaban. Absolutamente todos sus colegas le habían aportado lo que pudiera servirle de sus conocimientos, tratamientos, terapias, todo, para que su vida útil se prolongara lo más posible. Todo porque sabían de la devoción de Max por el estudio y de que no tenía más objetivo que seguir desarrollando y perfeccionando sus teorías… y responder esas preguntas que él sabía que tenían que ser finalmente respondidas. Pero, estaba claro que pese a los esfuerzos de todos, no iba a llegar  a ese objetivo. Sabía que, por más que lograran prolongar su vida, cinco o hasta diez años, eso no sería suficiente… y cuando muriera, todo ese inmenso caudal de conocimientos que había forjado durante toda su larga vida académica se perdería… así lo sentía. Pues ni sus muchos libros, ni sus diarios intentos por comunicar a los jóvenes estudiantes su sapiencia equivalían a lo que tenía dentro de su cabeza, dentro de su cerebro, dentro de su mente. Y estos jóvenes, junto a él, apuntaban a eso, le tentaban a seguir… No podía menos que estar interesado.
-No se entusiasmen… pero demuestren que pueden hacerlo y luego veremos. Sé que puedo darle a la humanidad más de lo que le he dado… Solo demuéstrenlo- concluyó, suspirando.

No tardaron muchos días en llamarlo para que asistiera a una demostración y lo que presenció lo dejó gratamente sorprendido. ¡Por lo menos una parte de sus teorías podía ser llevada a la práctica! A partir de ese momento su entusiasmo fue en aumento… sabía que lo que pretendían era posible y ya no lo asustaba pasar la línea, esa línea que muchos creían era el fin del camino. ¡Pues él estaba convencido de que era solo un accidente más en la existencia!

Max reconocía que sus ideas no eran revolucionarias ni innovadoras, pero sabía que era uno de los pocos que, libre de prejuicios, con la mente abierta pero también con todas las herramientas de la ciencia a su disposición, trataba de separar la místico de lo racional, la mentira de la verdad, el humo de la llama. Su campo de investigación no era ni más ni menos que la vida y la muerte y entre ellos el destino de nuestros “cuerpos”, por llamarles así, tanto el físico y visible como los espirituales o invisibles.
Por tratar de expresar todo matemáticamente  y por querer formular, analizar y en suma estudiar científicamente las leyes que regían el funcionamiento de estos fenómenos, se le reconocía como un referente de la ingeniería mágica, una nueva, amplia y difusa ciencia que se desarrollaba a trompicones en la frontera de todas las otras ciencias, hasta ahora llamadas “racionales”.
Y dentro de sus teorías estaba expuesto que si alguien descubriera la forma de, al morir, manipular estos cuerpos invisibles, podría ocupar un cuerpo que iba a nacer… ocuparlo conciente y plenamente. Esto era algo que en la teoría era maravilloso. Sería la forma de vivir para siempre, no como algo físico en realidad, sino que esa “entelequia” que éramos podría perpetuarse.
En realidad se suponía que cuando alguien estaba por nacer  un alma en espera ocupaba su lugar, en un proceso que no se sabía a ciencia cierta como sucedía ni por quién era regido… solo sucedía así. La literatura existente sobre el tema hablaba de “poderes”, “juicios” y “jueces”, más allá de toda lógica científica, que eran los que manejaban los nacimientos y la vuelta a La Tierra de las almas. Él, con las herramientas que disponía, no había podido desentrañar este proceso, por más que lo había investigado. Pero en definitiva  lo que Max sugería era distinto… era ni más ni menos que el hombre tomara la decisión de cuando y dónde renacer… y esa era una diferencia importante.

¡Y era posible hacerlo! La demostración resultó satisfactoria. Los cuerpos invisibles podían manipularse. El próximo paso fue elegir un cuerpo apropiado en donde nacer y mientras tanto, fue cerrando y arreglando sus asuntos… demoraría algún tiempo para encaminarlos nuevamente y no sería bajo el nombre de Max Clickee, por más que sería el mismo.

Llegada la fecha, su cuerpo físico murió como correspondía.

Hacía ya varios días que sentía que alguien lo seguía. Era una sensación extraña, tanto que podía ser una total invención de su parte. Su nueva vida se había desarrollado desde el principio a un ritmo vertiginoso y estaba totalmente comprometido llevando adelante sus investigaciones, tanto que las 24 horas que tenía un día le parecían terriblemente escasas.
Ahora se llamaba Rómulo Festh y desde los quince años ejercía la  docencia en la Universidad. Desde su más temprana edad había dejado asombrados a todos por sus conocimientos tanto en ciencias clásicas como en otras experimentales… a casi todos en realidad, pues Alice y Pedro, que habían sido sus tutores y  ayudantes más cercanos para nada estaban sorprendidos y había ocupado rápidamente el lugar académico que le correspondía. Ahora, ya a los treinta años de edad, los tres estaban encantados con los resultados y avances que se habían logrado y estaban convencidos de que no pasarían más de cinco años para que el desarrollo de sus teorías estuviera concluido y estuvieran preparados para pasar a la siguiente fase de su proyecto.

