Luego de largos meses vuelvo a publicar aquí. A partir de ahora procuraré no perder continuidad, ya que he avanzado lo suficiente en cuentos y novelas para darle periodicidad a las publicaciones, luego de un año pues, familiarmente difícil... Mi nombre es Pablo Daniel Rodríguez Remedios, escritor, cantautor y fan de la ciencia ficción y de la fantasía. Gracias a todos por estar ahí y en especial a mi amiga del alma, la excelente poetisa Salma Hassan ¡Un abrazo fuerte a todos!

miércoles, 10 de mayo de 2017

SOLDADOS DE DIOS

A la memoria de Nahuel, que terminó su camino en la Tierra sin haber disfrutado de todo lo hermoso que esta existencia puede darnos y de todos los humanos que, día a día, hora a hora, minuto a minuto, pelean por sus vidas contra el cáncer.

                              SOLDADOS DE DIOS
“En lo profundo del espacio ocurren terribles batallas, donde ejércitos de millones de combatientes se enfrentan por razones que La Humanidad está lejos de poder entender. Pero allí hay soldados que alguna vez vivieron existencias humanas…”

Nahu, envuelto en su fulgor, miró arriba, abajo y a sus costados y hasta donde lograba distinguir brillaban las armaduras, los escudos, las espadas y las lanzas de sus hermanos y hermanas  de armas, quienes en apretada formación esperaban la celestial orden de lanzarse al combate. No había temor en ellos, no había duda en ellos ni temblaba una sola de las estelas de su alma, pues allí, a su frente, el mismo Arcángel de la Guerra se aprestaba a dirigirlos. En el centro de todos ellos, como piedra angular de todo el ataque, se encontraba la élite de la élite, los guerreros probados, los que jamás retrocederían, los que jamás serían vencidos, los que aún sin armas, escudo o armadura alguna eran enemigos terribles para cualquier ser de La Oscuridad. Y él formaba parte de ella.


Su enfermedad fue descubierta accidentalmente. Por su corta edad, el impacto que provocó en su familia ese macabro hallazgo fue terrible. Ni que decir de sus efectos en su propia vida, pues también terrible fue la larga lucha que siguió. Viajes, internamientos, exámenes médicos, terapias convencionales, experimentales,  desazón, dolor… un dolor profundo y primitivo, quizás el de saber que toda esa lucha podía ser en vano. El campo de batalla no solo era su cuerpo, aunque equívocamente podía parecerlo… una parte muy importante de la lucha se libraba en su mente, en su voluntad, influyendo en sus ganas de vivir, tratando de mantener viva la esperanza, soñando un precioso futuro en donde pudiera vivir sin la amenaza mortal de su enfermedad… y todos a su alrededor eran tan combatientes como él, todos cultivaban la esperanza como él y todos deseaban ser tan fuertes como él tenía que serlo.
El dolor físico constante y a veces inaguantable, el deterioro corporal producto de los largos combates, la lógica inexplicable de soportar lo insoportable y de luchar contra lo que por momentos parecía invencible forjó en él la esencia del guerrero, una voluntad firme y un deseo conmovedor de luchar por lo que creía correcto y verdadero, que no era ni más ni menos que su propia vida.
Sabía que en esa guerra no habría tablas, no habría empates, ni armisticios definitivos… Sí hubo una tregua, un “alto el fuego”, un intercambio de prisioneros… Aun así, aun disfrutando de esa paz transitoria, él sabía que esa guerra seguiría y que sería a muerte.
Y así fue. Su edad, su juventud, su fuerza, contradictoriamente también potenciaban a su enfermedad y sucedió que ésta, inesperadamente, traidora y rápida, en un avance extraordinario terminó arrebatándole la vida.