En ese momento caminaba por una especie de callejón, bastante ancho en realidad, formado por las altas paredes laterales de la universidad, por un lado,  y el enorme edificio de la Biblioteca por otro, un espacio con algunos árboles y arbustos de jardín que siempre estaba mal iluminado y silencioso. El siempre iba por allí de camino a su casa, que no quedaba demasiado lejos.
En determinado momento, la sensación de ser observado se hizo casi tangible, tanto como que un fuerte empujón en su espalda lo lanzó contra una de las paredes.
El agresor, con la cabeza cubierta por la capucha de un abrigo deportivo y con un aspecto para nada tranquilizador le dijo, con un marcado acento extranjero:
-¿Tiene idea del mal que me causó?-
Él le respondió -¿De qué me habla? ¡No tengo ni la más mínima idea de quien es usted!
-¡Claro que no sabe quién soy! ¡Se lo diré! ¡Soy el que tenía que haber nacido en su lugar! ¡Ese soy!
-No entiendo…
-¡Usted tomó mi lugar en la cadena de nacimientos! ¡Usted y sus cómplices, usando sus teorías y usando sus conocimientos, lograron ponerle a usted en un cuerpo que iba a nacer!- el hombre estaba levantando su voz, producto seguramente de su rabia, pero continuó como si masticara sus palabras -¿Se preguntaron, en algún momento, quien iba a sufrir por la alteración de ese proceso? ¡Yo merecía una vida mejor que la que había tenido! ¡Su vida era mi vida! ¡En cambio tuve que pasar mil y una peripecias para lograr nacer!  Rómulo lo miró con la boca abierta.
-¡Si, si, asómbrese! –continuó el encapuchado- ¡Y claro que nací sin preguntar en donde ni en qué cuerpo, no como usted!- 
Mientras hablaba gesticulaba fuertemente y continuó:
-¿Sabe cuánto me costó llegar hasta aquí, a este país, a esta ciudad, hasta aquí mismo, frente a usted? ¡No tiene ni idea!
-¿Pero que es lo que busca? ¿Por qué me cuenta todo eso?
-¡Quiero castigar su egoísmo! ¡Pero quería que se enterara de porqué le castigo!
-¿Y como habrá de castigarme?
-¿Cómo? Seguramente no de la forma que me gustaría. Me gustaría disponer de la tecnología para poder tomar su cuerpo y su vida y dejarle a usted mi cuerpo y mi vida…
El antes Max, ahora Rómulo, palideció sensiblemente. Pero el hombre continuó:
-¡Pero no la tengo! Usted quizás si… ¿o me equivoco?
Su acusado quedó mudo, como si respondiera su pregunta.
-¡La tiene! ¡Claro! ¡Es por eso que le dieron una nueva vida, para que pudiera seguir casi sin interrupción sus increíbles investigaciones! ¿Cuántas cosas ha descubierto, doctor? ¿Cuántas cosas podría descubrir?
-¿Qué es lo que quiere?- lo interrumpió éste por fin -¿Quiere dinero? Puedo darle mucho dinero,  todo el dinero que quiera en realidad, si demuestra que lo que dice es cierto…
-¿Ahora me está tratando de mentiroso? ¡No quiero su dinero, no me interesa! Solo quiero que comience su castigo…
-¿Que comience mi castigo?
-¡Eso dije!  “Del Otro Lado” lo esperan… ¿Sabía? No les gustó para nada lo que hizo, tomar el lugar de un alma que iba a nacer… hacerse pasar por otro, romper la cadena administrativa… ¿Me entiende?
El joven-viejo científico había comenzado a ponerse nervioso  -No, no entiendo…
-¿No entiende o no quiere entender? ¡Hay un orden que ha de respetarse! ¡Y las cosas deben hacerse de esa forma y no de otra! ¡Y usted y sus cómplices rompieron ese orden y deben ser castigados! Yo solo soy el que le dará el pasaje de ida…
-¿El pasaje de ida?
-Una ida sin vuelta- dijo, al tiempo que dentro de su amplia chaqueta sacó una voluminosa arma de fuego…
-¡No, no, escúcheme…! –dijo Rómulo, tratando de reaccionar.
La bala pasó su cabeza de lado a lado.

 Era cierto que Del Otro Lado lo estaban esperando.

                                         FIN

AURELIA

ESTE CUENTO POSIBLEMENTE SEA EL PRIMERO QUE HAYA ESCRITO. SE PUBLICÓ EN “TRÁNTOR”, EL PRIMER FANZINE URUGUAYO DE CIENCIA FICCIÓN Y FANTASÍA, AÑO 1988 DE NUESTRO SEÑOR Y FUE ESCRITO EN 1987. LE AGREGUÉ UNA SECCIÓN, DE ESE MISMO AÑO, QUE ESTABA JUNTO CON EL ORIGINAL Y QUE NO APARECE EN TRÁNTOR.
RECUERDO QUE HABÍA LEÍDO RECIENTEMENTE “CAZA DE CONEJOS”, DE MARIO LEVRERO, QUE DICHO SEA DE PASO NO ES MUY DE CIENCIA FICCIÓN –CREO QUE HASTA LO COMPRÉ, SI, SI, EN ESA ÉPOCA TODAVÍA PODÍA COMPRAR ALGÚN LIBRO- Y DE AHÍ ESTA FORMA DE PRESENTAR EL RELATO.
QUERÍA PONERLO ACÁ PORQUE ME PARECIÓ QUE SERÍA LINDO TENERLO EN EL BLOG.

                                    AURELIA

Érase una vez una máquina de escribir muy vieja. Hace quince días –estoy casi seguro de esto- alguien la tomó y escribió el relato que sigue a continuación. Creo que el que lo hizo no estaba muy cuerdo: es un poco incoherente en sus ideas, o eso me pareció. Pero lo más importante consiste en que los papeles en donde quedó impreso estaban dentro de una estructura un tanto extraña, cubierta de herrumbre y una sombrilla podrida encima. No pretendo impresionar a nadie, pero en una losa cercana alguien grabó:

                                    Aquí yace Aurelia
                                  Antes- Algo después

“Cuándo éramos entes errantes, es decir, cuando aún no habíamos nacido, un grupo de nosotros, que solíamos reunirnos en un lugar de baja energía denominado El Quasiárbol, resolvimos que cuando naciéramos íbamos a ser científicos. Construiríamos una máquina del tiempo para viajar al futuro y al pasado y divertirnos un poco, pues es aburrido nuestro existir, si es que existimos.

Mediante un proceso extraño, que no puedo aquí describir por ser secreto e ignorado por todos, sensibilizamos una parte de nuestro ser a un estímulo existencial. Es una sensibilización compleja –muy compleja-, indescifrable, inimaginable y quizás imposible. Por ella bastaba poner en un cartel la palabra QUASIBAR para que por todos nuestros medios viajáramos hacia el Quasibar a reunirnos con los amigos.

¡Pobre Germán! Cuando nos reunimos luego de treinta y cinco años en el Quasibar faltaba uno de nosotros. De pronto, vimos aparecer, corriendo y sollozando, un pequeño de unos nueve años, seguido por un “alguien”, quizás su madre… ¡Pobre Germán! Por un tiempo quedó fuera del proyecto, pero tenemos su dirección y teléfono. En diez años estará con nosotros.

Nuestra máquina es hermosa. La pintamos de blanco, azul, violeta, rojo y de otros colores, pues nos gusta la variación. Primero la hicimos grande, demasiado grande. Luego la hicimos pequeña, tan pequeña que no entraba siquiera uno de nosotros. Ahora es del tamaño justo. Entramos todos con cierta comodidad y hasta hay lugar para el tablero de ajedrez. Claro que no va a entrarla cancha de tenis de Alberto ni la piscina de Adolfo, pero no se puede conseguir todo.

Aurelia, nuestra nave del tiempo, es muy sensible. Le disgusta que nos insultemos dentro de ella, que orinemos fuera del receptáculo, que cantemos muy fuerte, que gritemos “¡Jaque Mate!” con aire de sobradores, que entremos chicas, que pasemos videos verdes en la video-reproductora, pero lo que menos le gusta, lo que menos le agrada a nuestra preciosa Aurelia… es el agua. Le tiene asco, repulsión, alergia a este compuesto tan común. ¿Y cómo hacemos cuando llueve, por ejemplo? Pues en ese caso le damos antialérgico. Es más, continuamente toma antialérgicos… treinta gotas después del desayuno y treinta después de merendar. Generalmente aumentamos la dosis a cincuenta gotas cuando está muy húmedo y a mucho más, si acaso -¡Dios no permita!- llueve.

En nuestra tripulación usual solo hay una chica. Es muy extraña. Pasa el día leyendo textos de Bioquímica, Genética y Astronáutica y cuentos sobre máquinas del tiempo y a pesar de nuestra insistencia, no nos hace el amor. Tiene mucho miedo de que intentemos drogarla para que acceda a nuestros naturales apetitos sexuales. Por este arraigado temor a ser engañada, no bebe ni come. Está quedando muy flaca y a veces desvaría. Creo que a ninguno de nosotros le gustaría acostarse con una chica tan, pero tan flaca. Se lo expliqué, más parecía dormida y al intentar sacudirla para que se despertara, no solo le arranqué uno de sus húmeros sino que también se le cayó el cráneo al piso. A pesar del ruido no se despertó.

Nos divertimos mucho. Pero aunque pasamos bien juntos y nos entendemos bastante, a veces discrepamos en alguna cosa. Sebastián cree en la Magia, Juan terminantemente no. Y pasan los meses discutiendo. Pero ayer -¡Por fin!- se empezó a vislumbrar un cierto acuerdo, pues Sebastián dijo
–Pero la Magia es relativa-
-¿Cómo relativa?- preguntó Juan.
-¡Claro! Y siempre existirá, a menos que…-
-¿A menos que qué?- interrumpe Juan.
-Espera a mañana y verás-
Al decir esto Sebastián se levantó de la mesa de ajedrez y se retiró a la noche.
Y para aclarar todo, hoy Sebastián nos hizo llegar una frase, escrita por un contemporáneo nuestro, Arthur Clarke, que dice: “Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Estuvimos toda la noche discutiendo en torno a esto.

Hicimos muchos viajes, algunos interesantes, otros no tanto. Visitamos familiares muertos, familiares aún no nacidos, vimos espectáculos históricos indescriptibles, conocimos sensaciones nuevas por doquier. Aquí relato algunos, muy pocos, de los que más me impresionaron.

Como curiosidad nada más, escuchen. Hace dos días fuimos a lo de Carlos a conocer a sus tatarabuelos. Daniel, que tiene la costumbre de enamorarse de todas las mujeres, se enamoró de la bisabuela de Carlos. ¿Se imaginan del lío? Creo que Carlos quedó muy enojado, pues dejó una impresión muy fea entre sus parientes.

Ayer, pretendiendo arreglar la alergia de Aurelia, hemos metido mano a los circuitos y Pedro, al toser, cometió un error. No solo no le curamos la alergia, sino que además estornuda y ahora, cada cincuenta y tres minutos, una lluvia de pequeñas gotitas, cual rocío, nos moja a todos.

Para estrenar el último dispositivo que nos permite, aparte del viaje temporal desplazarnos en latitud y longitud, como queramos, hemos viajado a la Biblioteca de Alejandría cuando aún era el centro mayor de conocimientos de todo el mundo. Tuvimos que tomar inimaginables precauciones para no ser vistos por ninguno de los consultantes que día y noche, quizás a falta de otra cosa que hacer, merodean por el complejo. Nos agradó mucho el silencio, símbolo de toda biblioteca que se precie de tal. Claro que este era un silencio más antiguo que el de cualquier biblioteca actual. Por momentos nos parecía irreal la certeza de estar contemplando el mayor depósito de conocimientos que pudieron transmitirse en la Antigüedad, muchos de los cuales se han perdido ahora. Lo que lamento realmente es no haber podido entender ni una pizca de lo que escribieron tantas y tantas generaciones de sabios de aquellas épocas tan remotas.

Hoy, cuatro de noviembre, es el cumpleaños de Aurelia. Quedó muy contenta pues le regalamos un gigantesco paraguas amarillo.

También viajamos a la Atlántida. Claro que Aurelia se resistía un poco a entrar al agua, resistencia que cesó cuando le aclaramos que la visitaríamos cuando aún estaba en la superficie, lo que pareció complacerle mucho. Extrañamente, a pesar de habernos cerciorado muchísimas veces de que nuestra ubicación con respecto a los antiguos mapas de la Atlántida floreciente era correcta, no pudimos encontrarla. Retrocedimos un margen de tres mil años más y no encontramos más que unas gaviotas extraviadas y a partir del encuentro, sorprendidas. Lamento que nuestra curiosidad haya tirado abajo alguna que otra teoría, pero… ¿qué podemos hacer ahora?

En uno de nuestros virajes temporales, al querer tomar una temporuta más corta y rápida, casi nos estrellamos contra un gigantesco cartel que decía:
                           ¿ESTO ES DIVERSIÓN?
                 ¡LA DIVERSIÓN ESTÁ EN LAS ESTRELLAS!
Y eso nos dejó pensando, pensando en asesinatos en masa, en mundos extraños devastados y dominado por el humano, en conspiraciones contra otras razas y a veces contra los mismos “sapiens”. Y también en que hasta ahora hemos encontrado seres más débiles…¿Pero que pasaría si…?
                
Tratando de viajar al Reino de la Fantasía, hemos adaptado nuestra máquina a una idea nueva, según un concepto innovador de viaje temporal. Le hicimos muchos cambios, enredos y desenredos, cables por aquí, conexiones por allá y logramos –creo- un resultado relativamente satisfactorio. Pero sabemos de antemano que solo podremos estar en Lo Fantástico cinco segundos, solo cinco.
Emprendimos el viaje.
Cuando llegamos, abrimos la puerta y una niebla espesa inundó nuestra cabina hasta las últimas telarañas. Asomamos apenas nuestras narices pues… ¿Quién se atrevería a salir con tal falta de garantías individuales? ¡Qué desengaño! Y disponíamos de tan solo cinco segundos…

Ayer viajamos al futuro y nos dijeron que es imposible construir máquinas del tiempo bidireccionales. Creo que no creyeron lo que vieron. No es muy inteligente pedir más prueba que nosotros de que se puede saltar tanto al futuro como al pasado. De todos modos hemos traído de recuerdo un cenicero. Es muy bonito. En su fondo tiene unas palabras grabadas especialmente para nosotros:
                           NO TALEN LOS ÁRBOLES.
         NO CONTAMINEN MÁS AÚN EL AIRE Y LOS CAMPOS.
         NO ENTINGAN A LAS DEMÁS ESPECIES ANIMALES.
                     Y… NO PEREZCAN EN EL ESFUERZO.

Creo que hemos cometido un error terrible al viajar a Lo Fantástico. Aparte de no lograr ningún resultado positivo, temo que los cambios estructurales hayan dañado a Aurelia, quizás en forma irreversible. Le ha subido la temperatura. Cuando le quisimos poner un supositorio, un médico que casualmente pasaba por allí dijo que no serviría de nada, pues no reconocía en Aurelia a uno de sus congéneres. Cuando comenzó a presentar ciertos síntomas, nos desesperamos –nuestra amada estaba enferma- y como último recurso la consultamos a ella misma. Nos dijo que era presa de una enfermedad incurable que la deterioraba poco a poco, producto del viaje a La Fantasía, de sus aires raros, de esa niebla tan oscura, y nos habló de otras causas… Claro que a esa altura creo que divagaba un poco.