Sobra decir que el golpe en la familia fue terrible… y el duelo seguramente inundará sus recuerdos hasta el fin de los días.
Pero él estaba ya a salvo de todo tipo de sufrimiento. Se habían terminado los largos y dolorosos procesos de quimioterapia, las operaciones arriesgadas, complicadas y nunca suficientemente eficaces. También había cambiado la forma en que veía el sufrimiento de  sus seres queridos, pues su nueva existencia -la que siempre había sido en realidad, pero había estado atada a una realidad que lo oprimía- le hizo ver la vida terrenal de una forma totalmente distinta. Y ciertamente había cosas de su pasada vida que ahora le costaba entender. Si bien sabía que en su momento había hecho lo correcto al luchar con toda su energía por conservar esa vida, no comprendía ahora por qué se había aferrado a ella con tanta desesperación.  Reconoció el sufrimiento de sus seres queridos pero no pudo menos de relativizarlo… ¿Por qué sufrían tanto? ¿Es que no se daban cuenta de que la verdadera vida era ésta y no aquella? La vida en un cuerpo es solo un ejercicio, un simulacro, quizás una prueba, que muy pocos identificaban como tal y que muy pocos aprovechaban. Los sentidos, las metas orgánicas, los objetivos materiales, todo propio de un cuerpo, de un entorno, no eran más que una trampa que debía desarmarse pieza por pieza y así desarmada y puesta a un lado, comenzar a disfrutar de la esencia del viaje, del verdadero objetivo de esa estadía y de ese pasaje.
El, aún en su condición sabía que era difícil ver la trampa… difícil liberarse de los deseos, de las aparentes necesidades, de las tendencias sociales, de las conductas propias de esa civilización. Difícil y casi imposible.
Más la muerte física liberaba de todo eso. Ella era la que mostraba la verdad. Y la enfermedad, el sufrimiento, la larga agonía, habían sido pruebas que los habían fortalecido, a él y a los que habían sufrido junto a él. Y el cáncer había sido el agente enviado para eso… la enfermedad humana por excelencia y la más devastadora de todas.
Y sintió el deseo de llevar hasta sus seres queridos esa nueva experiencia, decirles que ahora estaba bien, mejor que nunca, libre de su enfermedad y también de la atadura que en definitiva había sido su cuerpo… era un cuerpo.
Pero tenía otros objetivos, nuevos, distintos, como correspondía. Allí se le necesitaba y todo lo que había sufrido beneficiaría a todos. Él, le habían dicho, formaría parte de la élite de la élite… se lo había ganado. Pues allí La Luz luchaba constantemente contra La Oscuridad, en una lucha sin fin y sin tregua… Allí, en esos campos de batalla se definían futuros de sistemas estelares enteros, de especies que ni siquiera sabía que existían y una victoria inclinaba la balanza de tal forma que resonaba por todo el Universo… y una derrota era una catástrofe enorme.
Nahu sabía que entre los más piadosos y entre todos aquellos que más habían sufrido, Él elegía Los Pilares de Su Sagrado Ejército.
Así pues, todos los que habían soportado penurias, hambre, guerras, desastres, los niños, los que ni siquiera habían llegado a conocer las trampas, los puros, los verdaderamente piadosos, los torturados por sus causas, los inocentes, todos ellos eran los mejores soldados, todos ellos en su inocencia o en su voluntad de vivir eran los más fuertes… Y aún había entre ellos una clase de guerreros que eran lo mejor de lo mejor, con un pasaje terrenal lleno de dolor y convicción, con una forma de ver la existencia que les había hecho desprenderse de gran parte de lo que se podría llamar “vida terrenal”… Eran Ellos, los que habían necesitado encontrar Su Esencia, Los Sufrientes, Los Luchadores Incansables.
Ellos eran la élite dentro de la élite, la dureza dentro de la dureza, la convicción dentro de la convicción. Su bondad era interminable y su valentía imparable.
Los que habían sufrido sin fin y aun así habían continuado luchando. Los que sin esperanza nunca habían renunciado a ella. Los que sacaban provecho de cada batalla, no pensando en la guerra, sino en hacerse mejores guerreros. Ellos, sin duda, eran los más poderosos Soldados de Dios.

El Portentoso Ser, Arcángel de la Guerra, Portador de la Justicia Divina, señaló hacia el infinito y allá, a la distancia, una intensa oscuridad, vieja, tenebrosa, inmensa, comenzó a ocultar estrellas y reflejos. El enorme muro oscuro, tan vasto como la muralla luminosa que los esperaba, se acercaba velozmente, cada vez más cerca, en ebullición, en movimiento, hasta que comenzaron a distinguirse corpúsculos alados, fragmentos de oscuridad, armados como ellos y quizás tan convencidos de la victoria como ellos. “No tan convencidos -pensó Nahu- pues ninguno tan acorazado de convicciones como nosotros ni ninguno tan pleno de la Ira Divina”.
Los estandartes ondearon con los sub-etéreos  vientos de la batalla, los escudos se prepararon, las lanzas tendieron sus afiladas puntas hacia el enemigo y un indescriptible estallido luminoso recorrió la brillante hueste alada, lanzándolos hacia el combate.
¡A vencer, Soldados de Dios, a vencer!- parecían decir las trompetas.




                                           FIN

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