Aurelia va involucionando poco a poco. Nos duele mucho ver el deterioro de algo que en un tiempo fue tan hermoso. La pintura multicolor se descascara fácilmente y la sombrilla está ya raída. No coordina muy bien y no nos atrevemos a viajar en ella.

Hoy nos reunimos en consejo y hemos considerado la posibilidad de construir una nueva máquina del tiempo. Las opiniones han sido muy variadas. Al final votamos y las negativas resultaron ser el sesenta por ciento del total, así que no construiremos una Aurelia Dos. Pero hay otros proyectos: una nave espacial más rápida que la luz, un aparato para transferir materia y muchos otros. A cada proyecto se le asignará un equipo y se le dará un plazo de un año para presentarlo con claridad. Estoy solo, pues elegí un proyecto que todos evitaron: La Máquina para Hablar con Dios.

Como Aurelia agoniza, he investigado un poco en torno a mi proyecto y temo –aunque no he profundizado mucho todavía- que La Máquina para Hablar con Dios sea equivalente a La Máquina para Hablar con Nosotros Mismos.

Hoy murió Aurelia.”

Ya les dije que el relato me pareció muy extraño para tentar siquiera mi credulidad –y mi buen gusto- pero peor efecto –una terrible depresión- causó en el tercero de mis hijos, el que tiene doce años… Germán.

                                              FIN

lunes, 24 de diciembre de 2012

¡FELICIDADES!

NO ES UN CUENTO... SOLO QUIERO DESEARLES UNA MUY FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO 
2013 ESPELUZNANTEMENTE BUENOOOOOOO!!!! EN SERIO, DE CORAZÓN, UN MUY FELIZ AÑO NUEVO Y QUE EN ESTE NUEVO AÑO SE CUMPLAN TODOS SUS DESEOS -MENOS LOS INMORALES, ESOS NO-
PARA ESTE BLOG, ESPERO TAMBIÉN QUE EL AÑO QUE VIENE LE SEA PROPICIO... ME GUSTARÍA PONER MEJORES CUENTOS, UNA NOVELA Y ALGÚN ARTÍCULO...
UN ABRAZO GRANDE Y GRACIAS POR SUS VISITAS!!!!

miércoles, 12 de diciembre de 2012

¡ESTÁS EQUIVOCADA!

ES UN CUENTO ALGO EXTRAÑO, CON IMPERFECCIONES –ALGUNAS APARENTES, OTRAS REALES- PERO NO DEL TODO DESAGRADABLE. UN CLARO EJEMPLO DE LO QUE A VECES SE SUELE HACER… PONER IDEAS “LOCAS” EN UN SEUDO-CONTEXTO DE CIENCIA FICCIÓN… ¡COMO AVISO Y LO HAGO EXPROFESO ME SALVO DE ESA CRÍTICA! DE TODAS MANERAS NO HAY QUE OLVIDAR QUE ESCRIBIR ES DIVERSIÓN O UNA DE LAS TANTAS FORMAS DE DIVERTIRSE QUE EXISTEN Y TAMBIÉN LEER… ASÍ QUE ESPERO SE DIVIERTAN LEYENDO ESTO.

                                                    ¡ESTÁS EQUIVOCADA!

Muchos de nosotros tenemos la errónea idea de que vivir en cualquier planeta alejado de la Vieja Tierra es totalmente diferente de la vida que hacemos ahora. Estamos equivocados. Claro que hay variaciones de gravedad, de composición atmosférica, de temperatura, en fin, de componentes vitales, que pueden hacer que la vida sea muy distinta, pero también podemos encontrarnos en un mundo con una gravedad muy parecida a la terrestre, con una atmósfera muy respirable y con un desarrollo de la cultura y economía humanas post-colonización que permita, entre otras cosas, los restaurantes y las cafeterías tal como los conocemos ahora, con la diferencia quizás de que no siempre se automatiza o se pretende automatizar todo, como ocurre ahora en la Vieja Tierra. Por esta razón tenemos grandes probabilidades de encontrar restaurantes atendidos por humanos o humanoides, y no por máquinas.
Aclaro esto porque Circon3 es un planeta de tales características y parte de esta historia se desarrolla en uno de los tantos restaurantes de Zirima, una de las más populosas ciudades de ese mundo.
Todo comienza con una chica, de apellido Birikini, que trabajaba allí.

Me es indispensable agregar que esta historia ha dado muchas vueltas por los mundos conocidos, generando hipótesis, búsquedas y persecuciones. Tantas vueltas ha dado que llegó a mis oídos y como tantas veces, cuento lo que me contaron.

Printi Birikini desde que se levantaba, temprano por la mañana, se sentía equivocada. Se sentía así mientras se duchaba, mientras se peinaba, mientras se vestía y mientras desayunaba. Quizás el peor momento de la mañana era cuando se miraba al espejo, antes de salir para su trabajo y sus ojos se encontraban con los de su reflejo y éste parecía decirle, desde lo insondable de esos ojos tan conocidos, tan suyos: “¡Estás equivocada!”. No se sentía menos equivocada mientras tomaba el deslizador colectivo para ir a su trabajo y ni siquiera cuando se ponía el uniforme –una sencilla y limpia túnica verde claro- y comenzaba a atender los clientes del restaurante donde trabajaba. A ella le gustaba sonreír –era algo que hacía con naturalidad- y también se movía grácilmente entre las mesas, de forma que tenía todo para que los clientes la quisieran y la vieran con simpatía, pero todos y cada uno que la miraba parecía decirle “¡Estás equivocada!”.
Eso al principio –me refiero a la convicción de que estaba equivocada- había sido duro de sobrellevar, pero finalmente había logrado convivir con esa sensación, sobre todo porque no había podido contestar la pregunta que nacía inmediata y forzosamente… Estaba equivocada, bien, lo aceptaba ya que todos, incluso ella, parecían decirlo… ¿Pero en qué? ¿En qué estaba equivocada?

Había entre sus clientes uno particularmente insidioso, odioso y que parecía tener extremadamente claro el que ella estuviera equivocada. Era un hombre de unos treinta años, aparentemente fuerte, relativamente atractivo, que siempre iba solo y a almorzar –nunca lo había visto por la mañana temprano y tampoco a la hora de la cena, ni lo había visto acompañado-. Desde que llegaba parecía decirle, a veces descaradamente, a veces tímidamente, con sus ojos castaños y profundos: “¡Estás equivocada!”.
Como por el resto de sus actitudes era muy cortés, igual que todos los demás clientes y por otro lado hasta le dejaba propina, el que le refregara por la cara que estaba equivocada era algo que podía, perfectamente echar a un lado, por lo que seguía con la relativa normalidad diaria propia de su trabajo.

Más llegó un día en que, mientras ella levantaba de la mesa todo lo utilizado para el finalizado almuerzo y observaba como sacaba dinero de su billetera para dejarle como propina, éste le preguntó si tendría la gentileza de aceptar beber un café juntos, cuando saliera de su trabajo y en otro lugar, claro. Ella lo miró… El tenía claramente estampada en toda su cara la expresión “¡Estás equivocada!” de todos sus clientes, pero algo dentro suyo le hizo aceptar la propuesta. Era un hombre que le parecía atractivo, era amable y aparte de la expresión “¡Estás equivocada!” era una persona que le caía bien, más que la mayoría.
Mientras terminaba su turno esa especie de sensación dentro de ella comenzó a moverse y a crecer, como una pequeña criatura… No veía ese aspecto de si misma como un cuerpo extraño, no como esas entelequias que aparecen en las historias de horror; solo parecía una parte de ella, una parte oculta de su conciencia, una porción renegada de su ser… Quizás, le dijo, el pueda aclarar porqué la sensación constante de que estaba equivocada y todos, a veces hasta ella, estaban convencidos totalmente de eso.
Se encontraron en un lugar no muy cercano, pues no quería que la viera ninguno de sus clientes –sería una pésima impresión que la descubrieran tomando café en otro lugar, sobre todo teniendo en cuenta que el café del restaurante donde trabajaba era excelente-. Comenzaron a conversar, a sonreír y ordenaron finalmente algo para cenar; pero ella realmente estaba algo distraída, algo distante se diría. No sabía en qué momento, ni cómo, le lanzaría al hombre que tenía frente a sí, la pregunta, tan sencilla y también tan importante para ella. “¿Por qué crees que estoy equivocada?”, le preguntaría. Esa era la pregunta, ni más ni menos, la pregunta que él debía contestar y la pregunta que esperaba aclarara en algo su turbulenta vida interior.
Esperaba el momento, pero le parecía que no habían logrado el clima intimista que le parecía necesario. Todo pareció facilitarse cuando, finalizada la cena, él la invitó a ir a su apartamento. En ese momento, a la vez que aceptaba, sonrió aliviada. ¡Pues que mejor momento para una pregunta íntima, aunque sencilla, que estar en la intimidad de un apartamento!
Así fue que luego de servirse y beber un par de copas de un sabroso coñac y de cruzar algunos besos de exploración, decidió preguntarle al hombre lo que en definitiva había venido a preguntar.
-¿Por qué estás tan seguro de que estoy equivocada?
Él la miró extrañado. Ni el alcohol que él había consumido ni el alcohol que ella había bebido le permitían procesar y responder adecuadamente esa pregunta. Ella pensó que no sería tan fácil arrancarle la respuesta. Besándolo, excitándolo, aturdiéndolo, lo ató a la cama… cuando estuvo así asegurado le preguntó nuevamente.
El le dijo que no sabía de qué hablaba. Ella estaba perdiendo poco a poco la paciencia… no era su naturaleza pero el coñac estaba soltando algo de ella que nunca antes había visto la libertad. Bebió más… y tomó el cuchillo más afilado que encontró en la cocina. No tenía intenciones de hacerle daño; fue más bien una experiencia vital, un acercamiento, un paso adelante, que por otro lado la hizo sentir bien… él allí, disponible y ella acercándose con su afilada hoja… Pero él gritó, asustado. En ella sucedió algo extraño, no se asustó… simplemente le colocó una firme mordaza.
Siguió bebiendo, comenzó a cortar y a cada rastro de sangre, a cada incisión, a cada grito reprimido, descubría en la mirada de su primera víctima algo, algo nuevo, algo único hasta ahora… “¡Ahora si”! parecía decirle… ¡Ahora sí has acertado! ¡Este es tu camino!

Meses después y con treinta víctimas más en su haber, víctimas que le confirmaron hasta el último aliento que ya no estaba más equivocada, decidió irse a otro mundo, pues la policía la buscaba desesperadamente. Algo había pasado además con Circon3; ya no era como antes… ya hacía un tiempo que le costaba encontrar humanos que le dijeran que estaba equivocada… ¡Pero ella sabía que seguían existiendo! ¡En alguna parte existían!

Sus esperanzas se vieron satisfechas cuando en el espaciopuerto de Veritas, otro planeta del sistema y su nuevo destino, la chica que le revisó el equipaje le dijo con sus ojos “¡Estás equivocada!”… igual que el hombre de la izquierda y la señora de la derecha y el chico que la miró cuando iba saliendo del edificio… ¡E incluso el taxista!
Pero ahora estaba tranquila. No era la misma. Ahora sabía, estaba segura, convencida, de que no estaba equivocada y no solo eso… ¡Estaba contenta! Solo tenía que demostrarles a los habitantes de ese mundo que ella ya no estaba equivocada…
Comenzó por el taxista.

                                                                         FIN



LA SONRISA MÁGICA DE FELICITY

CUANDO COMENCÉ ESTE CUENTO LO HICE PENSANDO EN UNA HERMOSA SONRISA… Y LO ESCRIBÍ PENSANDO EN EL TIPO DE CUENTOS QUE ESTOY HACIENDO PARA NIÑOS. ESTUVE TENTADO DE SEGUIR LA HISTORIA… QUIZÁS LO HAGA EN OTRO MOMENTO.
SOBRE EL TÍTULO… ENCONTRÉ EN EL GOOGLE CUENTOS SOBRE SONRISAS MÁGICAS, DISTINTAS SONRISAS, PERO SONRISAS MÁGICAS AL FIN, AUNQUE ESPERO QUE NO SEAN IGUALES A ÉSTA, LA SONRISA QUE ESPERO SE LES DIBUJE EN LOS LABIOS EN ALGÚN MOMENTO…

DEDICADO A AVRIL, MI HIJA QUERIDA.

                                     LA SONRISA MÁGICA DE FELICITY

El Rey y sus tres generales, desde la torre más alta del castillo, observaban el inmenso ejército que en la noche los había rodeado.
-Son casi cien mil soldados- dijo un general.
-Y bien armados- dijo otro.
-Y nuestros espías han averiguado que traen alimentos para mucho tiempo- dijo el tercero.
-¿Qué más averiguaron?- dijo el rey -¿Tienen mucha caballería?
-Muy poca, Su Majestad- dijo uno-
-Saben que en un sitio a un castillo de tan altas murallas de poco les ayudaría –dijo otro
-¡A menos que trajeran caballos voladores!- rió el tercero.
-¡Ja,Ja! ¡Caballos voladores!- dijo el rey y las risotadas de los cuatro hombres flotaron sobre la ciudad.
Era extraño que a pesar de todas estas observaciones sobre el ejército enemigo, que preocuparían a cualquiera que estuviera en su situación, ellos no mostraran ningún temor, ni impaciencia y tampoco resignación.
-Me gustan los colores de sus estandartes –dijo un general- Tienen bellos bordados.
-¡Pero no se comparan con los del ejército de Tras Las Colinas, esos si que tenían hermosos estandartes!
-¿De cuál ejército de Tras Las Colinas hablas? ¿Del primero, del segundo o del tercero?
-¡Ya no recuerdo!- le contestó el general.
-Señores –habló el rey y todos lo escucharon- Creo que los estandartes más bonitos eran los del ejército de las Playas Azuladas…
-Tenían bordados muy elaborados, si , si …-afirmó un general.
-¡Si, muy elaborados! –dijo el Rey- Mi hija estuvo semanas enteras para descifrar esa manera de bordar.
-En mi humilde opinión –dijo otro general- no podemos olvidarnos de los estandartes del ejército de La Torre Más Alta… no la primera vez que nos atacaron, no esa vez, pero su segundo ejército vino con mucho despliegue y muy bien vestido.
-¡Ese ejército si que estaba bien vestido!- dijo uno y agregó -¿Recuerdan como combinaban sus calzones y sus capas?
-Bueno –continuó otro general- Si vamos a hablar de ejércitos bien vestidos tendremos para rato…
-Yo me he tomado la molestia de hacer una estadística al respecto –dijo uno de ellos-.
Todos lo escucharon con atención, pues sus datos siempre eran interesantes. Continuó:
-De los 64 ejércitos invasores que han llegado a estos muros diría que 15 han estado muy bien vestidos, 22 regularmente vestidos, 20 rotundamente mal vestidos y 7 impresentables.
-Si estuviera de acuerdo en su criterio de clasificación –dijo el rey- tendríamos que exigir, como dueños del país, que solo nos sitien ejércitos bien vestidos-
-Tiene razón, Su Majestad. Un ejército mal vestido no solo es perjudicial para la reputación del invasor sino del invadido.
A eso replicó el rey –Tengo algo de apetito. ¿Comemos algo señores? ¿Tienen idea de a qué hora comenzarán con las catapultas?
-Quizás mañana a primera hora, recién las están ensamblando… y un día después con las torres de asedio.
-¿Vieron el ariete que trajeron? ¡Es enorme!
-¡Espero que sea de buena madera! ¡El último ariete era de una madera tan mala que solo la pudimos utilizar como leña!
-¿Vieron si traen adornos de metales valiosos?
-¡Esperemos que si!- dijo otro esperanzado.
-¡Jo, Jo!- se rió el rey -¿Recuerdan aquel ejército, que definitivamente clasificaría peor que mal vestido, “impresentable” diría, que no traía ni un gramo de metal precioso? ¡Todo hierro y piedras sin tallar, sin ningún valor!
-¡Lo recuerdo! –dijo otro –Aunque tenían buenas espadas.
-No, no eran tan buenas.
-¡Tampoco eran tan malas!
-Pero las mejores espadas…
-Si, ya sabemos –dijeron los otros- son las del País Dorado…
-Que nos han invadido… -dijo el rey, contando con sus dedos- ¿ocho veces?
-Nueve, Su Majestad…
-¡Nueve! ¡Que insistencia! ¡Que perseverancia!
-Ciertamente –dijo uno de los generales- Si todos fueran igual de perseverantes llevaríamos cien invasiones…
-¡Y no tendríamos lugar en nuestros almacenes para todos los despojos!
-Afortunados somos al tener los herreros que tenemos, que reciclan todo… -dijo un general, mientras pensaba en la pujante industria de reciclaje que existía en la ciudad-
-No olvidemos todo el armamento que hemos vendido.
-¡Es cierto! ¡Solo con las armaduras, cascos y lanzas hemos logrado superávit comercial!
-Bajemos a comer, señores. Luego me gustaría que revisaran nuestras defensas, mientras yo consuelo a la princesa. Ella es la que más sufre con estas situaciones.

Al rato, y luego de pasar por varias y pesadas puertas, todas custodiadas por adustos guardias que saludaron al rey golpeando el piso con sus lanzas y poniéndose más firmes, si eso era posible, se presentó ante la habitación de la princesa.
-¿Puedo pasar?- dijo, golpeando y entreabriendo la puerta.
-Si, padre, pasa…
-¿Cómo está el sol de mi corazón?- dijo el rey, mientras abrazaba a su hija, quien con veinte años ya era una muy hermosa mujer.
-Triste…
-¡No te pongas triste! ¡Son ellos los que vienen a cercarnos, a pisotear nuestros campos, a atacarnos! ¡No hay que tenerles piedad!
-Ya lo sé, padre, pero igual siento pena por ellos. Estoy cansada de ver sangre bajo los muros… ¿Cuántos ejércitos han llegado hasta aquí, padre, para ser destrozados?
El rey pensó “64” pero nada le dijo –No sé hija, pero todos buscaban lo mismo. Ellos nos atacaron y nosotros respondimos.
-¡Padre, dime la verdad! ¿Tienen alguna oportunidad contra nuestro ejército?
Entonces el rey pensó en todo lo que habían sufrido con las primeras invasiones. Miles y miles de campesinos muertos, campos quemados, hambre en el castillo, refugiados sin fin durmiendo donde se pudiera, los muros destrozados… Las primeras invasiones fueron atroces, pero pudieron ser rechazadas. Luego, al ver que ese era el destino que les esperaba comenzaron a organizarse. Agrandaron las fortificaciones en la superficie y ensancharon el subsuelo, para dar alojamiento a todos los habitantes del reino y a sus animales. Los almacenes siempre estaban llenos de granos y todo tipo de comestibles. Encontraron agua justo en el centro del patio principal, aunque a gran profundidad. Los muros se hicieron tan altos que parecían tocar el cielo y sus piedras fueron talladas de forma tan perfecta que era imposible romper ese cinturón rocoso que protegía la ciudad. El foso se hizo tan profundo y ancho que parecía un río y hasta podía pescarse en él. Se reunieron en la ciudad los mejores artesanos de todo tipo, pero sobre todo de armas, por lo que su industria fue la mejor del mundo conocido. Y sus soldados eran los más feroces, tanto que cuando atacaban asustaban a propios y ajenos. Y cada año que pasaba, invasión tras invasión, batalla tras batalla, eran mejores, cada vez más fuertes y despiadados a la hora de combatir. El rey pensó en todo esto mientras se asomaba a una de las estrechas ventanas de la habitación de la princesa. Finalmente contestó:
-No hija, nada podrán hacer contra nuestro ejército. Los invasores que sobrevivan a nuestras catapultas y arqueros habrán de enfrentarse al ejército más cruel, más entrenado y por lejos el más experimentado que se haya conocido. Nuestras armas son las más afiladas, nuestras armaduras y escudos los más resistentes y nuestros guerreros… cuando pelean ya no son humanos –dijo apesadumbrado el rey- son demonios y ningún enemigo humano puede derrotarlos…
-¡Padre! ¡Y me dices eso como si fuera agradable saber que en unos días todos ellos estarán muertos!
-¡No tenemos opción! ¡Esperarlos aquí es lo más prudente que podemos hacer! ¡No te olvides niña que también hemos sufrido graves derrotas y no quiero arriesgar más hombres de los necesarios! ¡Y que lo primero y lo último que tenemos es esta ciudad y tu sonrisa!
-¡Una sonrisa que no me animo a usar!
-¿Es que te has olvidado de las ocasiones que han querido robarla? ¡Yo no lo olvido! ¡Y prefiero un pueblo guerrero y feliz, que un pueblo triste y sin deseos de vivir, como sería el caso si renunciáramos a ella!
Felicity pensó en su sonrisa, guardada bajo cinco puertas, ocho conjuros y catorce guardianes. Solo en contadas ocasiones ella lucía su sonrisa y exclusivamente para su pueblo. El poder de ella era tal, que no solo daba paz y llenaba de alegría y bienestar a la gente que la veía sino que la misma naturaleza se volvía pródiga con los cultivos, con el ganado y el clima se hacía más agradable y suave… Pero desde que nació la princesa y se conoció el mágico poder de su sonrisa, todos los reinos de la tierra conocida habían querido apoderarse de ella. Tantas veces habían sido invadidos que para su pueblo ya era costumbre, como lo eran las lamentables carnicerías que sucedían cuando los feroces guerreros de la ciudad salían a poner orden. Irónicamente, pensó, les decían “Los caballeros de la Sonrisa” pues antes de entrar en combate ella les sonreía y era tanto el amor que provocaba en sus corazones que se convertían en seres casi indestructibles, ávidos de vidas enemigas.
Por eso la princesa no era feliz. A ella le gustaría utilizar su sonrisa siempre y en todas partes, repartiéndola como una bendición entre todos los habitantes de las tierras conocidas… pero no podía hacerlo. A pesar de la gran cantidad de guardaespaldas que siempre la protegían habían intentado robarla muchas veces hasta que finalmente decidieron guardarla y sacarla solamente en ocasiones especiales. Su padre tenía razón. Ella aceptaba compartir el poder de la sonrisa más no estaba dispuesta a que la robaran.
Pero algo sucedió que cambiaría la historia de esas tierras para siempre.
Al otro día, a poco de haber amanecido, el príncipe Simón, quien comandaba el ejército invasor, se acercó a las inmensas murallas de la ciudad y pidió hablar con el rey.
El tampoco estaba contento con su papel. Su prepotente padre le había enviado al frente de un gigantesco ejército para conquistar, no a la ciudad, sino a la sonrisa que decían estaba oculta en ella ¿Una sonrisa? ¡Parecía cosa de cuentos! ¡Estaba bien guerrear, si era necesario! ¡Pero no le gustaba que le tomaran el pelo!
El rey tardó unos minutos en ir a lo alto de la muralla y le gritó:
-¡Qué deseas! ¡Estaba desayunando!
-¿Usted es el rey? ¡No quería molestarlo pero tengo necesidad de preguntarle algo!
-¡Pregunta!
-¡Sus muros son tan altos que casi tocan el cielo! ¡Y dicen que tiene el mejor ejército de todos los tiempos! ¡Y yo ni siquiera sé porqué estoy peleando! ¡Ni tampoco mis hombres! ¡Así que ni los que vivirán ni los que morirán sabrán por que pelean!
-¡Nada puedo hacer por ti, muchacho!
-¡Puede hacerlo! ¡Puede mostrarnos por qué vamos a luchar!
El rey dudó. Era la primera vez que un invasor hacía tan extraña petición. Su hija, que había estado escuchando tras una pequeña ventana de la muralla, apareció corriendo y le dijo -¡Padre! ¡Permíteles que me vean, por favor! ¡Siendo que su destino ya sabemos cual es, que mueran felices!
El rey vio tan apenada a Felicity que le hizo una señal de asentimiento con la cabeza y ella corrió escaleras abajo para traer su sonrisa.
-¡Está bien! ¡Pon a tus tropas en formación y verán por qué van a morir!
Cuando la princesa apareció sobre la muralla, todo el ejército invasor estaba formado y expectante. Pero antes de mirar fuera, levantó sus brazos y en amoroso gesto miró los intramuros, a la ciudad a sus pies, a las murallas y a los soldados que combatirían por ella y estalló una enorme ovación, donde todos, desde los niños, mujeres y el último de los hombres se juraron morir antes de que su princesa fuera tomada prisionera por poder alguno.
Más cuando miró a sus enemigos, que formados esperaban a los pies de las altas murallas, y les sonrió como solo ella podía hacerlo, una exclamación de asombro se expandió como una ola entre los soldados, pues ninguno había visto ni soñado cosa más bella que esa sonrisa. El príncipe invasor cayó como herido por una certera flecha, pues la sonrisa de la princesa no solo le había conmovido sino que había quedado perdidamente enamorado de su portadora. Al verlo así, todos sus soldados se arrodillaron.
Felicity, el rey, sus generales y todos los soldados los contemplaron extrañados. Como ellos estaban en cierta forma, acostumbrados a convivir con la sonrisa mágica, no sabían el efecto que podía hacer en personas que nunca la habían visto ¡Y era devastador!
Cuando el príncipe logró reponerse, solo atinó a hacer lo que su corazón le decía. Y gritó:
-¡Te prometo que no lucharemos contra vos, señor, ni ahora ni nunca, a cambio de que mi pueblo tenga la dicha de disfrutar esto que hemos disfrutado nosotros hoy!
El príncipe fue aclamado por sus hombres, pues todos pensaban que algo tan hermoso no debía ser atacado ni recluido.
-¡Ya hace mucho tiempo que no confío en promesas!- le dijo el rey.
-¡No es justo tener a la sonrisa de la princesa encerrada en este castillo cuando tanta falta hace afuera!
-¡Desde que mi hija nació nos han invadido, han destrozado nuestras tierras, han matado a miles de nosotros, todo por su sonrisa! ¿Y ahora quieres que confíe en ti?
-Padre- le dijo la princesa -¡Escúchalo! ¡Conversa con él! ¡Invítalo a compartir tu mesa! ¡No tienes idea padre, de lo feliz que me sentiría si por una vez evitamos la batalla y la muerte de tantos hombres! ¡Por favor padre!
-Está bien –le dijo a su hija. Y asomándose fuera del muro gritó: -¡Tú y tres más están invitados a cenar aquí y ni uno más! ¡Y hablaremos de tus deseos y de mis desconfianzas!

A la hora indicada, al príncipe Simón y a tres de sus consejeros se les permitió la entrada al castillo. Fueron conducidos luego por pasillos y escalinatas hasta un gran salón, donde el rey, su hija, sus tres principales generales y una veintena de invitados más, los esperaban. Luego de los saludos de rigor, de instalarse alrededor de la mesa y mientras comenzaban a traer los primeros platillos el rey se dirigió al príncipe, a quien tenía muy cerca.
-Estimado visitante… -comenzó diciendo -¡Estimado visitante!- repitió, levantando la voz. El estimado visitante estaba totalmente en otro mundo, en su mundo. Contemplaba a la princesa y solo tenía ojos y atención para ella. Felicity se había dado cuenta de la insistente mirada de su admirador y si bien Simón le parecía atractivo estaba un poco incómoda. El rey se dio cuenta… Finalmente le dio un pellizco al joven y le dijo- ¡No abuse de mi hospitalidad, jovencito!
-¡No, no, discúlpeme, Su Majestad! Es que estaba apreciando el bello peinado de la princesa… -dijo, totalmente ruborizado- ¡Hacen excelentes peinados aquí!
-¡Sí, hacemos muy buenas cosas aquí! ¡Espadas, lanzas, arcos y flechas sobre todo! ¡Excelentes!
Simón pensó que quizás no era el mejor momento para mostrar el amor que sentía por la princesa. Su pueblo estaba antes que sus sentimientos personales y tenía claro que la sonrisa de la princesa podía significar mucho allí afuera.
-Su Majestad, mi padre es un buen hombre, pero un poco chapado a la antigua. El cree que todo se resuelve por las armas y la violencia y fue por eso que armó un ejército y me puso al frente de él. Si le soy sincero, yo no quería venir y me pareció un despropósito armar a todos estos hombres cuando mi pueblo está sufriendo tantos males…
-¿Qué les sucede?- preguntó la princesa, que también escuchaba.
-Venimos de varios años de malas cosechas. Al principio sufrimos sequías y luego, cuando llovía, se inundaban todos los cultivos. Nuestras plantas se enfermaron, y nuestros ganados hace mucho que no procrean lo necesario para sostener la alimentación de nuestra gente… y la mala alimentación ha hecho que suframos enfermedades y pestes. Mi pueblo no está bien.
-¿Y pensaron que mi sonrisa podía ser la solución?- dijo la princesa.
-Yo no lo creí al principio a mi padre, cuando dijo que existía algo en el mundo que podía cambiar todo. Pero después que la vi, princesa… me di cuenta de que existía algo que podía cambiar nuestras vidas.
-¿Está hablando de mi hija o de la sonrisa de mi hija?- dijo el rey, divertido ante la elocuencia del joven.
-¡De la sonrisa de su hija, señor! –dijo apresuradamente y luego, miró a la princesa y bajó los ojos-… y de su hija también.
-¡Qué intrepidez! ¡Quieres lograr tu solo lo que no lograrías con el ejército que tienes rodeando mi castillo!
-Es evidente que no me estoy explicando…- dijo el príncipe- ¿La princesa no puede bendecir a mi pueblo con su sonrisa, de la misma forma que bendice al suyo?
-¡No, lo que pides es imposible!
-¡Padre, por favor!- le dijo la princesa –Recuerda que gran parte del tiempo mi sonrisa tiene que estar oculta… Podría hacer lo que dice el príncipe.
-Estimado joven –le dijo el rey al príncipe, a la vez que miraba a la princesa- ¿Sabes por qué la sonrisa de la princesa permanece gran parte del tiempo encerrada en una profunda bóveda? ¿Lo sabes? ¡No, no lo sabes! ¡Y es porque infinidad de veces han intentado robarla! Por eso no podemos tenerla a la vista de todos, todo el tiempo… Así como tú has venido con un ejército, muchos ejércitos han golpeado contra estas murallas y muchos espías han tratado de otros modos de arrebatarnos la bendición de la sonrisa de mi hija.
-Pero eso tiene solución… Majestad.
-¿Cuál? ¡Dígame, joven!
-Haga acuerdos con sus vecinos y concédales la oportunidad de ser bendecidos por la sonrisa de su hija ¡Y ya no los atacarán más! ¡Yo me ofrezco para comandar un ejército que la acompañe a todas partes!
-¡Tengo mi ejército y tengo mis generales!
-¡Pues pongo mi ejército a sus órdenes entonces! ¡Y me ofrezco como paladín y secretario de la princesa!
-¿Y como cocinero de la princesa no te ofrecerías?
-¡Si es necesario Su Majestad!
El rey se rió estrepitosamente. -¡Tu lo que quieres es estar cerca de ella!
Fue quizás que había tomado demasiado vino sin comer nada o el amor se le había subido a la cabeza que el príncipe dijo:
-¡Estoy enamorado de su hija desde que la vi! ¡Pero mi pueblo está sufriendo muchísimo ahora mismo! ¡Si no le parezco un candidato conveniente para su hija, no lo discuto, pero por favor, Su Majestad, no prive a los de afuera de la sonrisa de su hija!
-¡Podrían terminarse las guerras, padre!- dijo su hija- ¡Nuestro pueblo no sería nunca más sitiado! ¡Y ya no tendría que esconderme!
-Hija, las guerras no se terminarán, aunque quisiéramos. Siempre habrá por qué pelear, si no es con ellos será con otros y si no es aquí, será en las fronteras… pero entiendo lo que dices, estimado joven y que estés cerca o lejos de la princesa, depende de ella, no de mí. La quiero demasiado para decirle a quién amar. En lo que respecta a su sonrisa… llévate tu ejército de vuelta y habla con tu padre. Convéncelo de lo que me acabas de decir y si él acepta haremos una alianza… que no será la única que deberemos procurarnos.

El ejército sitiador se marchó contento, no solo porque habían evitado el combate con El Ejército de la Sonrisa, al que sabían feroz y muy bien entrenado, sino porque confiaban en que su príncipe convencería al rey para hacer una alianza con el Reino de la Sonrisa.
Y tenían razón. A pesar de que su padre era bastante terco, el príncipe logró convencerlo. Claro que puso algunas objeciones, pero en el fondo estaba satisfecho. El también deseaba que su pueblo reviviera, que los campos se llenaran de granos y los ganados engordaran.

Podría narrar muchas de las singulares aventuras que se vivieron a partir del regreso del príncipe Simón a la ciudad de Felicity, pero lo dejaré para otra ocasión. Por ahora, es suficiente contar que luego de algún tiempo se casaron, aunque no viven en ninguna de las ciudades donde están sus padres. A los dos príncipes les pareció bien vivir en un lugar que estuviera equidistante de ambas capitales. Así que, al medio de los dos reinos, construyeron el castillo más grande y hermoso que se haya conocido.
Están custodiados por el norte por el reino del príncipe y por el sur por el de la princesa. Pero eso no es lo más importante, sino que a todos los reinos vecinos que tuvieron interés en aliarse con ellos se los otorgó el don de La Sonrisa Mágica de Felicity.
Esta, una vez al año, con un pequeño ejército y su corte, recorre el territorio de los reinos llamados Alianza de la Sonrisa, una alianza cada vez más grande y más poderosa, con aguerridos ejércitos custodiando sus amplias fronteras, con campos que siempre dan buenas cosechas, con ganado que crece fuerte y vigoroso y donde se han desterrado todas las enfermedades.
Ningún reino más se arriesgó a intentar robar la sonrisa de Felicity, pues nadie quería enfrentarse a los poderosos ejércitos de la Alianza. Resultaba mucho más conveniente y saludable agregarse a esta unión de reinos y disfrutar de los inmensos beneficios de su mágica sonrisa. Eso hicieron muchos, cosa de la que jamás se arrepintieron.
El príncipe y la princesa, que fueron finalmente reyes, tuvieron muchos hijos y vivieron felices por mucho, mucho tiempo.

                                                                          FIN